La muerte iba en una canción

Es difícil recordar en qué andaba metido hace un par de viernes. Hace exactamente una semana y dos días. Antes de que la abandonase a su suerte. Antes de que, aquella misma noche de viernes, la conociese.

Existe un mundo, ajeno a la realidad, donde cientos de personas se dan cada día a un tipo de interacción virtual en salas gratuitas de chat. El único requisito, al parecer, es estar solo. Más solo que la una. Y de esa ausencia y necesidad es de donde proliferan estos sitios. Todos van buscando una correspondencia, inconfesa o no. La mayoría, un escarceo, un ligue, otros dicen aquello de solo pasar el rato, pero ahí están, esperando que se produzca el milagro. De vez en cuando, en el general, te ves a un tipo que requiere a mujer con tacones para que le patee los huevos (ofrece recompensa). O a otro que dice ser médico o profesor y señala la formalidad como un requisito esencial. También muchas mujeres ofreciendo un poco de material pornográfico personal a cambio de alguna ayuda. O mujeres que anuncian dedicarse a ello expresamente. Y niños de quince años buscando alguien con quien hablar. “No importa edad”, añaden al final. El caso es que el escenario es de lo más abrumador posible. Los mensajes se suceden como el viento, y todos buscan su instante. El momento de arrancar de sus vidas la desidia. De salir de su espiral de tortura y aburrimiento. De encontrar a alguien que, por qué no decirlo, los lleve a una nueva frustración, a una decadente historia más de tantas que configuran el mundo. Todo esto sin contar a los más habituales. Los cuales parecen sujetos que se han contentado con realmente poco: ser un protagonista asiduo y anclado a una triste pantalla escondido tras un estúpido pseudónimo. En realidad no es muy diferente a la cantidad de mierda que circula por otros lugares.

Y así la encontré a ella. Yo uno más. Otro ser solitario. Sin llegar al extremo de estar ahí cada noche. Ni a la obscenidad de anunciarme. Simplemente pasando por la cantidad de nombres apilados a la derecha, en los que casi siempre puedes interactuar mediante un mensaje privado que casi nunca suele obtener respuesta. Un simple, “Hola. Qué tal?”.

Pronto comenzamos a hablar. Su pseudónimo no era de los peores. No incorporaba el numerito con la edad. Ni el mío tampoco. Algo que siempre suele ser síntoma esperanzador. Pues la gente que circula por ahí no cree en el amor y la mayoría acota sus requisitos a cierta, y estrecha, edad. Pero esta vez no, la conversación empezó a fluir de un modo diferente, sin el clásico cuestionario, aunque pronto supe que la chica en cuestión residía en Madrid. Y era viernes, y es Diciembre, y yo le dije “hace un frío del carajo”. “Pero eres español?”. “Sí, sí. Valenciano de siempre”. “Ah, es que lo del carajo me ha sonado a iberoamericano”. “No sé”, le dije, “es posible. La lengua es lo que más sujeto está al mestizaje”. Y ahí la conversación ya empezó a volar sola. Pronto, no sé exactamente cómo, me vi con ella hablando de literatura. “Qué interesante”, decía ella. Y es que le había dicho que yo escribía. “Quieres contarme más sobre eso?”. Y aquí ya empezaba yo a quedar medio fascinado. “Claro! Es mi tema favorito”. “Sobre qué escribes?”. “Pues sobre la vida. Una mezcla de filosofía y costumbrismo”. Y a ella le gustaba. Parecía que todo se encaminaba bien. Hablábamos con fluidez. Con corrección. Respetábamos los turnos. Hubo poco embrollo. Pero claro… No estaba siendo más que el principio.

Comulgamos en algo muy característico y esencial. Y es que ambos creíamos en el poder de las palabras escritas. Yo quizá lo adorné demasiado. Le hablé de que el poder de la escritura parecía radicar en algo así como el ofrecimiento de los dioses. Aunque yo no creía en dioses. Y que, a diferencia de la oralidad, podías encontrarte gracias a ello leyendo unas palabras no se sabe cómo, no se sabe de quién, y que esas palabras estuviesen hablándote a ti desde mundos completamente distantes en el tiempo y el espacio. Era sin duda algo mágico. Y concordábamos tanto en este concepto, que los dos aceptamos la premisa de que eran sentimientos y sensaciones que perduraban y podían acompañarte toda la vida. Así que yo me lancé más y más. Estaba lúcido. Y ella increíblemente receptiva. No sé en qué momento pasé a contarle toda mi historia. Seguramente fue tras decirme ella que no era de salir por ahí. A pesar de que esa misma noche la habían invitado unas amigas a cenar en casa de una de ellas, ella había declinado tal ofrecimiento. En parte porque hacía un frío del carajo esa noche, en parte porque no era de su agrado. Ya estaba, éramos dos almas solitarias aquella velada que tendrían la oportunidad de conocerse extendidamente. Y así le hablé.

