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Mi experiencia con el Nirvana

Tenía yo unos 25 años. Por aquel entonces estaba enamorado. Algo que nunca se materializó. Y la marihuana ciertamente ayudó. Yo no buscada nada, ni mucho menos algo semejante. Fumaba como quien mata el tiempo y se aburre. Y tenía realmente mucho tiempo que matar, porque la esperaba a ella. Pero ella no llegaba, y la desesperación iba cada vez más en aumento. Aquella isla que me empeñaba en retener y en la cual yo vivía, al margen de todo, como un paréntesis en mi vida, se empezaba a ver amenzada por los azotes de la realidad. Se agotaba el dinero. Se agotaba la paciencia. El mundo empezaba a reclamar mis responsabilidades, y yo, ciertamente, no podía centrarme en otra cosa que no fuese la vida junto a ella que yo creía estaba por empezar. Una tarde de invierno salí a las escaleras en pendiente que había detrás de mi casa las cuales dejaban en frente todo un paraje junto al río. Una porción de naturaleza se expandía ante mí, la poca que queda ya por estos lugares, pero ahí estaba. No pu...

Nuestra herencia

La media noche llega otra vez. Las estelas de fuego cruzadas se ciernen sobre países. Otra guerra, otra estupidez. Mueren civiles, mueren soldados. En estampas premeditadas se retratan los responsables como si de un teatro diabólico se tratase. A nadie le importa pero el miedo se expande. La gente es vulnerable. Nadie comprende. De pronto las pequeñas miserias cobran un cariz aún más insignificante. Solo podemos pagar el precio, y esperar. Lo veo cada día, paso a paso nos han ido desmenuzando. Hoy fue un día gris. Perfectamente acorde a los acontecimientos. Pero la disgregación hace tiempo que está. En los bares, en las aceras. En cada portal donde se adentra alguien. Demasiados golpes, demasiada televisión de mierda. Demasiados intereses. Y el vecino ya no es nadie. Y la familia solo un lugar. Acógete a tu derecho a ser masacrado. Porque te has convertido en un eslabón prescindible. Y así es como se domina un mundo. Luego te venden educación y valores, ética y prosperidad. Pero a la h...

A la sombra de los días

No sabía qué significaba el despertador esta mañana a las 7. No entendía su mensaje. Y lo primero que tengo noción de haber murmurado hoy es, "esto qué mierda es?". Aún recuerdo vagamente el sueño del que me despojaba en ese momento. Y una canción de amor vino a instalarse en mi cabeza mientras me cepillaba los dientes. Al tomar café con mi madre en el bar entré al mismo para pedirlos y me vi a ese tipo, sobre las 7 y media, comiéndose una especie de brascada o chivito, un bocadillo generoso típico de esta provincia, ya digo, muy temprano. Es un borracho, que a veces me aborda, y cree que soy su amigo aunque, en realidad, no me tiene ninguna consideración. Por eso suelo entrar con cautela, por si está justo en esa esquina. Comienza así mi día. Casi cada día. Llevo a mi madre al trabajo y recorro toda la ciudad desde mi pueblo, que, aunque está cerca, la cantidad de tráfico a veces vuelve el trayecto excesivamente duradero. Alguna mujer me mira siempre en la capital, es el úni...

Pelillos a la mar

A veces una conversación con el viejo es suficiente. A veces con madre. A veces conmigo mismo. Entonces él se marcha, ella lo hizo antes, y me quedo yo, una noche más, con mi quejicoso perro, al abasto de todo cuanto necesito.   Hemos hablado de manera sucinta. Yo más bien. Pues él siempre lo hace a espuertas. Y siento como su manantial acompaña mis pequeños surcos. De algún modo me comprende. Aunque sea desde una lejanía inevitable. Un poco de este y un poco de aquel. Un poco de mí y un poco de él. Quiere regalarle un ramo a madre por su cumpleaños. Antaño era una vieja costumbre que se fue perdiendo, como dice mientras esboza una ligera sonrisa entre nostálgica y bromista. Un ramo de flores y una poesía. Unos pequeños versos en una tarjeta. Así es como lo recuerdo yo hace ya, ciertamente, muchos años. Solía inspirarse bastante entonces, haciendo rimar los versos de manera imposible, y para mí, recuerdo también, se trataba del mejor poeta que nunca había conocido. Recuerdo tam...

La muerte iba en una canción

Es difícil recordar en qué andaba metido hace un par de viernes. Hace exactamente una semana y dos días. Antes de que la abandonase a su suerte. Antes de que, aquella misma noche de viernes, la conociese. Existe un mundo, ajeno a la realidad, donde cientos de personas se dan cada día a un tipo de interacción virtual en salas gratuitas de chat. El único requisito, al parecer, es estar solo. Más solo que la una. Y de esa ausencia y necesidad es de donde proliferan estos sitios. Todos van buscando una correspondencia, inconfesa o no. La mayoría, un escarceo, un ligue, otros dicen aquello de solo pasar el rato, pero ahí están, esperando que se produzca el milagro. De vez en cuando, en el general, te ves a un tipo que requiere a mujer con tacones para que le patee los huevos (ofrece recompensa). O a otro que dice ser médico o profesor y señala la formalidad como un requisito esencial. También muchas mujeres ofreciendo un poco de material pornográfico personal a cambio de alguna ayuda. O m...

Abnegación

 El mundo es bien chungo. Pero uno se levanta y vuelve. A la decepción. Como si nunca hubiese existido. Como si no acarrease consigo una rista de fracasos y fatigas. Como si le quedase algo por ver, o descubrir. Como si la verdad no fuese tan elemental y la farsa estuviese tan extendida. Te pueden llamar infeliz, pero lo cierto es que la verdadera infelicidad solo reside en aquel que se aferra al espectáculo más triste de la humanidad y que no es otro que la insensible simulación de hábitos, de costumbres y de creencias. A nadie le interesa nadie un carajo. Si acaso, se dan a la sociabilidad por un temor de rechazo visceral. Algo que los entrega a formar familias, a enamorarse, a compartir situaciones absurdas, como un partido de fútbol o la Navidad. La cúspide de lo mortecino. La idiotez corriendo como ríos de lava dejando todo yermo a su paso. Y nos damos. A otro nuevo día. A lo enfermizo. A las miradas de hedionda suspicacia. A los conflictos banales. Escondiendo siempre una fla...

CAGED

  En el momento de levantarme hoy, cuando suena el despertador a las 8 de la mañana, me incorporo enseguida, estoy sentado en el borde de la cama, pero soy incapaz de ir más allá. Veo desde ahí los pantalones arrugados en el suelo, las zapatillas, los calcetines, todo con lo que debo ataviarme, pero pienso algo así como, “bueno, aún son las ocho, hasta las once no he de entrar a clase, supongo que podré echarme un poco más”. Los sueños que irrumpen en mi memoria son decadentes. Y lo peor es que me retrotraen experiencias que ya debo haber vivido. Una mujer que se pega a mi cuerpo, que no deseo, que beso, que acaricio sin ningún tipo de entrega en una simulación insípida del romance. Sí, ya lo he vivido. Me recuerda a alguien. Y si lo pienso un poco más, a demasiadas, quizás.   Esto por un lado está bien, me contenta que se me haya revelado en sueños la naturaleza de mi falta de predisposición. Pues estando solo concluyo que es mejor estar así. Pero por otro me avoca a la e...