Historia de un pequeño viaje

 

Llega un día y te compras un coche nuevo. O te compras un coche nuevo y llega un día. Porque comprarse un coche nuevo es como nublar tu razón un poco. O quizá bastante. Solo es un coche, te dices. Mientras ves cómo las primeras rayas van apareciendo sobre él. De dejarlo en la calle, de algún descuido; y la suciedad, cómo nunca volverás a verlo igual de inmaculado y resplandeciente que el primer día que lo sacaste del concesionario. Y es un alivio si reflexionas un poco, porque, solo es un coche. Está hecho para circular, y usarse. Y como digo llega el día en que puedes ponerlo a prueba. Un viaje que se te presenta como un pequeño desafío. Y en el que debes transportar a tu tía y tu madre hasta el pueblo en el que nacieron.

 

Agustina es una mujer ya mayor. De unos 78. Que vive en la Mancha. Es prima de las susodichas hermanas y, al parecer, la están estafando. Yo solo soy un chófer, hago las veces de conductor y poco más. Por eso pregunto poco, observo y escucho, y simplemente conduzco. La Mancha es nuestro destino, nuestro paraje a explorar, la inmensa planicie, los campos descomunales, el amarillo pajizo, mezclado durante kilómetros y kilómetros con marrones, escasos verdes y ondulantes carreteras en recto de visión infinita. Todo junto a ese cielo, apoteósico, desnudo, sin interrupción alguna, que se cierne sobre ti mientras el indicador del combustible va bajando. La Mancha es sin duda sobrecogedora. Ideal para tener una avería. Y en ese tipo de lances iba yo pensando mientras mi nuevo coche, la verdad, respondía a las mil maravillas. Mientras las señoras hacían fotos por la ventanilla. Mi madre sobre todo.

 

Agustina vivía en el pueblo hasta que la trasladaron a una residencia de un pueblo vecino. Tiene tierras, propiedades, bastantes, y, está sola. De este modo, según tengo entendido, llamó un par de veces a mi tía, llorando, que un señor, se temía ella, la estaba engañando. Un gestor, al parecer, le hizo firmar un montón de documentos. Y ella sin saber muy bien, pues firmaba. Mi madre y mi tía, y una prima que viene por su cuenta desde Alicante, sospechan que el tal fulano, camelándosela, ha tratado de apropiarse de todos sus bienes, así que con éstas, hemos emprendido tal viaje. Para salvar a la buena de Agustina de su calamidad. Para enfrentarnos al tipo si se tercia, y, en última instancia, para poner los puntos sobre las íes. A las mujeres les preocupa, de verdad, ninguno pensamos en llevarnos nada del procedimiento este, pero entre las mujeres, y más cuando un gendarme de tal calado acecha, supongo que existe ese tipo de sororidad. Al fin al cabo Agustina nos ha llamado. Y la cuestión es que, a Agustina ya me la conozco yo muy bien. Pero, soy un chófer. Y nada más. Y no sé por qué me da que todo será en balde. Porque a Agustina la conocí yo 14 años atrás. Cuando, no sé si me ofreció su casa una vez que pasé por allí o yo directamente simplemente me instalé con la excusa del parentesco que guardábamos. Aquella vez fue en una escapada que hice con otra prima. La verdad es que entonces lo gestionó ella. Y Agustina me pareció una mujer ruda como ninguna, parca en demasía, con mala leche, hosca, y sobre todo muy orgullosa. A parte de una beata recalcitrante que tenía toda la casa llena de vírgenes y cirios. En aquella época ella estaba pasando una depresión bastante aguda, e incluso así. Recuerdo que yo la acompañé una o dos veces a hacer la compra. Que en su nevera había hasta gusanos. Que en las habitaciones el polvo se hacinaba con capas y capas. Y la médica vino a verla. La mujer no podía ya ni con su alma. Todo deshecho. Todo rancio. Su vida. Su casa. Su genio. Se habían ido al garete. Y aun así, al despedirme, un gesto de dignidad absoluto apareció en ella cuando le puse la mano en el hombro. Nos repudió.

 

Agustina había sido toda su vida campesina. En los campos de ajos. Tenía una hermana que había fallecido prematuramente, que se había casado con un tipo por todo lo alto, boda a la que hasta fueron mis padres, y luego divorciado. La cara del tipo en la fotografía de casados que aún conservaba con marco Agustina en la sala de estar de aquella casa, tenía pegada la cara de un demonio. Agustina no se cortaba. Iba a lo grande. Y tenía oro. O cosas doradas. Y una mecedora estilo sueco sin desenvolver. Y según decía, con todo su orgullo, la medalla a la más trabajadora que le habían dado no sé dónde. De oro también, por supuesto. En fin, y tenía tantas cosas en aquella madriguera, pudriéndose, que Agustina parecía haber hecho de su modo de vida la desidia total. Nosotros nos fuimos, mi prima acabó llorando por enfrentarse a ese portento a grito pelao. La verdad es que la dejamos a su suerte. Poco podíamos hacer. Uno establece su vida. Tenía a los servicios sociales. En fin, yo qué sé.

 

Por eso todo este asunto con Agustina, desde el día en que se planteó, involucrando a mi madre y mis tías, aunque en este viaje solo pudo venir una de ellas, a mí, francamente, me sonaba escéptico. Pero bueno, las mujeres tenían sus dudas, y su humanidad, Agustina había llamado y nosotros acudimos.

 

Fuimos directamente a la residencia donde la tenían. Recuerdo aquel pueblo. Con un castillito. Y las calles más estrechas que la hostia. Íbamos con el maps y aun así no lográbamos acceder a la entrada del lugar. Por ello, con toda mi meticulosidad a cuestas haciéndome todavía a los avisos y manejos del carro, lo dejé aparcado en una de esas callejuelas y esperé a que las mujeres realizaran la pertinente visita. Cabe decir que nos habíamos cascado ya unos 250 kilómetros. Desde la provincia de Valencia a la provincia de Cuenca. Que allí al parecer hacía el mismo calor que aquí, pero distinto, ya se sabe, seco. Y yo estaba ya cansado. Mi prima, que había salido a las 7 de la mañana desde su Alicante, ya se encontraba allí; nosotros un par de horas más tarde debido a los análisis que esa misma mañana me había tenido que hacer. Mi madre siempre alabó la labor de mi prima, que se había informado astutamente por medios oficiales de la situación real de Agustina. Y hasta interpusieron una denuncia por si los casos. El caso es que yo tan solo aparqué el coche y las tres mujeres se reunieron con Agustina en la residencia que estaba ahí mismo, a escasos metros.

 

Pronto me di cuenta. Había estacionado en dirección contraria. Y así me lo confirmo un chaval que iba paseando a un perro nada más salir del coche. Me dije, bueno, ¿y cómo llego a la residencia? Fue entonces cuando advertí a otro que iba empujando el carro de un anciano al que le faltaban dos piernas y se le veían los muñones. Venía de frente. – Perdona, ¿vas a la residencia? –. – No… –, me contestó él mientras yo lo interpelaba. – ¿Pero sabes dónde está? Me han dicho que por aquí cerca hay una… –. El chaval me veía extraño. Dudó un poco pero al final pudo resolver unas pequeñas indicaciones que realmente no me sirvieron de mucho. Entonces un coche que venía por el sentido correcto se detuvo a su altura. Un coche viejo ya, pero grande. Yo pensaba que me iban a decir algo pero entonces el tipo del coche salió y saludó a mi interlocutor. Le dio dos besos al anciano. Y contó algo de un pariente que estaba bastante jodido también. Antes de marcharse el que llevaba el carrito le dijo algo de una fiesta no sé dónde y aquél hizo un gesto desganado. Cuando se fue le dije gracias al que quedaba, y entonces sí resolvió a darme las indicaciones mejor. Una sudamericana lo acompañaba, para mí lo suficientemente bonita, pero con tatuajes feos. Y fue cuando él soltó aquello de… – ¿¿Este es tu carro?? –. Y yo, – sí… –. Y él, – vaya carro te gastas, ¿¿no?? –. Y yo, – carrito… –. Y él, – ah pues sí que los tocas… –. Y yo, – bueno, lo acabo de comprar –. Pero a todo esto la sudamericana y él ya se estaban marchando y pude observar cómo se metían tras una verja que había al fondo de una especie de hacienda justo en la curva. Solo me quedaban las indicaciones del tipo. Así que tuve que meterme en el coche y dar marcha atrás después de haber calculado un poco desde fuera las distancias. Fue cuando una furgoneta apareció por esa curva para entorpecerme el paso y toda la maniobra. Así que emprendí la marcha, de espaldas, detrás de ella, entonces ella se metió justo por la bocacalle que yo debía transitar según las indicaciones que tenía, se detuvo ahí, y es que iba a echar marcha atrás para meterse en unas portezuelas que una mujer y un hombre abrieron. La mujer llevaba un uniforme blanco. Y pude entender que era la parte trasera de la residencia a la que yo pretendía llegar. Esperé a que la furgoneta entrase. Y luego la mujer se acercó a mi ventanilla. A decirme eso, que yo estaba en dirección contraria. Ya lo sabía. Se lo dije. Y me fijé en el logotipo de su uniforme mientras le decía eso, que estaba tratando de llegar a la residencia. Ella comprendió, pero no de facto, me miró un poco raro y dijo – ah, vale –. – Pues ahora nos vemos –, dije yo. Cosa que no sucedería porque cuando emprendí la dirección que tenía, la primera que venía a la izquierda era prohibida, y la segunda creo que también, y la tercera ya me alejaba mucho de la zona. Así que, a tientas como iba, logré llegar a una pequeña plaza que estaba llena de aparcamientos en su centro. Todos libres. Porque eran zona azul. No importaba. Dejaría el coche en uno de ellos y luego llamaría a mi madre para comunicarles mi nueva posición.