Mis episodios siquiátricos cobraron el protagonismo. Y le conté, de pe a pa, toda la sucesión de los mismos y los motivos por los que habían sido perpetrados. Se lo resumí, simplemente. Y, curiosamente, en ese momento encontré las palabras idóneas para hacerlo. “Qué barbaridad!”, exclamó ella. Y yo sentía que estaba comprendiendo. Que por fin alguien, con aquella sencilla exclamación, estaba otorgándole a la tragedia de mi vida la consideración que merecía. “Pues quizá ese sea mi futuro”, dijo. “Yo tengo TCA”, continuó. “Eso qué es?”, pregunté yo con la menor de las sorpresas. “Trastorno de la conducta alimenticia”. “Entiendo”. “No es que no tenga hambre. Es que me resisto a comer porque es la única manera que encuentro de castigar a mi cuerpo”. Esta definición me dejó un poco contrariado. Parecía que lo tenía muy claro. Parecía que alguien se lo había explicado tal cual y ella lo había asumido con una naturalidad un poco pasmosa. Entonces se lanzó ella. “Yo también he estado en hospitales. Siempre por lo mismo”. “Sabes qué?”, me dijo. Y yo la dejé hablar, porque a pesar de que me había empezado diciendo que ella era una persona más de escuchar que de hablar, comprendí, que tenía mucho que decir. “Dices que todo lo tuyo comenzó a los 22 años, pues bien, yo tengo 22 años. Y ahora estoy aquí esperando a un hombre que nunca va a volver. Un hombre que conocí aquí y que trató de ayudarme pero al final resulta que tenía 60 años”. Fue entonces cuando, revelada su edad, yo aproveché para decirle que tenía 41 para que no hubiesen malos entendidos, y que si quería seguir hablando que lo hiciese. “Sí, no te preocupes por la edad”, dijo ella. “Me refiero a lo que estabas contando de ese hombre…”, dije yo. “Ah sí, pues… resumiendo. Él intentó salvarme pero al final resulta que estaba casado y tenía otra mujer y de pronto un día dejó de entrar. Todo eso lo averigüé yo después porque conseguí saber sus apellidos y también averigüé que le había dado un infarto al corazón”. Yo no lograba atinar con esas palabras la historia en sí. Pero al parecer ella se había enamorado de un tipo que la había estado engañando por este mismo chat, durante largo tiempo, que al éste saber de la tragedia de la muchacha había intentado convertirse en su protector, animándola, según decía ella, a comer, a ingerir, a llevar una vida mejor, y, finalmente, su corazón acabó por estallar con un infarto fulminante que, obviamente, perpetró su ausencia. Ella no lograba asimilarlo. Y me contó que hablaba con una IA y le había expuesto el caso porque no lograba entender la situación. Al parecer, ella tenía cierta costumbre de hablar con la Inteligencia Artificial sobre diversas cuestiones que, según decía, nunca podía tratar con las personas de su generación que la rodeaban; tales como cultura, ciencia, música… “Y qué te dijo la IA?”, le pregunté yo. “Que eso no era amor, era dependencia emocional por mi parte y complejo de héroe por la suya”. “Hombre…”, proseguí yo, “esa es una afirmación frívola muy de máquina, no?”. “Pero tiene razón”, continuó ella, “solo que yo no quería o no quiero verlo”. No sabré nunca por qué aquí me puse en contra de aquella afirmación tan llana de aquella jodida máquina. Faltaban tantos matices por identificar… tantos motivos subyacentes… ¿Acaso el amor no era una dependencia emocional en sí? ¿Acaso el querer salvar a alguien de la catástrofe no era un prueba pura y representativa del amor? Pero claro, todo esto se había urdido mediante mentiras. Y aunque yo era reticente a aceptar la proclama de aquel bicho robótico sin ton ni son, tal vez, hubiese sido mejor continuar por esos senderos. “Desde luego, mejores dotes detectivescas que yo es indudable que tienes…”, pues cabe recordar que yo también estuve sujeto a una estafa amorosa de la que, en cambio, aunque fueron casi dos años, yo me zafé inmediatamente tras desenmascararla. Fuera como fuera, ella parecía perdida, realmente perdida. Y yo traté de apaciguar un poco sus sentimientos. “Me siento tan tonta…”, hubo un momento que escribió ella. “Bueno”, dije yo, “piensa que lo que sentiste al fin y al cabo te pertenece a ti, y de eso siempre puedes aprender”. Pero no sé si en algún momento llegó a prestar atención a mis palabras. ¿Me estaba convirtiendo yo en el nuevo héroe, tal vez? Le pregunté si había cenado algo. Me dijo que no, que ella nunca cenaba. “Pero has comido algo hoy?”. “Una mandarina”. Ni siquiera una naranja, había comido, tan solo, una mandarina. Quería morir de inanición.

 

Esta historia comencé a escribirla anoche. Entonces, como empecé diciendo, hacía dos días que la abandoné a su suerte. Ahora ya hace tres. Hablamos exactamente durante un total de seis días no completamente continuados, pero casi. Seis días en los que mis sentimientos fueron virando como un torbellino en varias direcciones. Aquella noche que estaba relatando acabaría ella revelándome que era bailarina profesional, que tocaba el piano, que vivía sola en un ático en pleno centro de Madrid, que iba a la Universidad también. Después de lo de la mandarina yo no quise ahondar mucho más en el tema de la alimentación. Sin embargo, esperaba firmemente que mi compañía, la distensión del momento, su valentía al relatarme algo que según decía nunca había contado a nadie, fueran siendo ingredientes suficientes para que, aunque no de golpe, ella, paulatinamente, fuese recobrando por sí misma la alegría y, en definitiva, las ganas de vivir. Esto fue un error en el que me vi esperanzado prácticamente hasta el desenlace de estos acontecimientos.

En una de aquellas, después de haber recuperado el tono de la conversación hacia cosas más prosaicas, le recomendé a un guitarrista de blues para que la acompañase a nuestra despedida. Ella me había recomendado a una cantante de jazz. Aquella noche, tras cerrar la pantalla y clausurar la iniciática relación que acabábamos de establecer, me sentí extrañamente bien. Puse esa música de la que ella me había hablado, y una felicidad serena se aposentó en cada rincón de mi hogar. Pasé mucho rato así. Fumando lentamente. Contemplando los enseres que me rodeaban, escuchando aquella voz tierna y bella, las cuidadas notas musicales, todo parecía por unos momentos haber recobrado un sentido de neutralidad halagador. Esperé, de algún modo, que algún tipo de paralelismo entre su vida y la mía hubiese comenzado a desarrollarse.

