Resistencia y conservación

No pueden conmigo. Llevan mucho tiempo detrás de mí. Por ser, por existir. En encierros psiquiátricos, con correas, con medicina asesina. Y desde hace siete años ya, vetado judicialmente, a no poder administrar mi economía. Tengo 42 años, cercano a los 43, mi madre aún se refiere a mí como chiquillo, mi padre más o menos lo mismo, solo que el otro día dijo que yo era un grande. Ellos fueron los que me llevaron a aquello, y me sacaron, de algún modo. Toda esta vida he sido un sujeto zarandeado entre instituciones, solo un error destacable, a los 22, y desde entonces... ahora para acá, ahora para allá. Entre tanto he tratado de hacer mi vida. Y la hago. De alguna manera. He tratado de perseguir el amor, de rendirme a él, y hacer solo su voluntad, pero no ha funcionado, ahora estoy solo, no he formado una familia, ni tengo hijos, y es en parte por lo que para todos mis familiares cercanos siempre seré "chiquillo". Mi talón de Aquiles es una hija que nunca tuve. Que no tendré. Y soy yo, frente a la inocencia más pura, convertido en una bestia reprimida y distante. Y esa medicina tiene gran parte de culpa. La misma que me tomo yo mismo ante la ominosa advertencia de volver a las instituciones en caso contrario. La que me rompe la cabeza y convierte cada amanecer en una tortura lenta, y cada anochecer en una muerte anunciada. No te tuve, mi niña, tan solo te adiviné en mi fantasía, solo fuiste una mujer desprotegida que se acurrucaba sobre mí, o un abrazo efímero que me colmaba de alegría, tan solo fuiste un ángel que de vez en cuando bajaba del cielo para recordarme que entre los hombres todavía existía un mínimo de bondad. Y ahora ya no eres nada. Mi cabeza hecha un cirio, y nada más. Pero no podrán conmigo, por más que insistan, por más que me obliguen a destruirme. Y que hasta mis padres estén en el ajo. Caminaré con sigilo. Haré de mi corazón un manantial. Y al final, erguido o no, moriré con la conciencia limpia, de saber, que nada hice para establecerme en su punto de mira.

---------

Supongo que ahí se termina todo. Cuando te capturan. Y te anclan a una camilla. Entonces ya está. Todavía no lo puedes ver. Pero se ha terminado. No eras quien creías. No estabas donde pensabas. Si es que pensabas. Si es que estabas. Después de ser un sujeto arreciado por la total paranoia.


Y para la posteridad siempre algunos enigmas. Que más vale no destapar. Y para la posteridad el trauma de un animal, cazado y encerrado. Eso es lo que hacen contigo. Porque tal vez habría bastado un, "mira chico, estás equivocado". Pero a ti ya se te advirtió. Y no quisiste ver. Cómo ver y consentir las palabras de tu cazador. Cuando todo el peso de tu circunstancia recae sobre ti. Como si no te hubiesen atado durante tres días. Como si no te hubiesen encerrado a merced de aquella estúpida pregunta: "¿por qué crees que estás aquí?". Y aún no logro responder. ¿Por qué acaba uno en el manicomio? Pues hay múltiples factores, puede ser una madre, o un padre, o puede ser un trabajo, o un amor, que nunca llegan, o que se van. Puede ser que el mundo actual no esté hecho para uno. Y que uno solo esté tratando de encontrar su sitio. Entre prisas. Entre advertencias de muerte. Que incluso a uno le valga esa muerte. O que uno simplemente no la tema. Pero, nada de esto es convincente. Ellos quieren saber, quieren verte confesar, "porque estoy loco, señores". O, "porque se trata de un mal entendido". Pero cómo explicarlo. Si han pasado casi siete años de aquella última vez, y todavía estoy aquí dándole vueltas. Qué más da. Uno acaba en el manicomio y punto. Porque si existe un reducto en la civilización al que abocarse al margen de ella, él, sin duda, ha de terminar ahí. Y fin del asunto. Entonces... ¿qué ha cambiado? Ya no se cree uno Dios. Ni tocado por la gracia divina. Ni héroe, ni maldito, ni ángel, ni santo, ni paradigma, ni un humilde siervo. Pero se aprende, supongo. A encorvar la espalda, a acatar premisas. Subterfugios. A tolerarlos. A parecer bueno, al menos. Al menos digerible por la marabunta. Y uno entonces ya puede ir. Como uno más. Campante. Aterrado. Y dar el pego. Este mundo es así. Todos acojonados. Cobrando nuestro parné. Haciendo cuentas para no morir de hambre. O de insignificancia. Y nos creemos en la élite de la modernidad. Con tanta gilipollez de tecnología. Apretamos un botón, y luego otro, y ya está, todo resuelto. Y mientras tanto la asfixia, la asfixia que nunca concede treguas indefinidamente. Algunos se quieren matar, otros solo no desean vivir, y otros buscando aceptación a su pena. A su tragedia. Hecha material de estudio. De problemática. De análisis. Y entonces la palmadita en la espalda. Que nada cambia. Pero qué reconfortados se quedan por unos míseros instantes. Los suficientes. 


Ah, el manicomio. Por qué acaba uno ahí. Por qué no la cárcel, o el sepulcro directamente. Por qué uno no muere, o por qué no mata. ¿Habrán preguntas así en el cielo? ¿Y ante la justicia? Por qué, por qué, por qué. Triste mundo este. Mi momento de escribir ha terminado.




Comentarios

Entradas populares de este blog

La muerte iba en una canción

CAGED

Melisa