 

Cuando estacioné el coche, fue en todo el centro de la plaza. Con aquel sol de justicia cayendo sobre mí. Me pareció casi como dejarlo de exposición. La especulación del tipo anterior sobre el carro que yo tenía y la pasta o no que debía yo tener me habían mosqueado un poco. El coche tampoco es para tanto, pero supongo que llama la atención, al menos recién estrenado como estaba. Me dio igual. No pensaba moverlo ya de ahí. Así que fui a buscar la máquina donde se pagaba. Las flechas me indicaban calle arriba. Me asomé. Estaba bastante lejos, la verdad. Pero era la única máquina que veía tras echar un vistazo a toda la zona. Así que me enfilé por ahí. Y fue entonces cuando, al otro extremo, descubrí la verdadera plaza; una plaza aún mayor donde ya sí había algunos coches aparcados y sobre todo establecimientos y un bar que me vendría de perlas para tomar un refrigerio, esperar a las mujeres, y conseguir cambio para echarle a la máquina del aparcamiento, ya que era totalmente rudimentaria y solo funcionaba con monedas.

 

El bar era un antro que parecía querer imitar los tugurios de moteros americanos. En penumbra, con música rock sonando, posters, y una larga barra acabada en madera a la que me acerqué. Se me dio bien aquello. Ser un forastero. Estaba lejos de mi hogar pero no experimenté amedrentamiento alguno. Me colé como uno más. Saludé a una pareja que entraba casi a mi misma vez. Primero pidieron ellos. – ¿Tienes Coca-Cola light? –, dijo el hombre. – No… Tengo Coca-Cola Zero azúcar si quieres… –, respondió la camarera. Y entonces me di cuenta de que había gente más perdida que yo en el mundo. ¿Dónde demonios tienen hoy día Coca-Cola light? Pero al tipo no le contentó la respuesta y acabó pidiendo otra cosa. Cuando la camarera se acercó a mí entonces sí le dije con toda naturalidad, – una Coca-Cola Zero –. Y le expliqué que lo que necesitaba era cambio para la máquina del aparcamiento y por tanto le pagaba en el acto. No había ningún problema, comentó ella. Así que una vez servido cogí mi refrigerio y lo saqué a una mesa de fuera. Allí en la terraza había un tipo solitario mirando su móvil y un poco más alejados un grupo de tres marroquíes. En la radio empezaron a escucharse las noticias. El asunto de Ceuta. Pero, me pude percatar mejor después, desde la posición alarmista y ultraconservadora de muchos medios de este país. Yo iba observando el panorama. Me parecía que aquello contrastaba un poco con la imagen que se percibía del lugar, pero a nadie parecía afectarle. Posé mi vaso y mi botella en una de las mesas y me dirigí a la máquina del pago que estaba justo al lado.

 

La inspeccioné. El sol caía directamente sobre ella. Apenas eran legibles las letras de la pantalla digital. Y tenía cinco botones debajo. No comprendía. Noté en ese momento cómo dos tipos se acercaban hacia mí  por detrás. Me giré. Eran gitanos. Yo llevaba la cartera abierta en la mano, dispuesto para sacar las monedas y echárselas al trasto ese. Pero ante la presencia de aquellos dos levanté la cabeza y les dije, – ¿sabéis cómo funciona esto? –. Los gitanos, más altos y corpulentos que yo, dijeron entonces, – si veníamos a preguntarte lo mismo –. Entonces yo me giré de nuevo hacia la máquina, con la carterita abierta en la mano, y traté de sacar a relucir mis capacidades informáticas para desentramar el misterio de la máquina. Leí rápido los carteles indicativos. Hice un poco el paripé. En fin, solo había que tocar un botón e introducir el euro. No era necesario poner la matrícula. Luego el ticket depositarlo en el salpicadero del coche y listo. Toda esta maniobra la hice yo en voz alta, a modo instructivo para mis dos acompañantes. Y entre medias uno dijo algo sonriendo a lo que no le quise prestar demasiada atención, como… – sí que llevas ahí billetes, ¿no? –. En fin, me hice el loco, les expliqué brevemente el funcionamiento tras conseguir mi ticket. Y cuando ellos se dispusieron ante el aparato, yéndome ya, les apunté que un euro era una hora. En realidad un poco más. Pero ya no dije nada y me fui hacia mi coche que estaba un poco alejado.

 

El coche se veía realmente bonito estacionado ahí solo, en mitad de la otra plaza. Con el sol haciéndolo brillar. Era como una golosina para cualquiera que se fijase en él. Pero no quería yo ahondar mucho en esta idea, porque, hay que vivir sin tanta preocupación. Confiar en el sistema. O en que cada uno está a su onda, por mucho que te acabes de comprar un coche y te creas el centro de atención. Mi Coca-Cola me esperaba en la mesa del bar donde había estado antes. Me fui allí. Me senté y entonces sí, pude empezar a disfrutar un poco de mi brebaje mientras me encendía un pito. Efectivamente, las manifestaciones radiofónicas iban en plan xenófobo. Un negro pasó por delante de la terraza saludando a los marroquíes antes mencionados. El tipo solitario seguía a su móvil mientras el culo de su cerveza se le calentaba sobre la mesa. Llegó una familia que pude divisar desde lejos. Se sentaron justo al lado. Entonces ya solo cabía llamar a mi madre y esperar. Las mujeres habrían tenido su lidia particular. A saber cómo habrían salido las cosas. Los minutos pasaron. Me acabé mi bebida. Encendí otro cigarro. Pensé por un momento que me encontraba más capacitado para rondar por el mundo de lo que me creía. En modo solitario y anónimo. Esto me dio ánimos. Mi madre llamó entonces. Ya habían terminado. Les di la indicación y por si no me encontraban me dirigí a su encuentro. Nos vimos en la plaza donde yo tenía el coche. Con todo aquel sol cayendo.

