Abnegación
El mundo es bien chungo. Pero uno se levanta y vuelve. A la decepción. Como si nunca hubiese existido. Como si no acarrease consigo una rista de fracasos y fatigas. Como si le quedase algo por ver, o descubrir. Como si la verdad no fuese tan elemental y la farsa estuviese tan extendida. Te pueden llamar infeliz, pero lo cierto es que la verdadera infelicidad solo reside en aquel que se aferra al espectáculo más triste de la humanidad y que no es otro que la insensible simulación de hábitos, de costumbres y de creencias. A nadie le interesa nadie un carajo. Si acaso, se dan a la sociabilidad por un temor de rechazo visceral. Algo que los entrega a formar familias, a enamorarse, a compartir situaciones absurdas, como un partido de fútbol o la Navidad. La cúspide de lo mortecino. La idiotez corriendo como ríos de lava dejando todo yermo a su paso. Y nos damos. A otro nuevo día. A lo enfermizo. A las miradas de hedionda suspicacia. A los conflictos banales. Escondiendo siempre una flaqueza irredimible que nos socava y desolla. Como almas perturbadas, allá vamos. Con el acicate del sol, o la luna, o lo que mierdas sean las estrellas. Tomando un poco de brisa de aquí. Otro poco de allá. Tragando saliva. Apretando las mandívulas. Y haciendo de este mundo, en definitiva, el lugar más hostil jamás creado. Somos la peste cíclica. El aliento sin vida. El estertor continuo. Y ahí esos. Los peores. Los que nada saben. Y creen. Y se mienten. Y se anulan. No hay un ápice de valor en lo humano. Y asumido esto uno puede fortificarse, regodearse en su verdad, hacinar su ego esperando inútilmente que una nueva mañana lo provoque. Que abra su esperanza como el capullo de una flor frágil y efímera. Porque si hay algo que tenemos es abnegación por la vida. Y vaya que si viviremos.
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