CAGED
En el momento de levantarme hoy,
cuando suena el despertador a las 8 de la mañana, me incorporo enseguida, estoy
sentado en el borde de la cama, pero soy incapaz de ir más allá. Veo desde ahí
los pantalones arrugados en el suelo, las zapatillas, los calcetines, todo con
lo que debo ataviarme, pero pienso algo así como, “bueno, aún son las ocho, hasta
las once no he de entrar a clase, supongo que podré echarme un poco más”. Los
sueños que irrumpen en mi memoria son decadentes. Y lo peor es que me
retrotraen experiencias que ya debo haber vivido. Una mujer que se pega a mi
cuerpo, que no deseo, que beso, que acaricio sin ningún tipo de entrega en una
simulación insípida del romance. Sí, ya lo he vivido. Me recuerda a alguien. Y
si lo pienso un poco más, a demasiadas, quizás.
Esto por un lado está bien, me
contenta que se me haya revelado en sueños la naturaleza de mi falta de predisposición.
Pues estando solo concluyo que es mejor estar así. Pero por otro me avoca a la
estupidez, a tantas relaciones en las que me he involucrado por una torpeza
suma tratando de encontrar un escarceo. Sencillamente no valgo para eso. La
vida me arrebató la juventud demasiado pronto. Y ahora lo que hay es un vacío
que creo que no podré llenar nunca. Desde luego no con cualquier mujer. Haberlo
intentando deviene en un vicio absurdo.
Dicho esto, con todas esas prendas de
vestir por el suelo y advirtiéndoseme el siguiente paso con una fuerza lo
suficientemente grande como para vencerla, cual árbol al que le asestan el
último golpe para talarlo, me desmorono de nuevo sobre mis enredadas sábanas y
sigo durmiendo sin perder de vista el reloj de mi muñeca que me coloqué en
primera instancia.
Las nueve menos cuarto… las nueve… entreabro
los ojos, echo un vistazo al reloj… las nueve y cuarto… Me digo que acabaré
llegando tarde, pero ya no hay remedio. Sigo barruntando atisbos de sueños,
sigo entrelazado entre la realidad y lo quimérico. Mis primas, ¿cuántas son? De
repente no recuerdo sus nombres, y las veo, o veo porciones de ellas. Las nueve
y media… Ya es que me tengo que levantar. Pero antes de hacerlo, extiendo mi
mano y saco un cigarro de la cajetilla que tengo al lado en la mesita. Lo fumo…
Son cuatro. Ya estoy completamente despejado, o eso creo. El cigarro de vuelta
a la realidad se torna casi fundamental, la realidad es dura, hay que adentrarse
en ella después del sueño paulatinamente. Sin olvidar del todo. Antes de que se
convierta en un mazacote impenetrable, antes de que las cosas cobren de nuevo
su sentido estricto. Y ahí voy yo, me pongo los calcetines no sin sufrir un
poco, los pantalones, con los calzoncillos he dormido, y con la camiseta la
cual me quito para ir a lavarme los dientes y la cara y que el salpicar abrupto
del agua no la moje porque el grifo de mi lavabo es así. Estoy listo.
Ahora he de ir a tomar el primer
bocado al horno-cafetería de al lado. Me cuesta unos cuarenta minutos llegar al
otro extremo de la ciudad y conseguir aparcar. Son casi las diez ya. Me doy cuenta
al salir cómo no estoy despejado. Realmente nunca lo estoy. El día tampoco lo
está. Hace nublado y ligeramente fresco. Un día genial si no fuera porque lo
recibo sin el menor entusiasmo. Pienso que en ese momento lo que menos me
apetece es ir a esa clase. Pero debo hacerlo, entre otras cosas, porque la
estoy pagando. En la cafetería está la dueña, una mujer agradable, fina y
pequeña que se muestra lo suficientemente solícita conmigo. “Café en llet i cruasán”,
le digo en valenciano porque es de la tierra y aunque aquí el idioma natal está
bastante denostado hace tiempo que decidí dirigirme a ella en él al saber que
lo hablaba asiduamente. Salgo fuera y espero a que me lo sirva. Siempre me siento
de espaldas a la entrada, no sé por qué, supongo que prefiero que me sorprendan
por detrás antes que verlas hacer todo el recorrido hasta mi mesa. Es menos
violento. Yo soy el tipo que se clava en su sitio y todo lo observa, para ello
he de granjearme cierto disimulo, y así, de espaldas, puedo dar rienda suelta a
toda mi creatividad.