 

Tras divisarlas un poco a lo lejos, vi a una mujer que iba por delante de ellas. No había caído aún, pero era mi prima. Voceé algo hacia las mujeres alzando un brazo y cuando me percaté de que la que iba delante era mi prima, entonces la llamé por su nombre. Y una vez más cerca volví a referirme a ella diciéndole prima. Nos saludamos. No es que haya tenido yo mucha relación con ella a lo largo de nuestras vidas. Es la mayor de las cuatro hijas que mi tía tiene. La que se ha involucrado de lleno en este asunto. Por compasión, según las cosas que iba comentando mi tía en el viaje. Pronto nos reunimos los cuatro. Y las insto a ir al bar a hacer una pausa y tomarnos algo. Mi prima y yo cogemos la cabeza directos hacia allí. Entonces hay que hablar. – Mucho tiempo… –, dice ella. Que si me hubiera visto por la calle no me habría reconocido. Y yo pienso en lo viejo que me he hecho. Entonces le pregunto por ella, por la familia. Me habla de su marido, su hija. De la cuál dice tiene que enseñarme alguna foto porque si la veo no la conozco ya. Le pregunto su edad. Dice que ya son 19 los que tiene. – Una mujer ya, hombre… –, apostillo yo. – Sí –, dice ella, – pero muy cría para muchas cosas –. Y todo esto es curioso porque, en toda la estancia, ella no me ha preguntado ni una sola vez por mí. Así que ya no sé muy bien qué decir, se me va acabando la conversación. Cuando nos sentamos en una de las mesas de la terraza del bar, se produce el turno de las mujeres. Hablaron de que todo había salido mal. De que Agustina las había rechazado. A mi madre lo primero que le espetó fue que estaba muy gorda, que cómo la iba a conocer, según decían. Y Agustina, al parecer, había negado haber llamado dos veces a mi tía. O estaba siendo a tal punto cínica, lo que no me es de extrañar, o simplemente se estaba quedando chaveta. Que para qué venían a verla. Que no habían venido en tanto tiempo y ahora se presentaban sin más. Que cuando murió su hermana no fueron ni al funeral, que si esto, que si lo otro de más allá, además falso. En fin, Agustina no estaba para nadie, y así lo comunicaban las enfermeras a las dos hermanas y mi prima. Una mujer que no se hablaba con nadie en la residencia, según decían, y que hasta iba insultando a los demás por ahí. Mi tía se siente decepcionada. Mi madre insultada. Y mi prima ineficaz.

 

Pero, no acaba ahí la cosa. Hay que seguir hilvanando. Y lo siguiente que se les ocurrió fue presentarse ante el señor protagonista de esta treta. Para ello debíamos abandonar aquel pueblo y dirigirnos al de donde ellas procedían. A la aseguradora que este mismo hombre llevaba en dicha localidad.

 

Antes de salir le dije a mi prima si quería que me siguiese, o que en su defecto yo la seguía a ella. Pero entonces establecieron un punto de encuentro. La calle 2 de Mayo del pertinente pueblo. El lugar donde Agustina había vivido y aún conservaba su casa allí. Entonces mi tía se fue con ella y yo y mi madre nos dirigimos por nuestra cuenta. El trayecto estaba algo lejos, a unos 35 kilómetros según el maps, lo cual para mí ya no era prácticamente nada en realidad. Tomamos una de aquellas rectilíneas carreteras y nos fuimos hacia allí. De pronto un coche apareció por detrás. Y se pegó a mi culo. Yo continué. Pero al final murmuré algo a mi madre, como que había gente que en verdad no sabía conducir. No me pasaba, iba justo ahí, pegado a mi culo. Y yo, pues bien… No había caído en que quizás era mi prima. Porque desconocía cuál era su coche. Hasta que mi madre lo mencionó. Y efectivamente, cuando llegamos al sitio, era mi prima.

 

A mí no se me tenía muy en cuenta en aquel viaje, y yo sabía que solo era el conductor, todo este asunto era una cuestión de ellas. Y lo hice en parte porque tenía un coche nuevo y porque no iba a dejar a mi madre en el atolladero. Pues bien, cuando salimos de los coches, las mujeres se pusieron a pensar en la siguiente maniobra. Mi prima ya había hablado con los servicios sociales que llevaban la situación de Agustina, habían puesto aquella denuncia ante la policía, y aquéllos le habían recomendado que hablasen con el tipo para advertirle de algún modo; que al fin y al cabo, si todo estaba correcto, no tendría por qué preocuparse. Y tenían un teléfono para tal empresa. Se trataba de localizarlo. Así que mi prima, llamó e inició la conversación. Al otro lado de la línea, al parecer, lo descolgó una señora. Mi prima se presentó. Que estaban buscando al señor este. Por un asunto familiar, y patatín patatán. La voz del otro lado le dijo que se encontraba de vacaciones. Que no estaba. El caso es que esos días justo en el pueblo eran las fiestas. Quedaron en darle el recado y mi prima dio su nombre completo. Realmente era eficiente esta chica manejando asuntos oficiosos. Pero parecían ser todo trabas. Ahora no estaba. Yo, ya pensé, “bueno, pues no hay más que rascar, no está y ya se pondrán en contacto de otra manera. Nos vamos”. Pero nada más lejos, las mujeres estaban por la labor de llevarlo todo hasta el final. El pueblo era grande, todo casas pequeñas pero como extendidas por una gran llanura. Sin árboles. Sin sombras más que la que las mismas fachadas de las casas lograban hacer según la posición del sol que en ese momento estaba rayano al medio día. Y querían presentarse ante la gestoría misma. Por casualidad no quedaba muy lejos según las referencias del maps. A unos siete u ocho minutos andando. Total, por probar, decían, ya que estaban allí, no pasaba nada. La cuestión era si cogíamos los coches. Y no, no los cogimos. Total…

 

Empezamos a caminar. Joder cómo rugía el maldito sol. Mi prima y yo nos pusimos por delante. Ella comentó que nuestras madres se hacían mayores. Yo estaba predispuesto a soportar lo que fuese. Pero el sol, ay el sol… Al final me lamenté un poco, – yo es que no puedo tomar demasiado el sol porque tengo lupus –, le dije. Y aquello sonaba como si en mitad de un huracán dijera que no podía despeinarme. En fin, ya estábamos metidos de lleno en la aventura. Por supuesto cuando llegamos a la mencionada gestoría, ésta estaba completamente cerrada. Así que había que volver sin más. Al arribar a los coches de nuevo, mi prima y yo que ya habíamos tratado de entablar algún tipo de conversación sin demasiado éxito, más que los aspectos tópicos que se pueden dar entre dos desconocidos, hablamos un poco más. Fue cuando tras preguntarme por mi padre yo le pregunté por el suyo. Y es que el suyo era un hombre tachado del elenco familiar. Divorciado de mi tía hacía mucho tiempo. Y por cuestiones turbias de malos tratos y tal. Ahora ya no caminaba, estaba postrado en una silla en también una residencia. – Mi madre se tenía que haber divorciado antes –, dijo. Y a mí esto me descolocó. Porque en parte hacía cacho que se habían divorciado y en parte porque yo tenía este tema por algún tipo de tabú. Y esa impresión me dio, que ella aprovechaba la ocasión conmigo para desligarse de algún modo.

 

Ya era la hora en que nuestros estómagos empezaban a cobrar cierto protagonismo, y había que comer. Cabe decir, que de antemano mi tía, mi madre y yo, ya habíamos decidido quedarnos una noche por aquellas tierras en un hotelito bastante majo que mi madre había encontrado. Era lo mejor, hacer noche. Pero por lo pronto, ya digo, había que comer. Buscar un restaurante. Y la operación puede parecer sencilla teniendo una herramienta como Google maps, pero mi tía, de pronto, dijo haber avistado uno en la carretera. A la izquierda. Que seguro que estaba por ahí. Ahí al lado. Y para allá que se fue. Yo no daba mucho crédito, porque lo que para la mujer podría parecer ahí al lado, en el trayecto en coche, podía ser bastante más lejos en realidad. Pero no se decidían a coger los coches. Querían andar. Y el sol fustigaba cada vez más. Mi tía se fue sola primero, tratando de avistar su restaurante por la carretera tras una amplia curva. Luego fue su hija y ella se quedó atrás. Entonces todo eran tribulaciones. – Que sí, que sí, que yo lo he visto –. Y la otra, – ¿pero estás segura? –. Hasta que por fin, se decidieron a encender el aparato móvil y éste nos indicó una dirección totalmente opuesta. Tampoco cerca, hay que añadir. Y hacia allí nos encauzamos, cómo no, andando. Y al llegar, estaba cerrado.

 

Entonces pasó algo en el viaje. Un acontecimiento sin duda significativo de no ser porque el protagonista del mismo no lo era mucho. Apareció en su coche un pretendiente de mi tía. De allí del pueblo. Un hombre, Alfredo, que llevaba como una década o más tratando de tener una cita formal con mi tía, comunicándose con ella por teléfono desde allí; que mi tía, francamente, trataba como a un don nadie. Pero él allí estaba. Se había presentado. Al parecer mi tía y él habían hablado, y él, ante nuestra llegada, y sobre todo la de mi tía, se había ofrecido a hacernos de anfitrión. Era nuestra salvación. Porque en el pueblo no había ni un alma por la calle. Y encima querían, no sé de qué modo, conseguir ajos para llevarse.

