A la sombra de los días

No sabía qué significaba el despertador esta mañana a las 7. No entendía su mensaje. Y lo primero que tengo noción de haber murmurado hoy es, "esto qué mierda es?". Aún recuerdo vagamente el sueño del que me despojaba en ese momento. Y una canción de amor vino a instalarse en mi cabeza mientras me cepillaba los dientes.


Al tomar café con mi madre en el bar entré al mismo para pedirlos y me vi a ese tipo, sobre las 7 y media, comiéndose una especie de brascada o chivito, un bocadillo generoso típico de esta provincia, ya digo, muy temprano. Es un borracho, que a veces me aborda, y cree que soy su amigo aunque, en realidad, no me tiene ninguna consideración. Por eso suelo entrar con cautela, por si está justo en esa esquina.


Comienza así mi día. Casi cada día. Llevo a mi madre al trabajo y recorro toda la ciudad desde mi pueblo, que, aunque está cerca, la cantidad de tráfico a veces vuelve el trayecto excesivamente duradero.


Alguna mujer me mira siempre en la capital, es el único sitio donde las mujeres me miran, ya no sé muy bien por qué es pero me gusta pensar que se debe a mi atractivo. Cosa que sé que con el tiempo desaparecerá.


Y esa es toda mi oportunidad. Ahí finaliza. El resto, es vagar.


Así llego a mi casa y me enciendo la consola, y ahí está ese juego, más sórdido que la madre que lo parió. Un western muy aclamado que tiene una historia lo suficientemente truculenta como para desmoralizarte mientras juegas. No hay nada más. Mis días pasan así. Llevo tiempo sin componer nada, o, haciéndolo y rehusando el material. Es decir, sin plasmar nada.


Pronto llegan los mensajes de mi habitual colega. No sé lo que me dice ya pero tengo ganas de salir y lo insto a quedar para almorzar. Llego al nuevo bar (que está cerca del local donde grabo) antes que él y allí está otro conocido. Un hombre que si lo piensas un poco es bastante extraño. Se hizo amigo de mi colega un tiempo atrás allí mismo y prácticamente solo habla de medidas relacionadas con cosas industriales. Le fascina el dinero pero no entiendo todavía en qué sentido. Así no deja escapar conversación alguna donde no intervenga "este tipo que tiene miles de millones o el otro que tiene no sé qué o no sé tanto". Y curiosamente ha viajado por todo el mundo, en los lugares más señalados, y hasta varias veces. Él no me deja hablar casi, y mi colega aún no ha llegado. Así voy yo haciéndome a mi papel, el del tipo que escucha.


Aún no es medio día y ya debo estar hasta la polla. Mi colega llega, se sienta, y no pide nada. Acaba de despertarse, y en escasos diez minutos, vuelve a irse. Me quedo yo con el de las medidas. Apuro la conversación. Le hablo de Singapur. De un documental que vi. Sabe mucho de Singapur. Ha estado dos veces. Una ciudad terrible, también, si te paras a pensarlo un poco. Pero a él le fascina. Con todos esos edificios, y esos bancos, y, en fin, esa limpieza enfermiza. Dice que solo vio allí a un mendigo. "Se lo llevarían rápido", se apresura a añadir. Y es que Singapur parece ser así. Yo voy ahuecando y entre que pago lo que he tomado le meto a la máquina y finalmente logro sacarme algunos pavos. Es lo único. No hay otra cosa que agradecer. Así que me voy a mi local. A simplemente estar, y cuando la inspiración parece nacer por sí sola, llega mi colega el de antes. A fumarse un porro. Total, que dejo a medias la composición, otra vez, mientras él fuma su porro, y mentalmente me digo, "tú puedes con todo".


Al final se pira, y yo he aprovechado para meter algo sobre él en la letra. Poesía de batalla, con lo que venga. Pero lo cierto es que he pasado allí toda la tarde, hasta la noche, y no estoy satisfecho con lo logrado. Luego han venido sus dos compis de grupo y uno en especial se ha puesto a rajar sobre el presidente del gobierno y política. Es lo único que ha hecho. Y yo me he tomado un par con ellos, escuchando, dispuesto a no mojarme el culo por un tipo, el presidente, que me la trae floja. 


De verdad soy ese tipo? Me pregunto ahora ya cenado aquí en mi cama. El que nada habla, ni reprocha, ni suscita. Entre todos ellos desde luego sí. Y mi madre ha puesto un programa de tele mientras cenábamos y le he dicho, "este programa ya agobia". "Por qué?", ha dicho ella. "Por qué?...", he murmurado yo. El programa se ha quedado. Ahora son las 10 de la noche, estoy solo y no tengo nada más que añadir.






 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Interferencias

La muerte iba en una canción

Sábanas a la intemperie