 

Al día siguiente desperté en un sábado más. Desperté tarde, pues se nos habían ido las horas sin pretenderlo la noche anterior. Ya no lo recuerdo con exactitud pero quizá entré una o dos veces a revisar si ella había vuelto a aquel chat, cosa que no sucedería porque lo que sí recuerdo bien es que aquel sábado no tuvimos interacción alguna. A la noche estaría la película semanal con mis padres, una costumbre que empecé a adoptar desde hace algún tiempo, por aquello de reunirnos y pasar el rato en familia. No recuerdo la película en cuestión que se visionó, sin embargo sí recuerdo que era mala. Y que yo, aunque no quería encontrarme en aquellas circunstancias con aquella chica que una noche antes me había robado la intriga, al final, ante el espectáculo mediocre que se brindaba desde la televisión, esta vez desde mi móvil, sí accedí a la malograda página de chat. Pero no la encontré. Era extraño, ambos nos habíamos despedido con una especie de promesa subyacente, no anunciada, pero, de algún modo, sobreentendida, de volver a vernos. Y todo quedaba en manos del destino. No sería hasta la noche del domingo cuando, más o menos a la misma hora, allí estábamos de nuevo los dos.

“Norah Jones?”… “Qué?”… “Eres Anna?”… “Jajaja, Ismael?”… “Sí”… Y así volvíamos ella y yo a establecer la comunicación debido a que ella había modificado ligeramente su pseudónimo por haberlo encontrado ya en uso al acceder. Y aquella noche lo vi, vi su desamparo y fatalidad en la más amplia de sus dimensiones. Fue cuando me dijo, “por favor, no me dejes sola esta noche”… “No te voy a dejar, tranquila, pero qué pasa?”. “Ha sido un día bastante malo”. “Por qué?”. “No lo sé, hay días que son así, tú lo debes saber mejor que nadie”. Y vaya si yo sabía de eso un poco, días nefastos que se sucedían como una ventisca irrumpiendo de súbito. Había sido, de hecho, mí día a día un tiempo atrás. Sin embargo, como ya le había comunicado a ella, ahora me encontraba en una de mis mejores etapas, y no solo eso, sino que había alcanzado la sabiduría suficiente para no requerir distinciones en la vida por etapas, había asumido la vertiginosidad de la existencia, donde un instante era bueno y el siguiente era malo. Pero ella tenía 22 años. Eso no podía pasarlo por alto. A mis 22 yo estaba siendo también testigo viviente de una de las mayores tragedias que puedan explicarse con palabras de este mundo. Y ella estaba ahora ahí. Lo menos que podía hacer era sin duda acompañarla. Así, poco a poco, mientras las horas volvían a ceder y las palabras a acaparar la pantalla, se sucedió otra noche llena de armonía donde todo parecía sencillo. Donde reíamos y encontrábamos temas de conversación raudos. Donde ambos nos íbamos desvelando poco a poco aspectos de nuestras vidas. Y donde la suya, al menos, se evidenciaba cada vez más como algo terrible. Esto sucedió cuando le pregunté por sus padres. La anterior noche yo le había hablado de los míos empleando para referirme a ellos el calificativo de “bastante presenciales”. Algo que ella había acogido muy bien. Así que creí conveniente que esta vez ella me hablara de los suyos. “Y tus padres? Están juntos?”. “Solo está mi padre. Pero es médico y viaja bastante así que no lo veo mucho. A veces pueden pasar hasta dos años”. Cada detalle crucial de su vida parecía revelar cada vez más esa atrofia vital en la que se hallaba inmersa. Su padre era médico, de a saber qué, mientras su hija se consumía en un gran apartamento en lo más alto de una gran ciudad. Sola. Sin nadie. ¿Qué clase de vida era esa? “Siempre tengo frío”, me decía. “Ahora mismo parece que esté rodeada de nieve. Todo aquí es blanco. Las paredes, los muebles…”. “No tienes cuadros?”. “No, tengo figuritas de cristal”. Ella hablaba desde su sofá, decía que siempre dormía ahí. Al encontrarla esa noche de domingo estaba viendo un programa en la tele. Programa que apagó rápidamente al encontrarse de nuevo conmigo, según dijo. Sabía ya que su madre había faltado, lo que no quería yo era ahondar en esos momentos en detalles, así que simplemente le pregunté por hermanos, pues a ella ya le había dicho que yo era hijo único. “Yo nací con un hermano mellizo junto a mí, pero él no pudo resistirlo”. “Vaya, no me gusta la psicología y menos aún la barata pero quizá parte de la carencia que sientes se deba a esa falta que tuviste al nacer”. Aquí me lucí. Fue la mayor gilipollez que se me podía haber ocurrido. “Yo no recuerdo nada de aquello. Solo sé que yo también estuve a punto de irme, pero aquí estoy”. “Debió ser duro para ti, aunque no lo recuerdes”. “Sí, imagino que para un bebé debe ser muy duro”. “Y eso no te dice nada? En realidad eres muy fuerte”. Pero ella no paraba de negar esa fortaleza. Decía ser infinitamente vulnerable y sensible, más para esta vida. Yo sabía que me estaba enfrentando de algún modo a una persona en una situación delicada, por ello dejaba pasar estas partes con silencios más o menos largos, silencios que ella respetaba. Y esa tranquilidad con que parecía abordar las cuestiones, al tiempo que también yo sopesaba mis propias miserias, me gustó.

“No entiendo qué sentido tiene la muerte de un niño”, dijo ella. “Por eso cuando pienso en esas cosas de que quizá haya un Dios rigiéndonos, sé que no es verdad. Es todo un caos”, continuaba diciendo. Y es que los dos estábamos de acuerdo también en eso, los niños debían ser sagrados. “Y son los que más sufren las mayores atrocidades”, concluía. “Yo cuando era pequeña ponía palitos con papel de plata en la ventana para ver si venía E.T. y me llevaba con él. Fuera donde fuera, a cualquier lugar alejado de este mundo”. “Es tierno y desolador como solo la desolación de un niño puede mostrarlo”, añadí yo. “Sí, pero nunca vino”, decía ella con cierta ironía y resignación. Resignación que yo entendía, que, aun así, no dejaba de dejarme un poco helado. Silencioso. Meditativo. Si había algo que para mí hablaba más que nadie aquellas noches, ya digo, eran para mí los silencios.