 

Alfredo rápido nos dijo que lo siguiésemos. Y nos llevó directos. A un restaurante. Con los coches, claro. Los cuales fuimos mi prima y yo a buscar. No quiso quedarse a comer, se fue. Y nos dijo que cuando acabásemos que lo llamásemos e iríamos a por los ajos. Qué grande Alfredo. Tuve ocasión de hablar un poco con él luego. En el garaje que nos abrieron expresamente para conseguir los ajos, mientras las mujeres cargaban. Parecía un tipo realmente simple. Solícito, eso sí. Pero demasiado santurrón para mi tía. Y un poco alelado. A mi madre la conocía desde chiquilla. – Si siempre estaba conmigo –, decía. – Uhhh… madre míaaa…–. Y se sorprendía al verla. Me preguntó que yo de quién era pareja. Yo le dije que de ninguna, que yo era su hijo. – Uhhh… madre mía… ¿Tonces tú eres el hijooo? –. Y se sorprendía aún más al verme. – ¿¿Pero cuántos años tienes?? –. Y yo, – 42 –. Y él, – uhhh… madre mía… ¿Y estás casao? –. Y yo, – no –. – Soltero… –, decía él. Y yo, – así es –. Le dije también que yo llevaba una prótesis en la cadera. Y él se lamentaba, – ¿tan joven? –. Entonces me dijo que él ya tenía 76. Y al tiempo que lo decía se llevaba las manos a la cabeza. Y yo le decía que no lo pensara, mientras me reía. – ¿Que no lo piense?... –, se alarmaba él. Y ahí la conversación ya se desvanecía. Yo me sentía a gusto espetándole algunas frases a Alfredo. Porque me salía mi ramalazo de pueblo. Mi vocerío. Y esa actuación me divertía al tiempo que me otorgaba temple y compostura. En fin, todo se terminó. Las mujeres terminaron de hacer cuentas, cargamos no sé cuántas ristras de ajos en los coches. Y ahora, pues había que terminar de hacer una única visita que ya teníamos programada. Y, cómo no, Alfredo se ofreció a llevarnos a la casa.

 

Iba a ser mi segundo contubernio después de la comida en el restaurante, del que nada he dicho. A destacar allí la comida que nos pusieron, una buena ensalada de queso de cabra con pasas y nueces para empezar, unos dos buenos platos de jamón ibérico y queso manchego, todo al centro, y un plato de morteruelo, comida de aprovechamiento típica de la Mancha que se ha convertido en exquisitez culinaria consistente en restos de varias carnes de caza. No recuerdo ya si pedimos algo más. Recuerdo sí la conversación de mi prima. Cómo dibujó de algún modo el perfil de su hija, una chica atípica que apenas salía de casa y tenía grandes contestaciones para con su abuela y sus padres. Ellos, los dos, son maestros, de tecnología en un instituto, pude saber preguntando. Y mi prima manifestaba cierta preocupación. De cómo un tiempo atrás la habían llevado a un psicólogo o psicóloga y éste les había dicho que a la niña no le pasaba nada. Lo único que sabía muy bien lo que quería, lo que le gustaba y lo que no. Yo presté bastante atención a la explicación de mi prima pero no intervine con nada. Sin embargo, para mis adentros, sí manifestaba algún tipo de complicidad con la niña según el relato de su madre. De todas formas no era el momento de tomar partido en algo que en realidad desconocía por completo. Donde sí lo tomé fue cuando el camarero, que le gustaba hacerse un poco de notar, nos preguntó qué tal estaba el morteruelo y mi tía le contestó con franca sinceridad. Las otras dos mujeres se le echaron casi encima, por considerar que no era necesaria tal franqueza. Mi tía es así. Dicen que un leve proceso de alzhéimer le está afectando y que uno de sus rasgos es que lo escupe todo sin filtro alguno. Por ello, su hija sobre todo, hace verdadero hincapié por inculcarle actitudes y maneras que ella cree son mucho más adecuadas; sin llegar a la regañina, pero con el esfuerzo de quien trata de hacerse comprensible. Mi madre seguía un poco esa estela y de pronto me vi yo defendiendo a mi tía y poniendo un poco de ecuanimidad en la sobremesa. Ella saltó comparándome con uno de sus sobrinos, el cual decía era el único que siempre la defendía. Así estaban las cosas. Era sin duda un viaje extraño. En el que ninguno de los implicados terminábamos de congeniar pero que nos encontrábamos ahí por las exigencias de la coyuntura. Para mí aún sería peor en nuestro siguiente destino. La casa de Lucrecia. La del pueblo.

 

Desconozco cuál es el parentesco real entre Lucrecia y yo. Si es que somos primos muy lejanos, o ella es algún tipo de tía mía, o ni idea. Solo sé que de chiquillo, con unos 13 años, mis padres me mandaron para allá con mis tíos para pasar una semana de verano en la que supuestamente mi primo y yo íbamos a trabajar en sus campos de ajos. Aquel verano fue uno de los más formidables y por eso lo guardo en la memoria con extensa gratitud. Lucrecia solo me saca unos 7 años de diferencia. Vive con su padre, el abuelo José. Al que tampoco he visto desde la última visita que les hice esos 14 años atrás cuando moré en casa de Agustina. Por ello tengo que preguntar en este viaje a mi tía si el abuelo José aún vive. Su madre ya había fallecido entonces. Y recuerdo bien a Lucrecia. Voy con la sospecha de no saber si ella se acordará muy bien de mí. Yo sin embargo de ella sí. Aquella última visita yo estaba pasando por un momento peliagudo de mi vida, tanto era así que aprovechaba esos viajes como una especie de huida. Pero mi carácter era más desenvuelto y seguro. A día de hoy, encontrarme de nuevo con Lucrecia me representa una incógnita. No sé si le causaré la mejor de las impresiones. Por ello mientras nos dirigíamos hacia allí fui pensando un poco en cómo me presentaría. Cuando llegamos al sitio, a mi madre y a mí que íbamos por nuestra cuenta, nos tocó aparcar un poco más lejos el coche y mi tía y mi prima ya estaban con ella y con Alfredo esperándonos en el portal de su casa. Entonces traté de caminar con decisión hacia ellos. Iba con las gafas de sol. Y a cierta altura, traté de pronunciar con aplomo: – ¡Lucrecia! ¿Te acuerdas de mí? –, mientras me acercaba. Ella se separó un poco de los demás para venir a saludarme y entonces hizo gesto de no estar muy segura. Me quité las gafas de sol un instante para que me viera los ojos. Le dije mi nombre. Y entonces ya sí. Pero lo mismo que mi prima, afirmó no haber podido reconocerme por ahí. Y entonces intervine yo, – 14 años hacía que no nos veíamos –. Quizá esa información llegó muy de golpe. El caso es que ella tampoco me tuvo muy en cuenta.

 

El abuelo José esperaba dentro. Y, por lo que se había hablado, el actual novio de Lucrecia, que al parecer era un hombre bastante mayor a ella, también podía darse que estuviera. Cuando entramos Alfredo se despidió de nosotros y ya no volví a verlo más. La casa estaba prácticamente igual a como la recordaba. Me adentré en ella con las demás mujeres y en la segunda puerta a la derecha, en la salita, allí estaba José, sentado en un sofá, con su rostro halagüeño. Las mujeres, que eran cuatro ya, hicieron todo el protocolo de besos, presentaciones, muletillas, sonrisas y demás. Pronto me sentaría a la mesa yo con ellas y el abuelo José, que estaba muy bien de la cabeza, solo que apenas podía andar mucho y estaba más sordo que una tapia.

