La dignidad
El célebre
escritor francés concede entrevistas, son tantos los que consideran su
producción poética y literaria tan excelente que poco importa si dice mucho o
poco, pero habla de la dignidad en referencia a la eutanasia, y de que ya sabemos,
al fin y al cabo todos, que el mundo se va a acabar. Y todo esto parece
sostenerlo con una seguridad que por un momento uno puede llegar a inquietarse.
Su concepto de dignidad frente a la eutanasia dista de la concepción actual,
pues según él, la muerte que llaman digna, en realidad, no tiene nada que ver
con eso. Me pareció entender que su concepto de dignidad aboga más bien por la
vida, y que discute que se emplee ese pretexto para defender el suicidio
asistido.
A mí me
parece una abominación cualquier institucionalización de la moral. Las leyes,
las reglas, el ser humano tratando de buscarle las cosquillas al ser humano.
Todo tiende a la catástrofe. Pero si observamos los recientes casos en los que
el Estado ya ha podido intervenir en este hecho, uno no deja de quedarse con
una sensación extraña. Son las pruebas. La burocracia. La Ley. La que ahora
debe hacerse cargo de la voluntad de un ser humano. Y este ser humano pide
morir, morir con dignidad, dice, ya que en vida sencillamente está condenado.
Todo esto
debe nacer de algún sentimiento de comunión preestablecido. Donde los hombres
ayudan a otros hombres. Y donde su visión unos de otros determina el grado de
permisión. La dignidad es sin duda uno de los conceptos más confusos que se puedan
encontrar. ¿Es indigno el esclavo? ¿Es indigna la puta? ¿Es indigno el
moribundo? Supongo que es algo que llevamos dentro. Una fuerza motriz. Y ni el
esclavo, ni la puta, ni el moribundo, están exentos por esa condición de ella.
Pero dónde vivimos hoy. Un mundo que se confronta continuamente de manera
convulsa entre sí. Un mundo donde los sentimientos están perdidos. Donde se
forman alianzas circunstanciales dando pie a los espejismos de principios inalterables.
Donde las cosas, generalmente, se consiguen por la fuerza, y no atendiendo a
ningún tipo de razón. Manejando miedo. Manejando poder. O, sencillamente, violencia.
La dignidad ya no tiene nada que ver con el sentimiento de salir a flote o
vivir. La dignidad es mucho más estúpida que nunca y se utiliza como una de
esas palabras que están ahí, incrustadas de forma ancestral en nosotros, para
arrojarse siempre en última instancia hacia la razón de ser.
Me miro a
mí, y solo veo a un hombre que trata de vivir como puede, que trata de
confabular sus propios sueños, como haciendo hechicería de ellos, para que
pervivan, para que no se apaguen nunca del todo, y observo mi vida, mi pasado,
mi muerte, y la dignidad es algo que se me escapa. Algo que puedo apreciar en
alguien, como una fábula fantástica, ante la derrota, ante la más vil sumisión,
en un estado determinado, pero que no puedo enarbolar como una de esas palabras
que se escriben en las banderas, y ni siquiera puedo juzgarla.
He visto la
dignidad de las personas esfumarse en un soplo de aire. Caminar contra el viento
para en tan solo un día o una noche resquebrajarse por completo y dejar ante ti
otro ser condenado y triste. He visto esa fuerza, determinada, audaz, esencial,
y al poco tiempo nada. Qué somos las personas sino simples necesitados. Y por
qué hemos creado un mundo donde el valor debe institucionalizarse. Donde ya no
vemos y donde el individuo ha quedado a merced de lo sacramental. La dignidad
se ha esfumado, y aun así, creemos portarla con orgullo en cada una de nuestras
manifestaciones.
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