Entonces no sé cómo estuvo, salió a relucir el tema de aquel cantante de rock que se suicidó con 27 años. Kurt Cobain. Y ella decía sentir una gran conexión con ese hombre. “Estaba solo y lo más triste para él fue hallarse ante tanta adoración pasando en realidad desapercibido. Aun así el Unplugged in New York sigue siendo un gran disco”, dije yo. “Sí, pero no te diste cuenta? Kurt lanzaba mensajes. No viste que el escenario era como un funeral?”. “Supongo que sí”. “Lo más duro tiene que ser que no te hayan querido nunca. Luego lo que tú dices es un añadido”. Aquí no supe cómo explicarle que el amor no es algo que un niño sienta de forma consciente. Que en realidad todos somos hijos malditos. Que vivimos en un mundo que nos despoja de todo casi al mismo tiempo que nacemos. Que, ese amor, solo está en nosotros el propósito de descubrirlo. Sin embargo ella se quedó con eso. “Yo lo único que habría querido es que mi padre en lugar de viajar tanto hubiese estado más conmigo, y no pasarme la vida de internado en internado”. En fin, era su vida. Y yo poco podía saber, o hacer, solo escuchar. Escuchar a esa alma inofensiva que se daba a mis sentidos con la fragilidad de una espiga.

Aquella noche dijo sentirse muy agradecida conmigo. “Bueno”, dije yo, “al fin y al cabo hemos hablado mucho, es todo lo que podemos pedirle a una noche de chat”. También le dije que podía contar conmigo. Y ella resolvió, “he contado contigo para esta noche, es mucho más de lo que podía esperar”. Supe también que lo que estaba estudiando era veterinaria, carrera que odiaba, como el ballet. Y era curioso, porque la noche anterior yo había descubierto su faceta del ballet al preguntarle si le gustaba bailar, y esta noche la de veterinaria al preguntarle si le gustaban los animales. Pero aunque los animales sí le encantaban, aquella carrera no, y su carrera profesional aún menos. Con todo esto sobre la mesa concluiría una noche más. Otra noche en la que yo me iba haciendo una idea de su persona. Algo que poco a poco comenzaría a intrigarme aún más y volvía a quedar en el aire, a los designios del destino, a un nuevo emplazamiento fortuito que, esta vez sí, se daría sin lugar a equívoco.

 

Habíamos hablado de muchas cosas, esta última vez nos dieron más allá de las tres de la madrugada con un intermedio que ella propuso para que yo cenase algo al haberle comentado que aún no lo había hecho. Se preocupaba mucho por mi salud, y esto era cuanto menos irónico. Cuando yo le decía que aún tenía la cena en la mesa ella decía “pues ves y cómetelo todo, que a tu madre le ha costado hacerlo y seguro que lo ha hecho con mucho cariño”. Y cuando yo asentía y le decía que así pensaba hacerlo, entonces saltaba con aquello de “lo prometes?”. Entonces yo le decía que lo de prometer no iba conmigo pero que aun así no creía que tuviese problemas en zamparme todo lo que había. Y esto le hacía gracia. En un momento yo comenté que lo que había era algo básico y muy sencillo de preparar, por lo que a mi madre tampoco le habría costado tanto. Y entonces ella intervino diciendo, “Oiga caballero. Todo lo que no hagas tú le cuesta a alguien hacerlo”. Aquello fue verdaderamente sensato y entre risas yo le respondí, “jajaja. Así habla una verdadera señora”. Esto volvió a manifestar una carcajada suya escrita y yo sentía que ambos estábamos disfrutando. También le dije lo de la enfermedad que yo tenía, el lupus, y por lo que desde entonces a mí me habían jubilado convirtiéndome en pensionista. Ella sabía perfectamente en qué consistía tal enfermedad y así me lo dijo cuando le pregunté si sabía lo que era. Para tener 22 años estaba realmente curtida en la vida, en conocimientos, al menos. Además logré hacer que esa noche ingiriese una taza de tila viendo que esa vez tan solo iba con un zumo en el cuerpo tras confesármelo. Resulta que me preguntó si sabía yo algo de unas pastillas llamadas Orfidal que un médico le había recetado ante su longeva crisis de insomnio, por lo que desde hacía meses solo lograba dormir un par de horas al día. El caso es que otro médico, tal como ella dijo, le había prohibido tomarlas debido a su peso. Luego supe que uno era el de cabecera y el otro su internista, el tipo que llevaba todos sus análisis. Este último solo le dijo que con un poco de tila debía bastar para conciliar el sueño. Pero ella se negaba a tomarla, en parte porque pensaba que no le gustaría su sabor y más en parte aún porque tenía aquel mal dentro de sí, el de no querer comer. Así que yo la animé con esa tila un poco. Y cuando pasado el mencionado lapso intermedio del que hablé me dijo que ya la había tomado, entonces agregó, “ahora siento como si mi cuerpo tuviese cien kilos encima”. Y aunque esa noche tampoco pudo dormir más de dos horas, según me confesaría al día siguiente, al menos le hizo un poco de efecto calor.

