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Historia de un pequeño viaje

  Llega un día y te compras un coche nuevo. O te compras un coche nuevo y llega un día. Porque comprarse un coche nuevo es como nublar tu razón un poco. O quizá bastante. Solo es un coche, te dices. Mientras ves cómo las primeras rayas van apareciendo sobre él. De dejarlo en la calle, de algún descuido; y la suciedad, cómo nunca volverás a verlo igual de inmaculado y resplandeciente que el primer día que lo sacaste del concesionario. Y es un alivio si reflexionas un poco, porque, solo es un coche. Está hecho para circular, y usarse. Y como digo llega el día en que puedes ponerlo a prueba. Un viaje que se te presenta como un pequeño desafío. Y en el que debes transportar a tu tía y tu madre hasta el pueblo en el que nacieron.   Agustina es una mujer ya mayor. De unos 78. Que vive en la Mancha. Es prima de las susodichas hermanas y, al parecer, la están estafando. Yo solo soy un chófer, hago las veces de conductor y poco más. Por eso pregunto poco, observo y escucho, y sim...

Resistencia y conservación

No pueden conmigo. Llevan mucho tiempo detrás de mí. Por ser, por existir. En encierros psiquiátricos, con correas, con medicina asesina. Y desde hace siete años ya, vetado judicialmente, a no poder administrar mi economía. Tengo 42 años, cercano a los 43, mi madre aún se refiere a mí como chiquillo, mi padre más o menos lo mismo, solo que el otro día dijo que yo era un grande. Ellos fueron los que me llevaron a aquello, y me sacaron, de algún modo. Toda esta vida he sido un sujeto zarandeado entre instituciones, solo un error destacable, a los 22, y desde entonces... ahora para acá, ahora para allá. Entre tanto he tratado de hacer mi vida. Y la hago. De alguna manera. He tratado de perseguir el amor, de rendirme a él, y hacer solo su voluntad, pero no ha funcionado, ahora estoy solo, no he formado una familia, ni tengo hijos, y es en parte por lo que para todos mis familiares cercanos siempre seré "chiquillo". Mi talón de Aquiles es una hija que nunca tuve. Que no tendré. Y ...

Había un lugar en las palabras

Lo mejor de todo es escribir. Mejor que follar. Mejor que no hacer nada. Porque es como no hacer nada, haciendo algo. Mientras se fuma, mientras se respira, y se para uno, a observar, sus alrededores.   En estos momentos exactos, desde mi ordenador, en la silla que escribo, hay una niña llorando; creo que es una niña, aunque podría ser un niño, al otro lado de estos muros. Su llanto se va disgregando, se vuelve lejano y ausente. Hasta que por fin, para gracia de sus padres, seguramente, claudica. Su berrinche se esfuma. Y para entonces solo hay este silencio. Interrumpido intermitentemente por el sonido de mis teclas. Que no es todo lo impetuoso que quisiera. Que no está rugiendo, como se diría.   Hay veces que se escribe así. Entre pausa y pausa. Como… cualquier metáfora me vale. Ya ha dejado de ser una necesidad propiamente dicha. Pero es mejor que el ocio absoluto. Mejor que cualquier otro menester. Al menos que se me ocurra. Mejor que un brindis con champán, mejor ...

Poco

Ya lo pongo en una canción, poco que contar. Algunas noches me apetece follar, al menos lo considero. Pero sé que eso trae consigo almas. Mientras mi polla se pone dura, y la zarandeo, mirando algún vídeo, pienso en ese momento que es lo único que deseo. Pero es un extraño fenómeno, porque una vez te corres el embrujo desaparece. Y en este caso queda mi alma. Y no creo que pudiese entrelazarla con la mayoría de mujeres que mi imaginación suscita. Seamos francos, no necesito mucho. A veces pienso que sería ideal, encontrar a esa puta sumisa de mi misma condición. Desatar la lujuria. Vivir apareado. Pero en la vida hay que levantarse. Hay que hacer, aunque sea, ese recorrido hasta la nevera, hasta el baño, y, cuanto menos, salir a la maldita calle. Eso arrasa con todo. Venimos de mundos perdidos que arrastran un sin fin de sinsabores. De discrepancias. Y vamos hacia mundos que se pierden en la inconformidad. Quizás el sexo sea realmente eso, el estado de confluencia entre almas y cuerpos...

La píldora de la cordura y Un alma en pena

 La píldora de la cordura Los damnificados por la psiquiatría son tantos... Anoché me acosté, tratando de abrir un pequeño paréntesis con el neuroléptico. Una sustancia que te jode el cuerpo y la vida. Y que recetan como caramelos. Y que nunca prescribe. Has de tomarlo toda la vida, te dicen. Y sientes cómo tú ya no eres el que eras. Por dos días he conseguido renunciar a él, y hoy, debido a eso, la presencia tan arraigada a esa sustancia a la que mi cuerpo se ha adherido, ya he empezado a sentirme mal. Como si me faltara un riego.  Voy a ver a mi colega, quedamos en comernos unas hamburguesas a la tarde. Él también está sumido en el mismo pozo. Solo que él, con el tiempo, y la dependencia crónica que genera, ya apenas logra salir de su casa. Sin embargo, en cuanto le suelto que llevo dos días sin tomarlo, las alarmas le saltan. Y se pone en plan consejero. El tipo de amistad nuestra es algo que da para otros párrafos, pero se basa básicamente en la circunstancialidad y la res...

Un compendio de verano

  Apuntes de una novela Íbamos por caminos distintos que de tanto en tanto se cruzaban, como en una vía de servicio, un area de descanso, para posteriormente partir cada uno por su senda. Fue al final ya cuando ella me dijo, ante el hecho de verla un tanto decaída, que había estado pensando que si su madre moría, entonces estaba sola. Yo guardé silencio, y traje todo aquel sin sentido hacia mí. Qué estaba tratando de hacer yo entonces. Para qué luchaba si no era para estar con ella. Pero yo en la Universidad no conseguía avanzar, llevaba ya tres años en dos facultades distintas sin conseguir pasar del primer curso, y entonces vino aquella pregunta: "¿esto son unas vacaciones?". Ella trataba de tomárselo así, y esperaba una respuesta afirmativa por mi parte, pero cuando le dije que para mí las vacaciones eran cuando estaba lejos de ella, solo pudo reír. Era el cuarto año de relación. No tenía sentido, y pronto la realidad caería sobre mí (y nosotros) como un mazo... Mi trabajo...