Pelillos a la mar

A veces una conversación con el viejo es suficiente. A veces con madre. A veces conmigo mismo. Entonces él se marcha, ella lo hizo antes, y me quedo yo, una noche más, con mi quejicoso perro, al abasto de todo cuanto necesito.

 

Hemos hablado de manera sucinta. Yo más bien. Pues él siempre lo hace a espuertas. Y siento como su manantial acompaña mis pequeños surcos. De algún modo me comprende. Aunque sea desde una lejanía inevitable. Un poco de este y un poco de aquel. Un poco de mí y un poco de él. Quiere regalarle un ramo a madre por su cumpleaños. Antaño era una vieja costumbre que se fue perdiendo, como dice mientras esboza una ligera sonrisa entre nostálgica y bromista. Un ramo de flores y una poesía. Unos pequeños versos en una tarjeta. Así es como lo recuerdo yo hace ya, ciertamente, muchos años. Solía inspirarse bastante entonces, haciendo rimar los versos de manera imposible, y para mí, recuerdo también, se trataba del mejor poeta que nunca había conocido. Recuerdo también la reacción de madre. Cómo no le suscitaba demasiado entusiasmo. Y él hacía hincapié en sus rimas. Qué abigarramiento, pardiez. Y es que padre y madre parecen a veces dos sujetos que han llegado a tolerarse. Tras muchos años con el típico ramo y la susodicha tarjeta, tras sendas vidas convertidas en una sola vida en común, tras yo y todo lo que conmigo ha habido, ellos siguen con los mismos rifirrafes pero de un modo distinto. En efecto, parecen haber llegado a tolerarse, lo justo al menos, para que el matrimonio no se desplome. Esto no es una hazaña cualquiera. Pienso yo, que donde hay dos sujetos que, al menos, se soportan, ya hay un acicate, un estímulo que se defiende, y, al fin y al cabo, esto ya es un tipo de amor. Y entonces madre suelta aquello de, “¡qué agonía me das!”. Y padre ríe. Y yo, agacho la cabeza perdiendo la cuenta de cuántas veces se pronuncia ya el maltrecho recital. Esto es un barco sin rumbo. Es la necesidad, inhóspita siempre, de salir a flote. Y se produce como algo enigmático. Es el grito de la vida zarandeándose día tras día por mantener en el mismo rumbo a dos corazones que hace mucho tiempo comparten miserias y decepciones. Fatigas y sinsabores. Y también alegrías y goces.

 

Pues bien, yo soy el que se queda tras todo eso. Yo que adolezco de lo de siempre: una vida. Una vida sin propósito alguno. Una vida que me ve marchar sin haberle hincado todo el diente. Bien porque no hay donde morder, bien porque al fin y al cabo la vida es eso. Un pedazo suculento del que jamás podremos adueñarnos. Y el mundo desde aquí se ve insuficiente. Se ve como un inmenso desierto que brinda todo el firmamento para, a la postre, no regalar más que un peñasco desde el que divisarlo. Y las tormentas se oyen. Y, a veces, caen muy cerca, y, a veces, solo sobre ti. Y la comedia sigue. Y todas las cuentas que se van apiñando. El precio que has de pagar solo por haber sido dado a tientas a un páramo insondable. Así es como se ve.

 

Es demasiado lo que necesitamos, y moriremos sin habernos llevado nada. Moriremos; al fin y al cabo. Cómo hacer entender que yo nada quise. Porque al fin y al cabo lo tuve todo. Y eso tampoco fue suficiente.

 

Padre y madre seguirán con sus trifulcas. El nuevo emperador se erigirá sobre un nuevo continente. El niño y la niña seguirán creyendo en las leyendas de los héroes. Y aquí abajo, solo aquí, un hombre yacerá conforme.

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