Un compendio de verano
Apuntes de una novela
Íbamos por caminos distintos que de tanto en tanto se cruzaban, como en una vía de servicio, un area de descanso, para posteriormente partir cada uno por su senda. Fue al final ya cuando ella me dijo, ante el hecho de verla un tanto decaída, que había estado pensando que si su madre moría, entonces estaba sola. Yo guardé silencio, y traje todo aquel sin sentido hacia mí. Qué estaba tratando de hacer yo entonces. Para qué luchaba si no era para estar con ella. Pero yo en la Universidad no conseguía avanzar, llevaba ya tres años en dos facultades distintas sin conseguir pasar del primer curso, y entonces vino aquella pregunta: "¿esto son unas vacaciones?". Ella trataba de tomárselo así, y esperaba una respuesta afirmativa por mi parte, pero cuando le dije que para mí las vacaciones eran cuando estaba lejos de ella, solo pudo reír. Era el cuarto año de relación. No tenía sentido, y pronto la realidad caería sobre mí (y nosotros) como un mazo...
Mi trabajo
La oportunidad de poder escribir cada día es algo que no se debería dejar pasar. Y aquí estoy de nuevo, sin alcanzar todavía lo que me gustaría escribir pero escribiendo siempre lo que quiero escribir, más o menos. Y hoy es otro día, en que no pasa mucho pero todo pasa. Hay cambios de rumbo. Hay nuevas empresas. Hay que esperar para ellas. Como mínimo, unos días. Y en eso debería estar hecho un lince, pues ya no hago otra cosa desde hace tiempo. Si llegarán las condiciones para eso que me gustaría no lo sé. Si, entre ellas, aparecerá el suficiente talento, tampoco. Pero hay cosas a las que no se puede renunciar. Y yo no puedo renunciar a seguir haciendo. Es cierto que espacio, luz y tiempo, no dan arte. Pero tampoco constancia, trabajo y actitud. Aunque habría que ver cómo se desenvuelve uno sin todas ellas. Yo las junto como una gran pelota de no se sabe qué. Y persisto en la idea. Y la trabajo a diario. Y me creo en la tónica. Y aprovecho el espacio, y la luz y lo que menos me preocupa es el tiempo. Soy como un explorador abriéndose paso entre la maleza. Y cuando es posible, obtengo mi pieza. La cazo para subsistir. Y pronto a la maleta. Donde guardo tantas piezas que me alimentan por hoy y mañana. He renunciado a casi todo. Pero a eso no puedo porque es como el último refugio, el último cartucho, la última salida y el único camino. No nací con esta obsesión pero quizás sí nací para contraerla. Lo demás es un mundo al que apenas pertenezco. Gente con la que no concuerdo. Lugares que me importan un comino. Ojalá llegue el día. El día que me pueda sepultar en mi cometido. Por encima de todo. Y nadie haya para interrumpirlo. Entiéndaseme, no repudio la compañía, pero llegados a este punto, yo soy lo único que me queda.
Llorar
Ya no se llora. Porque a cierta edad dejas de hacerlo. Pasé prácticamente mi juventud haciéndolo. Por nada. Una melodía en un vagón de tren. Una película en el cine en la media noche. Un poco de brisa aquí. Otro poco allá. Y venga a llorar. Llorar solo. En los huecos. En las despedidas. Pero siempre solo. Mientras el mundo reía y se afanaba en tareas irrisorias, yo, lloraba. Y lo que quedaba de mí para el resto era solo un joven escuálido que cada vez iba pudiendo ocultarlo menos, aunque se esforzaba en ello, hasta un punto cínico. Luego todo se derrumbó. Digamos que después yo me curé, y no volví a llorar de ese modo nunca más. De ese modo, pero sí de otros. Hasta hoy. Donde ya no lloro. Aunque me sobren motivos. Aunque venga a mí la tristeza en forma agasajante. Y trate de camelarme. Yo la miro. Y la dejo marcharse. Pero, quizás, siempre deje parte de ella en mí. Y mis ojos van tomando una forma concreta. Y mi frente. Y el resto acorde. Qué le vamos a hacer.
El chico
(A los 41 años me encuentro con un joven de 18 sin figura paterna, y yo que podría ser su padre solo soy un compinche con el que, según dice, se puede hablar de muchas cosas porque de todo sé. Espero influir lo menos posible.)
El chico me dice que le gustaría triunfar. Triunfar sobre todo para callar muchas bocas. Le digo que no lo haga por eso. Y dice que ya lo sabe. Que también por él. Pero por eso, concluye. He pasado un par de días con él. Hemos ido a la piscina, a almorzar, a comer... Tiene el alma noble. Le digo que lo que le pasa es que tiene rencor. Y me da la razón. "Pues sí!", responde medio airoso. "Tengo rencor. ¡A muchos!". Y yo me sonrío, al menos lo ha entendido. Le digo que eso lo tenemos todos, pero se digiere. Me pregunta si para ser notario es muy difícil. Le digo que eso es una gilipollez, mucho estudiar para nada. "Para ganar mucha pasta", aduce él. Y de repente veo a un chico que puede hacerlo. Pienso en él de niño, y en palabras que nunca le dije pero sí pensé, como... que él podría conseguir lo que quisiese. Pero sigo viendo a ese niño, que no sabe lo que quiere. "18 años llevo trantando de saber lo que quiero hacer", comenta en el coche, y son los que tiene. Qué difícil es la vida para un chico a las puertas de la madurez, en un mundo tan terrible y grande. Él dice que ya ha madurado. Yo sé que aún le queda mucho. Pero si me miro a mí mismo eso es algo que no termino de comprender. Vuela chico, vuela. No hagas caso a nadie, que las personas que más sabemos solo estamos para entorpecerte.
De aligátores y hombres
No me estoy enterando mucho de la película últimamente. Sé que ayer llovió. Como predije. Miro mucho al cielo. Se aprende. Pero poco más veo. Me hago el tonto entre la gente. Es mi única forma de socializar un poco. Y este me cuenta, y aquel me dice, y yo "oh, sí? En serio?". Es lo que hay. La mayoría no querrían oír lo que uno piensa de ellos. Y al final está bien. Porque me digo, "está bien. Es buen hombre". O... "en fin...". Y olvidas y sigues para adelante. Pero no soy de los que suelen olvidar. Ya sabes. Cuéntame cualquier gilipollez. Nadie escucha como yo. Y deja que pase el tiempo. Y, si quieres, te la recordaré. En fin, me quedo, sabes? Me quedo. Eso es lo que me pasa. Y no es que sirva de mucho. Porque la gente no hace caso ni a lo que dice. Pero yo siempre estoy ahí. "Caimán dices? Y lo comiste?". Y bla bla. Y está bien, porque es lo más honesto. Y estrechas su mano. De verdad. Nadie quiere complicarse demasiado. Bastante complicadas son ya las cosas, no? En fin, vuelve la noche. Como ves no tengo mucho que decir. Me gustaría ser ese padre, y ver el asombro de una hija a la que le sale bien el ejercicio de gimnasia. O me gustaría salir a la calle y hablarle a una mujer. O estirar los brazos tan solo. Sentir el aire. De pronto me resulta extraño que nadie lo haga. Hay tanto para contemplar... Y, como empecé diciendo, no me estoy enterando de mucho. Que ayer llovió, sí. Pero hoy, sigue sin haber nadie.
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