 

Mi madre se sentó a mi lado a la izquierda en una silla también, mi prima contigua a ella en el otro extremo del sofá, mi tía a mi derecha en una silla y Lucrecia fue a por otra silla para ponerse en frente, junto a la puerta. La conversación fluyó rápido. De cosas banales. El calor, los parentescos, y sobre todo la situación que habían vivido con Agustina. Yo no sabía muy bien donde reposar mi mirada, y miraba al abuelo José, el cual decía cosas a deshora debido a su sordera y Lucrecia lo disculpaba ante el resto. A Lucrecia se le veía bien, más o menos como la recordaba, una moza guapa, esbelta, no muy alta, y con desparpajo. Sacó dulces y papas y preguntó qué queríamos de beber, yo solo dije agua fresca mientras trataba de adaptarme a la situación. Llegado un punto de la velada en que vio que no habíamos probado nada del aperitivo yo excusé al resto diciendo que estábamos “empancinaos”. Creo que esa fue la única palabra que atiné a decir en toda la tertulia. Y entonces vi cómo Lucrecia me miraba y se sonreía de la misma manera a como recordaba 14 años atrás. Mi yo se había perdido, ya no era el mismo, pero quise creer en ese momento que al menos ella sí lo era. Entonces salieron otros temas más peliagudos pero tan socorridos que también derivaron en asunto banal, como las fuertes inundaciones de 2024 en Valencia. Era todo lo típico. Lucrecia contó su anécdota respecto a unas inundaciones en Cuenca comparándolas con desagravio con las de Valencia. Mi madre contó su experiencia también. Luego otra la suya. Y se instauraba así ese sentimiento compartido entre las gentes tan propio y característico de las reuniones formales. Yo no sabía dónde meterme. Llevaba tanto tiempo sin hablar que ya era tarde para decir nada. Aunque de una mínima intervención se tratase, porque habría desentonado. Habían hablado también, cómo no, del tema del tabaco. Lo perjudicial que era y todo eso. Y a mí, llegado el punto, lo único que se me ocurrió, porque en parte lo anhelaba y en parte porque anhelaba también salir de ahí, fue preguntarle a Lucrecia si podía fumarme un cigarro en alguna parte de la casa. Recordaba bien esa casa, aun así, cuando ella me dijo que sí, que me lo fumara en el patio, yo la insté a que me acompañara porque me parecía impropio deambular solo por ahí, siendo, poco menos que un desconocido a efectos prácticos.

 

Lucrecia entonces se levantó y me acompañó. Me mostró dónde podía echar la ceniza y ahí, lejos del resto, fue cuando yo traté de entablar un pequeño acercamiento a ella hablando de mí y preguntándole por ella. Fue como demasiado velado. Impaciente. Atropellado. No sé. Pero me enteré así de que ella trabajaba actualmente como profesora de yoga en un pueblo cercano. De todas las maneras, cuando fui a echar mano al pitillo me di cuenta de que mi paquete estaba ya vacío y hube de volver a sentarme entre las comensales. Aprovecharon entonces las palabras que Lucrecia me había dirigido sacando a relucir el tema del yoga para hablar de eso. Cómo a una le era imposible concentrarse (mi madre), cómo a la otra le parecía una tontería (mi tía), y Lucrecia hablaba entonces de “la presencia”. En fin, yo ya estaba más que harto por una parte. Pero si hay una cualidad en mí es la del aguante y la tolerancia. Aún estaba por llegar el novio. ¿Cómo sería? ¿Tan mayor? Se había preguntado mi tía durante el viaje…

 

Y entonces llegó. Pasadas las 5 de la tarde, como Lucrecia nos había indicado. Y el tipo, pues… era de lo más agradable, sobre todo para las señoras. Llevaba una perillita y tenía la frente un poco despoblada, se le veían maneras absolutamente educadas, refinadas incluso, sus ojos eran relativamente pequeños, pero reflejaban en su tez una mirada demasiado cordial, demasiado amena, a tal punto inofensiva. Una persona de esas, me pareció, que se hacen rápido con la gente y se imbuyen de una manera muy natural en las tertulias; además tenía recursos. Habló de Valencia, donde había pasado alguna temporada. Y habló de todas las cosas pertinentes que se iban sucediendo en la conversación. Todas esas cosas para las que, ciertamente, yo no tenía nada que decir, ni sabía tampoco. Pronto se hicieron dos grupos, a mi derecha una conversación y a mi izquierda otra. La típica división cuando los grupos se ensanchan. Y yo estaba justo en el medio, sin saber si virar la atención para una o para otra. Así que de vez en cuando bajaba la mirada y acariciaba al perro y de vez en cuando miraba al abuelo José, el cual creía yo era mi único aliado en aquel contubernio, al no ser él tampoco partícipe de nada, salvo que él, parecía simplemente feliz.

 

Yo, que conozco bien a mi madre, sabía que ella también empezaba ya a cansarse de tanta cháchara, y mi prima, que tenía que volverse esa misma tarde a Alicante ya que no se quedaría con nosotros a pernoctar, fue sacada a relucir por aquélla como excusa para ir ahuecando. Pero lo que ocurre, que cuesta movilizar a las gentes. Allí nadie se despegaba de su asiento. Por más que mi madre hubiese introducido la despedida un par de veces. Al final, casi una hora y media después, por fin, empezábamos a levantarnos. Solo que aún quedaba el pasillo. Y fue ahí, en el pasillo mientras Lucrecia, mi tía y mi prima se escabullían a la cocina y mi madre se quedaba conmigo, donde yo, de algún modo, pude encontrarme de tú a tú con Paco, que así se llamaba el novio de Lucrecia.

 

Ahí se habló de los incendios. Paco hablaba de intervenciones forestales en las que él había participado. Y, aunque de pasada en la estancia anterior había comentado que había estudiado magisterio no sé dónde, yo le pregunté si era bombero. Y obviamente no lo era, solo un voluntario. En fin, la cosa parecía no acabarse, mi madre exclamó de pronto que qué pasaba con estas mujeres, nos acercamos a la cocina y estaban llevándose algo de ella en un tarro, era un hongo de kéfir que Lucrecia estaba preparándole a mi prima. Yo me despedí ya entonces de Lucrecia, dos besos, buenas palabras, ella comentó una frase de su madre propia para la ocasión, me despedí de Paco, dijo que ya nos veríamos, yo me mostré escéptico, me despedí también del abuelo José, que hizo alusión a llevar la vida como se pudiese, y una vez fuera me despedí también de mi prima, a la cual le esperaban todavía más de dos horas de trayecto. Nos íbamos así hacia mi coche las dos señoras (mi madre y mi tía) y yo. Rumbo hacia aquel hotel con piscina que mi madre ya había reservado.

 

Antes de subir al coche mi madre y mi tía habían comentado entre ellas lo majo que era aquel señor, el novio de Lucrecia. Yo no dije nada. Y mi tía apuntó que no era tan mayor como ella esperaba. Entonces sí dije que era porque se conservaba bien. Mi madre asintió, que sí, que era un señor apañao, interesante. Según había contado mi tía durante el trayecto Lucrecia les había dicho que lo conoció en un momento delicado de su vida en el que recibió mucho apoyo por parte de él y que al final habían acabado juntos, a pesar de las habladurías de la gente del pueblo. Era un poco la clásica historia. En resumidas cuentas, la cosa quedó como que Lucrecia se había llevado un buen partido. El tipo hasta jugaba al golf, había comentado en una de aquellas durante la tertulia. Y conocía bien el lugar al que nos dirigíamos, el hotel. Por un campo de aviación que había justo detrás del mismo. En fin, había que dirigirse hacia allí, el maps lo situaba a poco menos de 40 kilómetros, y mientras íbamos, con mayor desahogo, ya sí pude apercibirme con total nitidez de la grandiosidad de aquellas tierras. Pasamos un par de poblaciones, y parecía quedar aún más lejos, el indicador GPS parecía querer llevarnos al confín de los mundos. Después de abandonar dos carreteras secundarias y dejar de lado la autovía, nos metió por una carretera muy rudimentaria. Nuestro destino se encontraba al final, en una especie de aldea, y fue cuando pude observar el campo de aviación a lo lejos que lo reconocí.

