La píldora de la cordura y Un alma en pena

 La píldora de la cordura


Los damnificados por la psiquiatría son tantos... Anoché me acosté, tratando de abrir un pequeño paréntesis con el neuroléptico. Una sustancia que te jode el cuerpo y la vida. Y que recetan como caramelos. Y que nunca prescribe. Has de tomarlo toda la vida, te dicen. Y sientes cómo tú ya no eres el que eras. Por dos días he conseguido renunciar a él, y hoy, debido a eso, la presencia tan arraigada a esa sustancia a la que mi cuerpo se ha adherido, ya he empezado a sentirme mal. Como si me faltara un riego. 


Voy a ver a mi colega, quedamos en comernos unas hamburguesas a la tarde. Él también está sumido en el mismo pozo. Solo que él, con el tiempo, y la dependencia crónica que genera, ya apenas logra salir de su casa. Sin embargo, en cuanto le suelto que llevo dos días sin tomarlo, las alarmas le saltan. Y se pone en plan consejero. El tipo de amistad nuestra es algo que da para otros párrafos, pero se basa básicamente en la circunstancialidad y la resignación. Ambos somos pensionistas. Ambos estamos jodidos, solo que él, más. Y me cuenta cómo, desde su perspectiva, cree que nos han cogido por los huevos, que no nos piensan soltar, y que hay que acatar. Ahí es donde me convierto en su mayor cómplice, ahí es donde él se apoya en mí. Llevar dos días sin medicarme podría suponer la ruptura final con nuestra miseria compartida, pero nada de esto lo contempla él. 


Hablamos de un tercero, uno que se le fue la chaveta hace tiempo, con el que antes quedábamos y, sobre todo él, le tenía gran estima. La pena de haberlo visto en la mañana, cuando aquél fue a llamarlo, completamente trastornado. Otra cuestión para dar lugar a extensos párrafos.


Y así llego a esta noche, en la que ya me he ocupado de tomarme de nuevo el dichoso medicamento. La píldora de la cordura. Porque lo que está claro es que me he vuelto adicto.




Un alma en pena


Me pregunto si la tristeza es connatural en mí. En un día como hoy, donde me adolezco del día de ayer, donde sufrí ese súbito malestar. Aún no estoy recompuesto, si es que eso llega a suceder alguna vez, sobre todo, de manera permanente, pero he recuperado la percepción de las cosas y, donde ayer todo levitaba a mi alrededor, al menos hoy, se asienta de nuevo.


Tras ir a tomarme una muestra de sangre me meto en un bar a comer algo. Es la mañana, el inusual frío primaveral que estábamos viviendo ha dejado paso hoy a unas temperaturas más moderadas, aunque aún hace viento. El sol brilla, pero apenas lo percibo, como nadie lo percibe, al parecer. Tras terminar mi bocado me quedo fumando en la mesa y es entonces cuando se me viene esa pregunta. Si la tristeza es connatural en mí. Imagino a alguien acercándose y preguntándome qué tal en ese momento, y me imagino respondiéndole "estoy triste". Pero nada de esto sucede, hace tiempo que nadie se acerca y, aunque así fuese, solo acertaría a decir que todo bien. Lo cuál no es falso de algún modo. 


Al entrar a pagar y retirarme llega ese alguien, un conocido que me ve y me saluda. Parece alegrarse de verme pero enseguida comienza a relatarme sobre un encontronazo que tuvo con el que ya se ha convertido en el loco del barrio. Un hombre con el que hasta hace no mucho yo paseaba por la calle. Hasta que definitivamente se le fue. Dice que estuvo a punto de pegarle, porque lo increpó. Automáticamente pienso en el poco aguante que tiene la gente, sobre todo la gente de barrio, y termina concluyendo que no lo hizo porque era él. Tratando de cambiar de tema le pregunto cómo está. Es como si esta pregunta estuviese muerta en los tiempos que corren. Solo sirve para pasar de corrida. Y finalmente nos despedimos volviendo al tema del loco, del que, dice, está para que lo encierren, y concluye de manera desproporcionada haciendo alusión a un aislamiento rotundo. 


Llego a casa y poco me basta para encontrarme de nuevo en medio de mi paz habitual. Quizá no es que yo sea triste, un alma en pena, como se dice, sino que ahí afuera las cosas nunca han terminado de estar como deben.

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