Había un lugar en las palabras

Lo mejor de todo es escribir. Mejor que follar. Mejor que no hacer nada. Porque es como no hacer nada, haciendo algo. Mientras se fuma, mientras se respira, y se para uno, a observar, sus alrededores.

 

En estos momentos exactos, desde mi ordenador, en la silla que escribo, hay una niña llorando; creo que es una niña, aunque podría ser un niño, al otro lado de estos muros. Su llanto se va disgregando, se vuelve lejano y ausente. Hasta que por fin, para gracia de sus padres, seguramente, claudica. Su berrinche se esfuma. Y para entonces solo hay este silencio. Interrumpido intermitentemente por el sonido de mis teclas. Que no es todo lo impetuoso que quisiera. Que no está rugiendo, como se diría.

 

Hay veces que se escribe así. Entre pausa y pausa. Como… cualquier metáfora me vale. Ya ha dejado de ser una necesidad propiamente dicha. Pero es mejor que el ocio absoluto. Mejor que cualquier otro menester. Al menos que se me ocurra. Mejor que un brindis con champán, mejor que el triunfo, mejor que el éxtasis. Mejor que un amigo, incluso que una amante. Aunque ya lo he dicho. Pero vamos a ser francos. Nada excepcional está pasando. Es una tarde, en el linde de la llamada siesta, que hoy no he hecho, en un día más, con todas sus cosas.

 

No quiero pensar en la escritura como tal, es algo que ni me va ni me viene. Quiero hacer pedazos este día. Triturarlo entre los dientes de las palabras. Quiero que corra, que se deslice, entre cada hálito lingüístico que escupo. Un portazo. Como si respondiera a algo. Un sonido extraño como de fricción. Todo al otro lado. Tengo unos vecinos intrigantes. Pero tampoco quiero pensar en ellos. Tengo las palabras y tengo el tiempo. Solo necesito margen para concatenarlo. Y hacer de ello una estampa. Un decorado. Una imagen minúscula de eso que llamamos vida. Hace tiempo que no suena el teléfono. Y cuando lo hace es este o aquel, que nada tienen que decirme ya. Pero no caigamos en la desolación. Me he sentado aquí para escribir el transcurso. La poesía. En este atestado saloncito. Plagado de enseres inútiles. Salvo para coger polvo. Y traslucir así la violencia con que el tiempo se adueña de nosotros. Si es verdad que somos polvo aquí debo albergar a varias generaciones humanas completas. Y mi silla cruje. Con cada inspiración mía prácticamente. Ya sé que ahí fuera las cosas hablan por sí solas. Y que todo el mundo tiene algo que decirte. Pero yo no. Yo tan solo estoy aquí, desafiando a mi propia estupidez. Y ahora sí, el teléfono suena. Es una mujer. No la conozco aún, y probablemente no llegue demasiado lejos. No quiero mirar su mensaje aún. Ya me acaba de desviar bastante de lo que me prima a estar aquí. Que es la ausencia, básicamente. Al diablo las mujeres. Lo acabo de mirar. Un mensaje tan lacónico como prescindible. Y sigo…

 

Ha pasado una media hora desde que me he sentado a este teclado. Pensamientos hay muchos. Muchas vicisitudes. Pero no es de lo que va esto. Y dos estornudos me saltan de las narices. Escribir es tan solo dejarse llevar. Pensar que no hay mucho para nadie. Y que aunque lo hubiese jamás podríamos acercarnos a ello ni remotamente. La palabra justa, la exacta, el momento idóneo en que nace o brota, no es sino una tregua con el silencio. No hay nada que no esté aquí, si pretendes alejarte, la jodiste. Tus palabras se convierten en una suerte de especulación. Pero este cigarro no miente. Sabemos que ninguna teoría es verdad. Sabemos que todo está dicho para contradecirse. Y así hasta el fin de los tiempos. Pasa de todo ello. Tu madre. Eso es lo importante. Aunque la veas a veces como un sujeto ajeno a todo tú. En realidad os parecéis bastante. Solo que tú tratas de cubrirte de una sofisticación particular. Y ahora está en su cuarto, la mujer. Escuchando cómo estas teclas se hunden entre mis dedos. Es algo bello si te paras a pensarlo. Como empecé diciendo, es que no hay nada mejor. Encontrar un hilo determinado, una corriente concreta, algo que rellene lo que está ausente. Lo que nadie ve. Y esos peculiares vecinos siguen escuchándose, como si sus muebles estuviesen en una orgía. Pero no. No es eso. Son estas paredes. Demasiado finas. Mi perro. Está durmiendo esta vez. En mi cama. Ya decía yo… Y recuerdos también hay, qué remedio. Es levantar la vista a estas paredes y encontrarme vestigios en forma de dibujitos de tiempos remotos. Cuántos recuerdos… Que hoy no son nada. El sufrimiento y todo eso. Hoy es calderilla para mis huesos. Voy a releer.

 

Pues ya está. Una tarde más en la lanzadera. Supongo que es suficiente y que está bien. Algún día trataré de decir algo más. ¿Quizá una historia? Eso es lo que le gusta a la gente. Las historias. Por mediocres que sean. No, no ha llegado el momento de historia alguna. Pero tampoco llames a esto simple ejercicio, por Dios. Es mi forma de llegar al otro lado. Donde nada existe. Porque todo es imaginado.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La muerte iba en una canción

Otro sueño de una noche de verano

CAGED