 

Era como una masía. Lo que en aquellos lugares se entendía por ventas. Una venta que había sido bodega en tiempos pretéritos. En la zona de aparcamiento, la cual estaba perfectamente delimitada y techada para protección de los coches, había como siete u ocho vehículos cada uno ocupando su respectiva plaza. Yo lo dejé en una más alejado del resto. Me fijé en la posición del sol. Ya estaba al otro extremo. Aunque al amanecer le daría de lleno. No suelo tener demasiada perspicacia en esto. Sacamos las maletas de entre todas las ristras de ajos que ya ocupaban gran parte del maletero y nos dirigimos a la entrada. Había una cafetería con su terraza a la izquierda, y a la derecha un pequeño muro que daba el acceso hacia el hotel. El portón de madera permanecía abierto. Dentro se veía todo un patio lleno de plantas y arbolitos con un suelo de piedra. Sin embargo nos detuvimos ahí, en el portón, porque había un cartel que decía “llame al timbre y espere”. Pero no salía nadie. Aprovechamos para sentarnos en la terraza y yo observé que había un cenicero lleno de colillas en una de las mesas, así que prendí un cigarro mientras esperábamos. Al final mi madre se asomó a la cafetería y les dijo que estábamos ahí. Volvió con nosotros. Pero seguía sin salir nadie. Hasta que por fin, el camarero nos advirtió. – ¡Ah! ¡Están ahí! –. – Claro –, dije yo. – Es que pensábamos que estaban en la recepción –. Y se hizo un poco de revuelo entre sus disculpas e indicaciones. Y entonces comenté que simplemente habíamos hecho caso al cartel. – Pero pasen, pasen –, dijo él. Y allá que nos fuimos por el camino de piedra arrastrando nuestras maletas hasta la recepción, que quedaba al fondo de aquel patio, a la izquierda como bien señalaba otro cartel.

 

A mi tía le gustó enseguida aquello. Hasta causarle incluso cierto asombro según sus manifestaciones. La luz ocre, los decorados artesanales, la ingente cantidad de madera antigua que había invertida en aquella fortificación. El alto techo, las vigas a la vista, las barandillas talladas, lo pulcro que se veía todo, y fresco y húmedo, era sin duda un lugar muy acogedor. Y sin perder su aspecto señorial. Con muchos cuadros. Aunque no terminaba de ver yo la conexión real entre todos ellos. Justo en la pared de la recepción había uno con un motivo en inglés, como de Irlanda. Y banderitas de caballería en plan ornamental. Me fijé en que las cámaras de seguridad funcionaba una sí y otra no. Era un tres estrellas. Una recepcionista vino a tomarnos los datos, una chica bajita y algo rechoncha con gafas que se veía claramente que era del lugar. Había que subir a las habitaciones por una amplia escalera de madera que hacía bastante ruido en cada peldaño. Pregunté enseguida dónde estaba la piscina y nos indicó a lo lejos. Así pues ya solo tendríamos que instalarnos e ir a disfrutar de ella.

 

Cuando abrí mi habitación, que lógicamente funcionaba con llave tradicional, recuerdo una grata impresión. Era amplia, sin duda, con una gran cama a la mitad, el aire acondicionado no estaba puesto, y solo disponía de una ventanita al fondo la cual estaba totalmente cerrada tras las cortinas. Rápidamente me dirigí a los controles del aire y al ponerlo observé por dónde salía. Al otro extremo. Bastante alejado de la cama, pero concluí que sería suficiente. Dejé mis bártulos y me fui a ver la de las mujeres, para saber si era de su agrado. Pero era distinta, más pequeña, con la cama del mismo tamaño pero situada en una esquina. Por ello se optó al final por que las mujeres ocuparan mi habitación y yo la suya; así, al ser dos, tendrían el acceso a la cama por ambos lados.

 

Ya solo quedaba coger toallas, ponernos los bañadores y dirigirnos hacia la piscina. La dependienta ya se había esfumado, había que recordar sus indicaciones, porque ubicarse en aquel pedazo de alojamiento no era tan sencillo. En el trayecto mi madre y mi tía se sentaron en uno de los bancos de mimbre que había a modo de hall y mi tía me dijo que le sacara algunas fotos al sitio, pero no a ella, que ella ya se tenía muy vista; a esas grandes vigas, a esas paredes de piedra, vamos, que le fascinaba. Luego salimos por una portezuela que daba paso a un pequeño espacio algo confuso donde había dos puertas más, yo me fijé en un cartel que establecía el horario de baño y pudimos cerciorarnos de que íbamos en la dirección correcta. Una de esas puertas comunicaba con una pista de tenis al aire libre. Era un tanto extraño pero pude percatarme del grifo de una ducha que asomaba por encima a lo lejos y así supe que tras aquella pista era donde se ubicaba la piscina. Al llegar había una pareja, el sol ya no calentaba tanto pero en el ambiente aún se sentía cierto sopor. Intuimos que el agua estaría helada porque ya apenas le daba el sol y porque en aquellas tierras, a pesar del calor que pueda hacer por el día, por la noche es cuando refresca. Colocamos las toallas en una de las hamacas y mi tía, que no pensaba bañarse, se sentó en una silla. Yo me tiré de cabeza al agua. Mi madre lo tuvo más complicado porque la escalera para introducirte a la piscina era realmente desproporcionada y el primer peldaño se encontraba demasiado hondo. Nadamos, la pareja se fue. Eran catalanes, hablamos un poco del calor con ellos, compartíamos eso, un calor costero mediterráneo en nuestras respectivas tierras. Y entonces llegaron dos hombres. Uno de apariencia eslava y otro bastante español. Currelas supuse yo que eran. Con ellos compartimos el resto de sesión de baño. Se estaba genial. Después de todo el día acaecido, por fin disfrutábamos de un momento refrescante de paz. Con aquel horizonte y un molino viejo al lado al que le faltaba un aspa y al parecer convertido en habitáculo ya que vimos que desde su ventaba colgaba un aparato de aire acondicionado. Aún recuerdo aquella sensación de inmensidad, de retiro total, perdido en, como le dije a un amigo que me escribió en ese justo instante, algún lugar de la Mancha.

 

Cuando subimos de nuevo a las habitaciones para esperar la cena que ya habíamos reservado en el comedor, yo me tendí sobre la cama con el bañador aún mojado dejando que se secase al contacto con las sábanas. Era mi momento de soledad, el primero del que disponía en aquel viaje. Reflexioné un poco sobre todo lo que había acontecido, las conversaciones, los trayectos, el coche… Y supuse que, al fin y al cabo, no había conseguido encontrar a nadie afín a mí, como era habitual. Que seguía encontrándome solo entre cualquiera, y esto, lejos de amedrentarme, me inspiraba más. Miré aquel techo, las paredes, la televisión apagada, comprobé el funcionamiento de la lamparita de al lado, que había que conectar y darle a un interruptor selector para que funcionase. Esto ocupaba la única conexión que tenía al lado para enchufar el cargador de mi móvil, así que al final opté por valerme solo de la luz central. Como digo me sentía solo, pero estaba bien, y las voces de mis dos acompañantes ya se oían al otro lado de los muros. Llegaba el momento de la cena, bajaríamos aquellas escaleras rimbombantes y yo conduciría a las mujeres hacia el salón comedor, al que se accedía por un amplio pasillo que quedaba justo al lado de la recepción, tras atravesar una puerta de madera y cristal.

 

El salón era verdaderamente grande, a ambos lados de aquel paso se extendían multitud de mesas correctamente preparadas, con su mantel y  cubertería. Las había de dos, de cuatro, de seis, y no lograba yo atinar a ver ninguna de tres, por lo que fue el camarero cuando nos advirtió algo dubitativos el que nos señalaría la nuestra, en el espacio de la derecha, subiendo un par de peldaños a la zona más elevada. En el centro de aquel salón había dispuestas en una gran mesa multitud de botellas de vino, y otras en casilleros típicos. Grandes lámparas de luz siempre ocre, más cuadros por las paredes, ventanales, y nuestra mesita bien preparada para tres comensales en una de las esquinas. Uno de los cuadros que quedaba justo detrás de mí, tras tomar cada uno su posición, era una fotografía antigua en blanco y negro de dos hombres trabajando una enorme tinaja que luego pregunté para qué servía a mi madre y ella me contestó que ahí era donde almacenaban el vino. La cara de uno de los hombres miraba directo a la cámara, y era un verdadero poema. Qué rudos parecían aquellos tipos, qué impasibles, era como si la diversidad expresiva de nuestros tiempos hubiese desaparecido y solo se tratase de moles humanas desempeñando arduos trabajos de sol a sol. Mientras el pasado de aquel lugar hablaba de gentes esforzadas, humildes y laboriosas, nosotros nos dispondríamos, sentados en aquella inmaculada mesa, a zamparnos un buen banquete en su honor.

