Nuestra herencia
La media noche llega otra vez. Las estelas de fuego cruzadas se ciernen sobre países. Otra guerra, otra estupidez. Mueren civiles, mueren soldados. En estampas premeditadas se retratan los responsables como si de un teatro diabólico se tratase. A nadie le importa pero el miedo se expande. La gente es vulnerable. Nadie comprende. De pronto las pequeñas miserias cobran un cariz aún más insignifante. Solo podemos pagar el precio, y esperar. Lo veo cada día, paso a paso nos han ido desmenuzando. Hoy fue un día gris. Perfectamente acorde a los acontecimientos. Pero la disgregación hace tiempo que está. En los bares, en las aceras. En cada portal donde se adentra alguien. Demasiados golpes, demasiada televisión de mierda. Demasiados intereses. Y el vecino ya no es nadie. Y la familia solo un lugar. Acógete a tu derecho a ser masacrado. Porque te has convertido en un eslabón prescindible. Y así es como se domina un mundo. Luego te venden educación y valores, ética y prosperidad. Pero a la hora de la verdad estás solo ante una maquinaria cruel y destartalada. Todos deben actuar según lo previsto. Y tú solo puedes echar un vistazo al cielo, confundir tus anhelos con tus temores y seguir como si nada estuviese ocurriendo. Demasiados golpes para la integridad de una sola persona. Y al final algunos llegan a viejos con esos semblantes. Con tanta pena y atrocidad a sus espaldas. Con la noción tan presente de haber pasado por un mundo hecho añicos. Con toda esa frustración. Porque ya se ha conseguido. Es nuestra herencia.
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