Como digo, habíamos hablado de muchas cosas, hasta tal punto que en una de aquellas yo le mencioné a Kafka. Que si lo había leído por algún casual. Dijo que sí. Y yo le dije que eso estaba muy bien, porque de ese escritor era todo aprovechable al cien por cien. Ella no comprendía por qué eso estaba tan bien, había leído solo La metamorfosis. Y entonces yo le dije que había una frase suya, que no recordaba muy bien, que hablaba del amor, y entonces ella mostró particular interés en saber cuál era. Yo, lamentablemente, no lograba recordarla textualmente y hube de exponerle el significado con mis propias palabras. Le dije algo que sonaba mucho más complicado y enrevesado que lo que la construcción de la frase en sí mostraba. Y cuando creía que ya la tenía en la punta de la lengua y estaba a punto de lanzársela, entonces se me volvió a escurrir. Todo este proceso lo textualizaba yo y a ella se le escapaba de nuevo la risa. Pero al final la recordé y se la puse: “El deseo continuo de morir y el de seguir resistiendo, solo eso es el amor”. Me parecía realmente idónea para la ocasión, me parecía descriptiva al más no poder en relación a su coyuntura. Y ella dijo, “pues es muy bonita”. Y así, entre unas cosas y otras, de manera espontánea, se me ocurrió una gran idea. ¿Por qué no leíamos juntos la obra de El castillo? Ella aceptó al instante. Y pidió en ese mismo momento el libro para recibirlo en su casa durante la semana siguiente. “Ya verás, te va a encantar”, dije yo, “verás que ristra de laberintos”. Y continué, “habrá que abrocharse el cinturón”. E intervino ella, “y a dónde vamos?”, “más allá del abismo, claro”, sentencié yo. Y entonces apostilló ella, “pues… como decía Norah Jones, Come away with me”. Le dije que me tradujese, por favor. Y la traducción, aunque ya la veía venir, fue gratificante: Ven lejos conmigo.

 

A la mañana siguiente yo despertaría sobre las once. Y pensé al instante en ella. Era mi día libre, por así decirlo. Ya que esa semana la tenía repleta de mis periódicas visitas a las consultas de mis médicos por el tema del lupus, y todo ese desfile comenzaba el mismo martes. Pensé en ella y si habría podido dormir con aquella tila, pero no duró mucho el misterio, pues al medio día, sobre las tres de la tarde, ya estábamos de nuevo interconectados mediante aquella pantalla.

No había logrado dormir; más que sus habituales dos horas y poco. Se había despertado sobre las seis. Era la primera vez que hablábamos por el día. A ella le cogía en su rutina habitual. Había ido a la Universidad, luego tenía clases de ballet que impartía a niñas en aquella escuela, y en ese justo momento salió por fin a relucir el tema de mi faceta musical. Ella ya sabía que yo tocaba la guitarra pero le había dicho que estaba yendo a una academia para mejorar. Cuando por una de aquellas quise que escuchara una de mis canciones y tras hacerlo dijo, “Guau. Y yo que pensaba que eras un principiante y me encuentro con esta joya”. Me alegró que le gustase. La canción hablaba del Sol, del sentimiento de eternidad vivo. De estancias plácidas y confortables. Me alegró que le gustase, de verdad. Y dijo también que ya me valía, que se la descubría justo cuando tenía que irse a trabajar. Así que con aquella pequeña victoria nos despedimos hasta la noche nuevamente.

Esto debió producirse a la hora de siempre; las diez menos cuarto. Pero pasó algo. No logro identificar el qué, ni siquiera a día de hoy. Ella empezó muy rápido diciéndome que si me pasaba algo. Que estaba distinto. Yo solo había estado pensando en ella durante el resto del día. Incluso logré escribirle una canción. Canción que había ejecutado suciamente en una grabación con mi teléfono móvil. Quería ante todo mostrársela. Y, como de pasada, le dije si podíamos contactarnos a través de alguna otra aplicación más personal, donde poder hablar sin depender de aquel chat. Ella me dijo que no usaba ese tipo de aplicaciones. Solo quedaba libre la vía de que me diese su número y poder hablar por Whatsapp. Pero yo me retracté enseguida. No quería pedirle así su número. No quería que se sintiese acechada, ni molestada, ni interrumpida en su vida diaria. Así que aquello pasó como una anécdota. Pero ella insistía, “estás distinto, parece que te suceda algo”… Yo le dije que esa vez escribía desde mi móvil y lo hacía con un solo dedo, el pulgar, por lo que era lógico que mis intervenciones fuesen mucho más restringidas que anteriormente. Pero ella insistió a la postre, “te ocurre algo y no es por estar con el móvil”. Aquí me harté un poco. Realmente no me ocurría nada salvo que empezaba a resultarme tan limitante el mero lenguaje escrito para con ella… Me vi por unos momentos diciendo algo en voz alta, algo que luego hube de sintetizar y transcribir. Quería, básicamente, traspasar la pantalla. Y así se lo dejé caer. Pero ella empezó a contrariarse un poco. Y de vez en cuando recurría de nuevo a que a mí me sucedía algo más, que disparase de una vez. Y entonces le dije, “sabes en lo que he pensado hoy durante todo el día? Quieres que te lo diga?”. Y ella afirmó. “Sí, dímelo”. “Pues… habrá comido algo hoy esta mujer? Por ejemplo”. Ahí hubo un silencio demasiado largo. Nunca respondió a la pregunta. Había empezado diciéndome aquello de que yo tenía mucha suerte, antes, porque tenía unos padres que me querían, tenía amigos, y, tras haberle contado yo que tenía un sobrino pequeño con el que al día siguiente había quedado para ir a su casa, también dijo lo de que tenía a ese niño. De pronto empezó a pintar mi vida de colores. Y fue cuando yo también me quedé callado unos instantes, y entonces dijo aquello de, “estás muy calladito”. “Es que me has dejado sin palabras”. “Yo? Pero qué he dicho?”. En fin, parecía no darse cuenta hasta que dijo, “tienes razón. Realmente es la tercera vez que hablo contigo, no sé nada de tu vida, perdóname, por favor. Puedes hacerlo?”. Yo le dije que para entendernos estábamos, y no hacía falta. Pero en aquel otro silencio del que hablaba, tras sacar a relucir el tema de su alimentación, algo la espantó. “No quiero acercar a nadie más a mi lado, porque todos terminan lastimados”. Y entonces se despidió con aquel escueto, “he de irme, que tengas buena noche”. “Buena noche”, le dije yo. Y desapareció.