 

Y recuerdo que lo que primero pidió mi madre fue oreja. La cuál ya habíamos comido al medio día (aunque se me pasó ponerlo) por lo que yo manifesté un tímido disgusto ante su decisión. Pero en fin, la hacían tan buena en aquellos lugares que a la mujer le apetecía. Luego mi madre y yo pedimos un par de hamburguesas estilo Angus y mi tía una lubina. Todo esto con una buena ensalada de salmón esta vez, al centro también. Me fijé en que el camarero que nos sirvió las bebidas era uno y el que nos trajo la comida otro. El primero era sudamericano, no sé exactamente de dónde pero por el habla parecía más bien colombiano, y el segundo era un señor clásico de los que te puedes encontrar en restaurantes caros, con una educación asimilada como parte de su desempeño. Yo pedí una Fanta de naranja con hielo, porque recuerdo que aquel capricho me apetecía expresamente, y luego ya bebimos todos agua. En la cena no se habló de mucho pero recuerdo que mi tía sacó a relucir al cansino de Alfredo. El cual le había estado mensajeando desde prácticamente aquella aséptica despedida. Que cómo no nos habíamos despedido de él. Que él pensaba que nos íbamos a quedar en su casa a dormir. Que ya nos había hecho un hueco en el garaje. Y las dos mujeres, y yo, nos horrorizábamos ante tal idea. Alfredo no cedía ni un palmo de su insistencia por mi tía. Y mi tía cada vez ponía la cara más rancia al referirse a él. – Sí claro, en su casa nos íbamos a quedar… –, desdeñaba mi tía. – Y encima agradecidos –, proseguía. – ¿Cómo que agradecidos? –, me extrañaba yo. – Pues eso, que encima de hay que darle hasta las gracias –, me respondía ella. Y yo entonces comprendía. Alfredo nunca sería para mi tía. Hasta tal punto que mi madre apuntó en un momento ante la impertinencia ya del tipo escribiéndole, – ¡pero bueno, qué pesao, eso ya es acoso! –. Pero ni mi madre ni yo comprendíamos muy bien por qué mi tía no terminaba de desembarazarse de él y seguía respondiendo.

 

La comida de la cena fue perfecta. De una calidad tal y como cabía de esperar. Aunque mi tía dijo haberle gustado más la oreja del mediodía. Menos grasienta, menos hechita, en fin, para mí fue una delicia igualmente. Con los estómagos ya bien saciados, con mi tía maravillada por el lugar y mi madre más o menos feliz, salimos a la terracita que había justo al salir de la recepción donde yo me fumaría un cigarro mientras las mujeres aguardaban y pulían los últimos retazos de su conversación. Ahí escuche algunos despropósitos. Mi tía y su falta de filtro empezaron a hablar de hombres, creo yo, y en una de aquellas salieron a relucir los comentarios de una amiga de mi tía que decía algo de quitarle las telarañas al coño. – A estas alturas…–, murmuraba mi madre. Me pareció que mi tía estaba desbocada. Y en una de aquellas dije, – ¡ahora faltan unos gin tonics! –. Pero allí nadie estaba por la labor. Mi madre quería acostarse ya. Mi tía hizo un gesto sonoro de exaltación. Y yo, que realmente quería tomarme uno, les dije que se fueran a la habitación si querían y me quedaba yo un rato más. Pero mi tía de pronto dijo no querer irse a la habitación tampoco, que cómo era mi madre tan aburrida. Así que me las vine venir, me tocaría quedarme a solas con mi tía mientras mi madre se subía.

 

Temí un poco aquella situación. Porque si mi tía pensaba que mi madre era aburrida, pues qué iba a pensar de mí. Al fin y al cabo, ella era la única que le daba coba. Pero bueno, prendí otro cigarro. Observé de nuevo los ceniceros, estaban rebosantes de colillas. Le dije a mi tía que en cuanto lo terminase nos íbamos al bar y yo me haría un gin tonic. A ella le pareció bien. Y así se produjo un breve silencio mientras fumaba. Luego me levanté e insté a mi tía a seguirme. Había que cruzar la recepción hacia el salón comedor, atravesar éste y luego desembocar en la cafetería. Allí me acerqué a la barra con mi tía detrás que posteriormente se colocó a mi lado a la derecha. El camarero que había ahí era el de las bebidas. – ¡Un gin tonic! –, me apresuré a decirle yo. Pero entonces salió la recepcionista rechoncha y entre los dos se produjo un poco de confusión por ver quién me lo preparaba. Al final fue él, y cuando fui a pagarle me indicó que lo hiciese a la recepcionista. – ¿Que a ti no te dejan tocar el dinero? – irrumpió mi tía. – No, yo soy peligroso –, dijo el supuesto camarero colombiano. Una gracia que más bien cayó en desgracia para la recepcionista por la cara que puso. Así que le entregué la pasta a la chica y convidé a mi tía a salir fuera a tomármelo y echar otro cigarro.

 

Serían por lo menos tres o cuatro más los que acabarían cayendo, cigarros. Porque fuera nos encontramos con una mujer en otra de las mesas que inició una conversación con nosotros a raíz de comentarle yo a mi tía que la música que estaba sonando, reguetón, era bastante fea. – A mí tampoco me gusta –, dijo la señora. – Ya somos cuatro –, prosiguió. Aunque yo solo veía en nosotros a tres. Luego apareció su marido. Y la señora tenía demasiado palique. Empezó con lo típico, que la música de verdad era la de ópera, o la de su época, eso sí que era música, la de los setenta. Y no la de ahora, que era más bien una aberración, y bla bla bla. Mi tía pronto le entró al trapo. Que tenía mucha razón. Y yo, pues murmuraba que la de los setenta efectivamente era buena música. Así empezaron a hablar, y de todo aquello se supo que la pareja venía de Oviedo (Asturias), que estaban jubilados y ya nada tenían que hacer, por eso se la pasaban viajando, y que a ese hotel ya habían ido muchas veces, cuando bajaban de paso, y que era excepcional, y que ella, la mujer, había hecho amistad con la gerente, que si ahora no estaba, pero que el hotel era fabuloso, así decía, fa-bu-lo-so. Por el acento yo ya había intuido que eran norteños, y así lo comuniqué, pero aquella mujer no estaba por la labor de prestar mucha atención. Y seguía hablando. Mi tía, le respondía a todas, y yo me abrumaba un poco, mientras iba sorbiendo trago a trago mi gin tonic y chamándole al cigarro. Entonces hablaron del tabaco. ¡Cómo no! Que era la más vil droga. Que no se salía de él, y aunque uno lo dejase, decía la mujer, uno ya era fumador para toda la vida. Porque ella lo había sido. Y el hombre que estaba a su lado sí sostenía un cigarrillo y tenía delante, como yo, un gin tonic. Pero él apenas habló, salvo para referirme a mí que nos quedaban dos días de poder fumar en las terrazas. En fin, la mujer nos relató todo su diagnóstico médico respecto a las indicaciones que hasta cuatro médicos le habían dado debido a que padecía alguna afección cardíaca o pulmonar, ya no recuerdo. Y mucho bla, y por fin, como suelen desvanecerse ese tipo de interacciones, la cosa acabó. Nos quedamos mi tía y yo en silencio. Pero entonces fue su turno para conmigo.

 

Mi tía me contó una historia, queriendo hacerse entender, del por qué ella era tan abierta con todo el mundo y daba conversación a desconocidos sin más, motivo por el cual sus hijas la reñían a veces. Sobre un hombre que conoció en el autobús. De cómo, a raíz de una simple pregunta cortés, el hombre le había revelado toda su situación. De cómo, gracias a esto y a mi tía, había acabado consiguiendo un alojamiento, y cómo estuvo agradecido a mi tía por los restos. Yo escuchaba. Pacientemente. Y ella hablaba de todas las cosas que se le ocurrían. Sus nietos, sus amigas, la gente del autobús, sus rutinas, y a mí, pues no me quedaba más remedio, ponía especial hincapié en escuchar. De pronto saltó la estúpida esa. Un comentario que podría haberme ofendido. Cuando mi tía le dijo que menos mal que tenía a su sobrino el cual la escuchaba, ella dijo, – sí, sí, por un oído le entra y por el otro le sale –. Yo me hice el considerado, y alegué lo contrario. En fin, mi gin tonic ya hacía rato que se había agotado y yo ya estaba sorbiendo los restos que dejaba el hielo. Como digo, tres o cuatro cigarros se habían consumido ya, y llegó la hora de apuntarle a mi tía la retirada. A la que accedió sin más. Porque además ya estaban cerrando.

