Médicos
Supongo que me lo quitaron todo. El júbilo, la inocencia, el amor… Ellos lo robaron. Hoy simplemente acato más o menos las normas de un doctor. Cuando se trata de la psiquiatra simplemente consiento que arroje toda su estupidez sobre mí. No quiero contratiempos. Ya no puedo decir más. Han vencido.
La situación es la siguiente:
comienzo un tratamiento alternativo para lo del lupus, porque parece que me
está afectando a los riñones. Mi médico habla, y siempre con profusión, yo he
tratado de hacerme su amigo, pero me doy cuenta de que eso jamás será del todo
posible. Él tiene su bando y yo el mío. Habló con mi psiquiatra, en arreglo a
una toma de corticoides que quería administrarme. Trastorno bipolar. Y hacen
referencia a ello como si realmente se tratase de algo. Como si ellos tuviesen
el conocimiento y yo fuese algún tipo de experimento. Mi psiquiatra no le recomienda
tratarme con corticoides, pues, trastorno bipolar. Son euforizantes, y tal que
así me lo plantea ella. “Puedes caer en un estado psicótico”, más o menos es lo
que dice. De la nada, de repente. Yo podría cortar con todo este tinglado por
lo sano, pero ya no puedo, se han sumado demasiados agentes y hasta mi
reumatóloga también hace ya alusión al mismo diagnóstico con total naturalidad.
Yo tampoco es que quiera tomar los corticoides dichosos, así que por esas me
libro. Pero ya es todo un cuadro de médicos teniendo en cuenta esta cuestión.
De hecho, el nuevo tratamiento debe aprobarse hasta ante un comité.
Los médicos continúan, formando sus
alianzas, todo en pro de mi salud. Y realmente uno se siente acorralado. Porque
ahora estoy bien. Pasan las semanas, se van sucediendo entre análisis y consultas
casi consecutivas. No hay ninguna semana desde hace ya tiempo en que no haya
sido reclamado. Y todo esto es por mi bien. Pero qué margen le dan a mi cuerpo,
me pregunto yo. Para que se reconstituya, para que respire. Ninguno. Creo en el
alma y creo en el cuerpo. Pero dónde queda una creencia al lado de un
conocimiento. Espero que no se equivoquen. Como digo, ahora tan solo soy una
ciega ovejita que va recorriendo el sendero que le van marcando. Ahora por
aquí, ahora por allá. Ellos tienen sus ordenadores. Sus valores clínicos. Sus
conjeturas. Pero todos creen en esa tontería del trastorno sin cuestionarlo un
solo segundo. Claro que estuve loco. Pero habría que ver quién no lo habría estado
dadas las circunstancias. Es más, ¿y si lo estoy más que nunca? Ahora que
agacho la cabeza, ahora que consiento, ahora que nadie lo sabe.
Mi historia se remonta a mucho tiempo
atrás. Tiempo atrás. Algo que no parecen comprender. Una perspectiva donde uno
crece, donde, de algún modo, evoluciona, donde se enfrenta, cada día, a la
vida. Y esto le otorga sabiduría. La suficiente al menos para entender que la vida,
o la razón, o la identidad, no van ligadas a anotaciones puntuales en diarios de guerra.
Que la vida es eso inmenso, eso que se sale de todo concepto, eso que fluctúa y
se asienta y que, sí, nadie sabe lo que será de ella mañana, pero precisamente
por eso, catalogarla así es cuanto menos ruin.
Yo puedo escribir cosas como ésta esta
noche, puedo estar al margen de toda categorización, eso es lo que me salva, conservar
la duda, pero sigo estando sujeto a sus dictámenes, si no en alma, sí en
cuerpo. Debo pasar esta prueba por conservar la vida. Ya no me importa que me conciban
de tal o cual manera. Solo soy unos números en un boletín informático. Ellos
despliegan su juego. El resto me toca ponerlo a mí. Con mi sangre. La ciencia
médica nunca ha estado tan alejada del paciente, creo yo, pero dicen que está más
desarrollada que nunca. No es que confíe en ellos, es que no me queda
alternativa. Desconozco mis entrañas. Y luego están los que te venden la otra
cara de la moneda con medicina china o hindú mediante flores y ungüentos. En
fin, esto elegí. Espero poder seguir contándolo al menos algún tiempo por aquí.
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