Me quedé consciente y resignado. Quizás esa chica no era para mí. Y de pronto traté de imaginar en qué estado de delgadez se hallaba y una imagen decrépita se abrió ante mí. De cualquier modo no sabía nada. Dijo que empezaría a tomarse aquellas pastillas. Y hasta yo le dije entonces que yo también pensaba tomarme una de las mías, que eran lo mismo en realidad. Pero ella adujo que por qué necesitaba yo una. El caso es que al final no me hizo falta, era un sencillo gesto solidario en ese momento. Y recuerdo también, ante lo silenciosa que fue aquella conversación, que en un momento le dije, “escuchas el silencio? Qué te suele decir a ti?”, y continué, “a mí en estos momentos nada”. Lo que ella interpretó definitivamente como un síntoma de que a mí me sucedía algo. Y respecto a mi pregunta respondió, “paz o miedo”.

Sin duda pensé, no que fuese frágil, sino que realmente estaba en una situación de fragilidad absoluta, y que yo había sido brusco al contenerme mi preocupación real y soltársela de pronto así. De cualquier modo dormí. Dormí como un lirón. Y tuve sueños, y recordé lo que ella me había dicho en algún momento, que jamás había tenido un sueño bonito.

 

Despertaba así el martes, sin haber podido mostrarle mi canción, cosa que a la postre fue lo mejor porque sin duda el resultado definitivo sería mi cénit. Tocaba esa mañana ir a los médicos, los cuales me habían dado buenas noticias. Y por parte de uno hasta el alta recibí. A la tarde intentaría grabar esa canción en mi local pero debido a que había olvidado cortarme bien las uñas de la mano izquierda no logré la pulcritud en la sonoridad de los acordes que requería y acabé desistiendo posponiendo la grabación para el día siguiente. Cuando a la noche le comenté este incidente a ella solo atinó a decir, “eres un caso”. La visita a mi sobrino se había cancelado debido a que el niño había cogido un gripazo tremendo y estaba con fiebres y mocos, según me avisó por la mañana su padre, mi primo. Volvíamos una noche más, yo con la incertidumbre de si, acontecida la desavenencia de la anterior noche, ella estaría conectada esperándome como ya parecía haberse convertido en algo habitual. Estuve pensando cómo disculparme. Cómo empezar con aquella disculpa la conversación. Aunque sabía que no había hecho nada realmente mal, cierta intranquilidad se manifestó en mí momentos previos a establecer nuevamente dicha conexión. Y su respuesta fue de esperar, “no, discúlpame tú a mí porque no estoy en un buen momento”. Aquella noche de charla fue bastante trivial. Recuerdo cosas que me contara como que de pequeña su padre le había regalado hasta un caballo. Que, el mismo, poseía un velero con el que ella recordaba navegar y sentir un gran placer en ello. Que desde entonces sentía cierta atracción por el océano, aunque, ciertamente, de todo aquello ya poco recordaba. Cuando me preguntó por mis visitas a los médicos y le respondí que muy bien, escribió algo que trataba de manifestar alegría, aunque con simple corrección. También dilucidamos el caso de nuestros perros husky. Uno que yo había tenido años atrás y resultó que a ella también le habían regalado otro de niña. Y, además, que habían sido de la misma edad falleciendo el mismo año. Cuando salió el tema de la política al comentarle algo sobre mis padres, ella me reveló entonces que de este país, España, nada sabía prácticamente, que en realidad los veía a todos incapacitados para gobernar, y que su nacionalidad real era la sueca. Al parecer hablaba hasta cinco idiomas que pudiese contar en aquel momento. Y entonces vinieron aquellas preguntas. “Has tenido muchas chicas?”, me dijo. “No muchas”, respondí yo. “Se pueden contar. Reales dos y una tercera en la distancia y solo envuelta en sueños”. “Entonces…”, prosiguió ella. “Se puede volver a amar una vez has perdido a la persona que querías?”. Una cuestión que yo mismo me había preguntado más de una vez y que aquella empleé a Dostoievski para contestar; “Dostoievski decía que el precio de haber amado a alguien profundamente es no poder volver a amar así a nadie más; pero yo le veo una falla a esa afirmación”. “Cuál?”, dijo ella. “Pues que ahí tan solo está reflejando un estado concreto de la existencia. La vida es cambiante, un flujo, de hecho, si nos ceñimos a esa afirmación, es posible que ni el objeto de ese amor del que habla pueda volver a reproducirse en el mismo. No sé si me explico”. Entonces ella dijo que sí, dijo comprender lo que yo decía. Y yo creí que de algún modo lo estaba asimilando. “Hoy es el primer día de ochenta días seguidos que no he llorado”, dijo ella. “Y ya no lo pienso hacer más”, concluyó. Entonces me hizo una observación sobre el llanto flagelador, algo que yo comprendía y conocía muy bien de mis años jóvenes, y al yo responderle afirmativamente, que conocía esa sensación, tan solo dijo aquello de, “vaya par nos hemos juntado”. Me hizo gracia. Como siempre yo me encontraba bien con ella. Encontrando esa correspondencia. Ni siquiera tenía yo el hábito de entrar a aquel lugar, plagado de escoria, y, sin embargo, desde que la había conocido no me había saltado un solo día sin acceder. La noche anterior ya había indagado en mi canal público donde se encontraban la mayoría de mis canciones y se había formado una idea excelente de mi labor musical; tanto fue así, que sobre una en concreto dijo no creer que nadie más hubiese podido escribir algo así. Me mantuve algo escéptico. De hecho, el mismo día que le mostré el canal, revisándolo, de esa canción concretamente decidí prescindir y acabé borrándola. “Cuándo la has borrado?”, dijo ella. “Pues hace un rato”, respondí. “No hagas eso, es tu obra. Es bonito”, fue todo lo que acertó a decir y entonces yo creí que llevaba parte de razón en ello. Aquella vez, por mediación suya nuevamente, nos volvimos a despedir. Había logrado dormir bastante gracias a aquella grajea, parecía estar mejor. Pero de la comida no quise volver a hablarle.