 

En la habitación no se podía fumar, y un nítido cartel lo indicaba así colgado en la puerta por el interior. Tendría que joderme, yo suelo fumarme uno o dos últimos en la cama, y uno o dos primeros al despertar. Creí que me sería más difícil conciliar el sueño así, pero nada más lejos, recuerdo eso, que me acosté, no fumé, pasó un breve lapso en penumbra, y, sin mayor dilación, me dormí. Siete u ocho horas limpias. Sin levantarme a mear. Todo eso dormí, y, al despertar, me encontraba completamente renovado.

 

Pero vi que en mi antebrazo izquierdo me había salido una pequeña erupción. – Joder –, pensé. – Del maldito sol –. Pasé de ducharme. Simplemente me cepillé los dientes, me puse una camiseta distinta a la del día anterior y puesto que había dormido con el bañador, me calcé y bajé a desayunar. Cosa que se hacía en la cafetería. Solo pedí un café con leche. Las mujeres no estaban, al parecer seguían en la cama. Allí en la barra del bar ya había por lo menos cuatro personas haciendo lo propio, desayunar. Yo me llevé mi café con leche afuera, dispuesto ya sí, a fumarme el primer cigarrillo del día. Vi el sol. Amaneciente. Justo como lo había pensado la tarde anterior. El aire era fresco. Estaba yo solo en aquella terraza. Era un nuevo día y lo recibía bien. Con placer. Las copas de gin tonic de la noche anterior habían sido recogidas, por supuesto, pero, no así los ceniceros, que se veían completamente mugrientos y aún rebosantes de colillas. Parecía algún tipo de indirecta. Parecía que alguien se negaba expresamente a recoger la mierda de los fumadores. En fin, un detalle sin relativa importancia que no me impediría gozar de aquella esplendorosa mañana que se cernía sobre nosotros.

 

Pronto subiría de nuevo a la habitación, y entonces ya sí empecé a escuchar murmullos en la habitación de las mujeres. Estaban despertando. Di unas voces, me contestaron, esperé en mi habitación, y cuando escuché la puerta contigua de la suya abrirse salí. Les di los buenos días. Mientras ellas bajaban a desayunar yo me apresuré a recoger mis cosas y llevar mi maleta al coche. Al volver ellas estaban en una de las mesas de la cafetería. Pidieron tostadas y zumo. Mi madre solo zumo en realidad y café con leche, pero le trajeron la tostada igual. Nuestro viaje se estaba acabando. Se habló de menudencias en el desayuno. Unos trabajadores entraron a la cafetería dispuestos a almorzar. Aquello se llenó un poco de gente. Al parecer, a pesar de estar completamente retirado, al hotel acudía bastante personal. Seguramente no el suficiente para mantener aquello de por sí, con consumiciones y el alquiler de habitaciones, pero se ve que organizaban también todo tipo de banquetes para bodas, bautizos o comuniones. Fuera como fuera, a primera hora ya estaban fregando todo el salón y la zona de la recepción. Aquello funcionaba.

 

Volver siempre es más sencillo que ir. Te apercibes mejor de los detalles, disfrutas más la conducción, los imprevistos quedan en otro plano. Vas de cara a casa y todo te es ya más familiar. Vas más relajado. El contraste que hay de la llanura conquense a la ribera valenciana es brutal. En apenas eso, unos 200 kilómetros. Y tras pasar la presa de Contreras, tras entrar en la provincia valenciana a través de un largo túnel, de hecho, todo cambia. La vegetación, los cortes rocosos, el desnivel, parece un mundo nuevo que se abre ante ti, como entrar en otro país. Y a la altura de Utiel y Requena, dos poblaciones claves para tomar como referencia cuando te sumerges en la autovía A-3 que comunica Madrid con Valencia, ya se siente la perspectiva completamente descendente hacia la costa. Estas poblaciones aún no son el galimatías urbano que se produce cuanto más cerca estás de la capital, pero ya se ven bien alzadas y sobre todo industriales. Así que mi madre, mi tía y yo decidimos parar en la segunda de ellas, Requena. Para almorzar allí y llamar cada uno a casa comunicando que ya casi estábamos al caer. Unos 50 kilómetros restan ya hasta Valencia.

 

Nos metimos de lleno en el corazón de esta abarrotada población o ciudad, porque llamar pueblos a estos sitios parece impropio. Fuimos a parar a una avenida que yo no conocía. Grande, con mucha gente paseando, llena de bares y comercios a los lados, me costó encontrar aparcamiento. Mi madre entonces llamó a mi padre para comunicarle nuestra posición. Él nos recomendó un lugar donde comer pero mi madre lo atajó desdeñosamente diciendo que ya veríamos. La verdad es que, de no ser por el bendito maps, no habríamos tenido ni idea de por dónde íbamos. En fin, madre y padre volvían a sus regañinas. Aquello ya sonaba a hogar. Conseguí evitar la zona azul de un tramo y pude dejarlo en otro donde no se requería pago. Al bajarnos los tres le eché un vistazo al coche, lo típico. Estaba bien. Caminamos por allí, vimos una terraza, luego otra, y entonces decidimos meternos dentro del establecimiento de ésta. Porque el sol volvía a sacudirnos con fuerza un día más. Como digo, aquella avenida estaba completamente atestada, y tampoco es que fuera fiesta, era un jueves, un día más entre semana, pero ya se sabe el carácter de las gentes, y más en verano, todo el mundo quiere salir. Así las terrazas, que eran largas, se encontraban repletas, los enormes árboles que se sucedían a lo largo de aquel paseo central daban cobijo a la multitud, niños, padres, desarrapados, jubilados en los bancos, señoras con su carrito, maleantes, gente normal también, todos. Los coches circulaban a una marcha muy lenta, como es lógico, por las vías colindantes. Y así se formaba el espectáculo. Un bullicio muy disparejo al lugar del que proveníamos. La industria, la industria lo hace todo.

 

Mi tía no almorzó, solo se pidió un zumito, y por decir algo, supongo; mi madre y yo sin embargo, nos pasamos. Tras encontrar una mesa libre le dije a la camarera, – un blanco y negro­ –. – Eso qué es–, me dijo ella. – Pues… longaniza… con morcilla –, dije yo. Pensaba que ya en la provincia de Valencia como estábamos se me entendería, pero la chica no era española. Y mi madre, que volvía del baño, había pedido sin yo saberlo uno de los bocadillos del almuerzo estándar: tortilla de queso con lomo. En fin, – ponle un poquito de mayonesa al mío –, le apunté yo a la camarera que recibió mi anterior aclaración con sucinto interés. Nos íbamos a comer dos pedazo de bocadillos entre la mama y yo que nos íbamos a quedar bonitos. Y así fue. Partimos cada uno de ellos por la mitad y las cuatro mitades cayeron. Dos para cada uno, cada una de un tipo. Mientras sucedía esto miré por la ventana y vi a la policía despachando coches en la zona azul de aparcamiento. Por unos momentos pensé en el mío, si yo realmente no lo había dejado en zona azul, y traté de recordar, pero no me sonaba en absoluto que el suelo estuviese pintado. Aun así, cierta intranquilidad me acompañó hasta el final.

 

Y el verdadero final ya se acerca. Fue un viaje de compromiso al que logramos sacarle su partido. Al llegar a casa, tras dejar a mi tía en la suya, en un pueblo vecino al nuestro, porque no vivimos en la capital, acabáramos, el perro nos recibiría como se reciben a las grandes tropas conquistadoras o algo así. Pero nosotros no conseguimos nada. Es más, una semana más tarde llamó mi prima contándole a mi madre que había descubierto quién era el propietario de la vieja casa de Agustina, y estaba a nombre del tipejo ese desde hacía un año casi. Como digo, cada uno establece su vida. Yo hoy termino de escribir este relato, a tres o cuatro semanas de todo lo sucedido. La noche sigue siendo calurosa, aunque ya estamos en un avanzado Septiembre. La única reflexión que me deja todo esto es quizá aquella frase con la que Lucrecia se despidió de mí y que señaló era de su madre: “una vida son muchas vidas”. – Claro –, le respondí yo casi automáticamente, – cada día es una nueva vida –. Y con todo ello vamos. Colándonos por los senderos indescifrables de la existencia. Porque quién sabe realmente de mañana… Yo no. Así que en fin.

 

 

 

 

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