Bien, el café con leche ha estado
bien, el gran cruasán bañado en ella también. Llevo un billete de cincuenta que
necesito que me cambien en la caja, para poder pagar las clases, así que me
digo, “pues ya está, vamos a ello”. Tengo cierto reparo, minúsculo, por si esta
vez en la caja estuviera la empleada, que es una chica rumana bastante seria y
las veces que me he tratado de dirigir con cordialidad a ella han caído en una
especie de barrena. Y está, pero lavando los platos. Alguna vez la he saludado
pero esta vez no digo nada y espero la cola que hay formada entorno al mostrador.
Me siento idiota en esas situaciones. Hay un hombre bajito con la bolsa vacía
del pan, una mujer de su misma estatura delante, entrados en la ancianidad
ambos ya. Un chico joven siendo atendido, alto, de nariz aguileña y prominente
que puedo advertir cuando se gira de soslayo mientras va a pagar. Entonces se
marcha y la anciana deambula un poco por el mostrador para señalarle a la dueña
las galletas que desea. A ésta se le caen dos o tres de la paleta con la que
intenta recogerlas. Pienso que ya la tenemos liada. Son casi y cuarto ya. La rumana
va por detrás del mostrador de un lado para otro. Ante su presencia me siento
ligeramente intimidado, falso. Entonces llega un hombre mayor en silla de
ruedas empujado por una mujer. La puerta de cristal automática se abre,
acceden, la puerta se queda abierta al estar ellos demasiado próximos. Hasta
ayer pude ver que el hombre aún caminaba, muy mal ya, pero lo hacía, entonces
pienso que así es la vida. La anciana obtiene sus galletas, luego el señor su
pan, luego voy yo y consigo mi cambio, entonces la dueña advierte de pronto al
hombre de la silla y emite una exclamación extrañada. El hombre apenas sabe qué
contestar, “las piernas, las piernas”… Y aquí se produce lo que cada día ocurre
en lugares como estos donde la cotidianeidad se entremezcla con la tragedia. “Ah,
pero no te has caído ni nada, vale”, dice la dueña. Y asunto arreglado. Yo aún
tengo que coger el coche. Tengo que cagar, tengo que hacerme con la guitarra,
tengo que conducir más de media hora para llegar a mi clase. Compruebo que
cuando salgo por el garaje son exactamente las diez y cuarto. Llegaré al sitio
a tiempo, pero luego tendré que aparcar. Ay, aparcar dice. En una de las zonas
más concurridas de la ciudad, donde el estadio de fútbol, se me vuelve tal
odisea que llegado el momento acabo por pensar mientras doy vueltas y más
vueltas, “bueno, así reconozco la zona”. No hallo aparcamiento por ningún lado.
Le mando un mensaje al profesor, “intentando aparcar”, le digo. Y me responde, “¡perfecto!”.
Es un chico jovial. Optimista. Total, que cuando lo consigo ya son más de las
once y veinte, me dirijo al lugar con mi maleta a cuestas donde va la guitarra,
y allí está él. Con su sonrisa esperándome.
Lo siguiente han sido casi dos horas
de explicaciones que apenas he podido discernir. Mi cabeza se inflaba. Mi mirada
se obcecaba. Ha llegado un punto, ya al final, antes de que me rindiese y diese
por finalizada la sesión, en que ni siquiera era capaz de distinguir el
nombre de una nota básica en el mástil de la guitarra. Al parecer a todo aquello
lo han apodado los americanos con el nombre de CAGED. En referencia a las cinco
notas en las que las partes de la guitarra están distribuidas. En el sistema
americano una C sería un Do, una A un La, un G un Sol, una E un Mi y una D un
Re. Todo esto es sencillo. Pero al despedirnos no puedo evitar comentarle al
profe que es que yo tomo una pastillita de un antisicótico que me nubla un poco
la mente y me cuesta concentrarme. “No te preocupes”, alega él, “si a todos nos
cuesta. Hoy en día…”. Y bueno, supongo que he de seguir con ello. El profesor
es bueno, un poco disperso, pero sabe mucho y lo demuestra en cada sesión. Hoy
tocaba recuperar un poco de estas semanas atrás en las que me rajé un dedo por
accidente y no pude asistir. Ahora son exactamente las once menos veinte, pero
de la noche. Estamos a 17 de Octubre de 2025. Si lograré ser algún día un guitarrista
eficiente ya se verá. Pero estoy solo, me he pillado un par de cervezas, la
noche que se veía un tanto fantasmal ha cobrado cierto equilibrio después de
escribir este pequeño relato. Su lugar es este, Siervos del Sol. Lo que al fin
y al cabo somos todos en un sitio en el que aparecimos sin comerlo ni beberlo. Que
nos ve lidiar a todas horas por sustraer emoción, que nos llora, nos ofrece y
nos quita. La noche es joven, disfrútenla. Ya saben, mañana, amanecerá.
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