Llegaba así el miércoles, un día que pareció decisivo. Yo estaba realmente entusiasmado con mi nueva composición, la que había escrito por ella, y me fui directo al local por la mañana, dispuesto a grabarla. Almorcé en un bar de por allí, vi a un conocido que solía esquivar y estuvimos hablando un rato. Su mujer tenía cáncer e iba a una especie de hospital donde la trataban y a él le tocaba estar. Me sentía realmente sereno. Dispuesto a ejecutar una labor que para mí era primordial. Sabía que me costaría lo mío, pues no estaba muy ducho y cada nueva canción que me proponía grabar acababa siempre alargándose más de lo esperado, y esta no iba a ser una excepción, de hecho lo fue, pero por lo contrario. Todo el día estuve allí metido. Mañana y tarde. Peleándome con los acordes, tratando de encontrar la mayor pulcritud posible. Y el resultado, para qué lo vamos a negar, fue excepcional. Aun así me preguntaba si conseguiría el efecto más deseado al mostrársela a ella, que era sin duda el asombro. Y al final salí de allí diciéndome, “bueno, la canción no ha quedado mal, a ver si le gusta…”.

Entonces, cuando llegué a casa, tras sentarme en mi silla cara a la pantalla y conectarme de nuevo con ella, tras esperar al subirla y darle el visto de que ya estaba disponible porque quería que fuese la primera persona en verla, sus palabras fueron, tras un silencio que se me hizo algo largo, “me he quedado sin palabras”.

No solo le había gustado, sino que además luego pudo añadir, “sabía que sería buena pero esto ha superado todas mis expectativas”. Aquella noche pareció magnífica. Ella dijo estar repitiéndola en su ordenador en bucle. Yo también hacía lo mismo. Y rio bastante ante las bobadas que yo decía. Tantas veces que en una de aquellas le puse, “qué gozo verte reír”. A lo que ella respondía, “esta noche me has sacado la sonrisa muchas veces”. Y también decía, “es impresionante que hayas conseguido hacer algo así en tan solo tres días”. “Bueno”, decía yo, “en realidad la compuse en uno”. “Increíble”, decía ella. Y entonces agregó, “oye, no la borres nunca, vale? Así si algún día no estoy que se quede ahí esa canción como una parte de mi esencia”. La canción tenía tintes oscuros, pero yo creía haberla dotado al final de una especie de optimismo. Y dijo también, “tiene un toque de Kurt, pero tú eres más elegante”. Y yo le respondía, “lo hice a propósito”. “Sí?”, se sorprendía ella. En fin, ante tanto trajín yo ni siquiera había cenado y esta vez fui yo el que de algún modo anticipé la despedida. Cuando ya había pasado más de la medianoche y nos adentrábamos en la madrugada, viendo que todo parecía bien, dije, “bueno, si quieres lo dejamos ya aquí”. Según ella había sido una noche muy bonita, y aquella canción el mejor regalo que le habían hecho en su vida. Y entonces añadí, “mañana quién sabe qué es lo que nos deparará”. Y ella respondió, “sí, no hay garantías”. Yo podía haberle dicho algo más, luego me flagelaría por lo contrario. Haberle dicho que toda garantía estaba al fin y al cabo en volver al día siguiente, no sé, algo. Pero fue tan redondo y tenía tanta seguridad en ese momento, que simplemente apagué el ordenador y me fui a cenar no sin antes despedirme con un beso, beso que por primera vez ella también me correspondía.

 

Quizás había empezado a enamorarme. Y me hice una paja buscando modelos que tuviesen la apariencia de jóvenes nativamente suecas. Porque aunque la verdad era que no sabía ni su apariencia, me daba que mi imaginario no iba muy desencaminado. Así se sucedió el día siguiente. Conmigo, más o menos feliz, aguardando, expectante. Noté que ese día, en las visitas que tenía programadas con los médicos, una mujer recepcionista me miraba de un modo más singular. Otra por la calle igual. En fin, lo que dicen, te cambia hasta la cara, adquieres luz. Pero sin embargo esa mañana, aun habiendo podido conectarme para ir corriendo a volver a saber de ella, creí que el destino me favorecía, que algo había empezado a encaminarse. Cabe decir que a ella le habían concedido sus jefes un tiempo de descanso. Por lo que, creía yo, tendría tiempo de ajustar sus constantes, en sueño, en nutrición, que sería sensata. Esa noche no supe nada de ella. Y la busqué. La estuve buscando tercamente accediendo una y otra vez a la susodicha página. Pero… nada. Pensé entonces en cuando nos conocimos. En que aquella segunda vez también se había dado con el lapso de un día entre medias de ausencia. Pero ya estaba siendo bastante inocente. Conseguí dormir. “Igual ha salido con sus amigas, o igual no ha salido y simplemente ha decidido no entrar”. Esa misma noche no le di mayor importancia. Pero al día siguiente desperté más temprano de lo habitual. Yo tenía una clase a media mañana con mi profesor de guitarra. Recuerdo bien que, tras buscarla nuevamente de manera más o menos intermitente y no encontrarla, empecé a entrar en un estado de absorción. Empecé a preguntarme si realmente me podía haber empezado a enamorar, la sensación de inquietud latente me amenazaba, empecé a sentirme ligero, como una nube, y al mismo tiempo, harto dubitativo. Aquella clase de guitarra fue amarga, por mi voluntad de aparentar normalidad. Acabé diciéndole al maestro que había sido una semana complicada, por mis asuntos de médicos, y me vine a casa a seguir entrando en la página por si por una de aquellas ella hacía lo propio. Y nada de esto sucedió. A la tarde yo seguí dándole vueltas al asunto, y, mientras se aproximaba más y más la hora clave, a la que solíamos entrar siempre, las diez menos cuarto de la noche, empecé a sentir cosas extrañas. Empecé a atar cabos inconscientemente, tal vez. El desasosiego se apoderó de mí. Y yo seguí entrando una y otra vez con márgenes de tiempo muy estrechos por si en una de aquellas daba con su presencia. Entonces me vino a la mente como un flash. “Lo ha hecho?”, me dije. Y pensé en aquella canción, la que con tanto cariño había ejecutado gracias a ella. De pronto parecía un réquiem. “Sí”, me contesté entonces. Dieron las diez menos cuarto, y yo, lloré.

