Pelillos a la mar
A veces una conversación con el viejo es suficiente. A veces con madre. A veces conmigo mismo. Entonces él se marcha, ella lo hizo antes, y me quedo yo, una noche más, con mi quejicoso perro, al abasto de todo cuanto necesito. Hemos hablado de manera sucinta. Yo más bien. Pues él siempre lo hace a espuertas. Y siento como su manantial acompaña mis pequeños surcos. De algún modo me comprende. Aunque sea desde una lejanía inevitable. Un poco de este y un poco de aquel. Un poco de mí y un poco de él. Quiere regalarle un ramo a madre por su cumpleaños. Antaño era una vieja costumbre que se fue perdiendo, como dice mientras esboza una ligera sonrisa entre nostálgica y bromista. Un ramo de flores y una poesía. Unos pequeños versos en una tarjeta. Así es como lo recuerdo yo hace ya, ciertamente, muchos años. Solía inspirarse bastante entonces, haciendo rimar los versos de manera imposible, y para mí, recuerdo también, se trataba del mejor poeta que nunca había conocido. Recuerdo tam...