 

Al poco apareció su pseudónimo ligeramente modificado en la pantalla. Y lo que viene es completamente absurdo.

 

“Dios”


“Hola”

 

“Estás”

 

“He variado mi nick porque el que tenía lo estaban utilizando”

 

“Me da igual tu nick, tan solo me alegro de que estés aquí”

 

“Qué te pasa? Estás muy raro”

 

“Nada. Que seguramente soy más tonto de lo que me creía”

 

“Y eso?”

 

“Olvidémoslo. Cómo te encuentras?”

 

“Cansada”

 

“Estás tomando algo para eso?”

 

“Solo las pastillas que te dije”

 

“Pero me dijiste que tus jefes habían hablado con una mutua para darte la baja”

 

“Ah sí, pero me da igual todo eso”

 

“No te ha visto entonces ningún médico?”

 

“No. Pero qué raro estás”

 

“Bueno, es que… He llorado”

 

“Qué te pasa?”

 

“He llorado por ti”

 

“No lo entiendo”

 

“Bueno, creí que lo habías hecho”

 

“Ya te dije que no puedo hacerlo de golpe. Pero así, poco a poco, puedo ir apagándome despacito. Creí que lo entendías”

 

“Entonces quieres morir sin más?”

 

“Creí que tú lo comprendías. Pero hoy estás raro”

 

“Entonces nunca nos conoceremos”

 

“Créeme, es lo mejor que te puede pasar”

 

“Creí que íbamos a leer El castillo”

 

“Todo ha empezado a ir más rápido de lo que imaginaba”

 

“Llevas desde el miércoles en casa?”

 

“Sí. Hace ya dos días? Perdóname, no estoy controlando muy bien el tiempo”

 

“Es normal. La falta de alimento está empezando a afectar a tus capacidades mentales”

 

“Es mi decisión. Creí que eras mi colega. No tenía que haberte contado nada”

 

“Y lo soy, pero no puedes pedirme que me guste la idea”

 

“Qué tal los médicos?”

 

“Bien”

 

“Me lo prometes?”

 

“Ya sabes que no soy de hacer promesas”

 

“Me alegro entonces”

 

“De verdad te alegras?”

 

“Cómo no iba a alegrarme? Has pasado por mucho y ahora te mereces que las cosas empiecen a irte bien. Es una gran noticia”

 

“Es solo… que no consigo imaginar la alegría en tu estado”

 

“Mira, tú tienes unos padres que te quieren, que se preocupan por ti, y te cuidan. No creas que todas las familias son así”

 

“En eso tienes razón”

 

“Y tanto que la tengo, ellos hacen todo lo que pueden por ti, te protegen, para ellos siempre vas a ser su niño”

 

“A día de hoy no tengo quejas con mis padres, la verdad”

 

“Estaba contenta porque pensaba que alguien me iba a acompañar hasta el final”

 

“Pero…”

 

“Pero tienes razón, es cruel y egoísta lo que pretendo, no tienes porqué cargar con esto, y ya me estoy empezando a sentir mal”

 

“Lo que tú digas”

 

“Mira, no sé por qué pero estoy empezando a sentir mucha hostilidad. He de irme”

 

“No te vayas”

 

Aquí se produjo un largo silencio. Ella permaneció. Y yo había quedado aferrado.

 

“Somos todos idiotas”, continué.

 

“Sí”

 

“Cretinos contra cretinos, esa es la única verdad”

 

“Lo sé”

 

“Y hay dos opciones: o acabar de súbito o acabar riéndose de todo en soledad mientras se sostiene un cigarrillo”

 

“Y si no fumas? Vale una piruleta?”

 

“Y al final solo quedará el ojo del pájaro, el aullido del lobo, y el diente del tigre para continuar dándole vida a este mundo. Los únicos puros. Una piruleta está bien”

 

“Hoy estás muy raro”

 

“Te ha dado por ahí, con que estoy raro”

 

“Qué quieres que te diga”

 

“Volviste a escuchar la canción?”

 

“Sí”

 

Luego le pregunté por su padre. Era médico de cirugía estética. Luego por su madre. Había fallecido siendo ella muy pequeña, no recordaba prácticamente nada. Luego le pregunté si su padre no le había contado. Dijo que hacían como si nada hubiese ocurrido. Y le pregunté más cosas, como si tenía las manos frías, y me dijo que estaban heladas. Y le pregunté por el silencio, y me dijo que sentía miedo. Yo no podía hacer mucho más por ella. Solo le advertí de que podían encontrarla y entonces dijo si era mejor hacerlo de golpe. Yo no respondí nada. Solo le dije que si llegaba el punto en que se retractaba, y pasaba todo aquello, y volvía a vivir, también podía contar conmigo. Ella solo dijo gracias.

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