Caer del caballo
Corría el año 2012. Él era
un joven apuesto y temerario. La había vuelto a encontrar. Justo cuando tuvo
aquel sueño con su compañera de oficina en el que en medio de una isla
caricaturesca rozaba ligeramente sus labios. Y despertó ese día con una fiebre
en la boca y sin saberlo, a la noche, un constipado tremendo. Aquella oficina
había llegado a acabar con él. El trabajo mecánico, de picador de datos, frente
a aquella pantalla, cada día, por más de seis meses, con horarios in extremis,
salvándole el culo a la empresa literalmente, la superpoblación de féminas a su
alrededor, el carácter de éstas -bueno, ya se sabe-, era como si desde primera
hora de la mañana ya tuviesen ganas de juerga, además la mayoría bonitas, y él;
con su noción, su persistencia en la idea fijada de la primera, que no tan
fijada, digamos… tan solo velada; presentía.
Como digo, aquel sueño lo
hizo despertar, feliz, como si un gran agobio lo hubiese estado persiguiendo
hasta entonces. Era la compañera a la que mayor simpatía y respeto guardaba
cabe decir. Aquel acercamiento onírico tan sólo simbolizaba eso. Ambos habían
estado trabajando codo con codo, ella había sido su instructora cuando él llegó
novicio a la oficina y además era la única a la que le había hablado de “ella”.
Los sueños son complicados, cualquier interpretación puede atender a una lógica
razonable pero a fin de cuentas la única sensación que vale es la del propio
individuo en cuestión. Y sí, fue liberador. De tal modo que el joven se animó.
Por entonces tenía una banda de rock, montó una página en Internet y aquella
mujer de la que aún guardaba reminiscencias interactuó con la misma por puro
accidente. Pero él no lo consideró de ningún modo. Creyó firmemente que ella lo
había reconocido y formaba parte de la expectación.
Jamás la contactó. Tuvo
que ser por un arrebato de celos posterior al confundir su manera de escribir
con otra en otra página cuando esto se produjo.
- ¿Vas a
seguir escribiendo ahí?
- ¿Pero
qué dices?
- Mira,
ya sé que lo nuestro hace mucho tiempo que pasó pero me gustó el mensaje de las
ranas. No sé si eso lo podrás llegar a entender algún día.
- Lo
entiendo… Ya sabes que loca, pero lista.
Entonces la chica le mandó
una canción con un video incorporado.
- Te la
mando porque me parece preciosa.
- ¿Estás
en Londres?
No hubo más respuesta. Lo
que ambos habían vivido era casi indescriptible. Simplemente decir que acabó
siendo demasiado inmerecidamente trágico para ambos y los dos parecían tener
miedo de volver a inmiscuirse en ello.
Pero el chico empezó a
sentirlo de nuevo. Las vibraciones, el sentimiento de invulnerabilidad. Tal fue
así que ante un coche patrulla de la policía desenfundó su dedo índice de la
mano derecha a modo de pistola e hizo el acto de pegarles dos tiros. Los
policías detuvieron inmediatamente el coche. Salieron, -¡a ver qué pasa ya
contigo!- pronunció uno de ellos mientras se dirigían a él de manera impetuosa.
El más joven que dijo estas palabras tenía prisa por echarle el guante mientras
el más mayor ya debía conocerlo. Por suerte bajó su madre a la que tan solo
estaba esperando en las inmediaciones del portal de su casa y apaciguó la
situación. El policía joven se turbó, su madre había sido concejala en la
localidad, el más mayor habló con ella de manera trivial y el chico se libró de
acabar en el cuartelillo aquella vez.
Así que su madre tenía
programado un viaje a Roma con dos de sus hermanas y otra cuñada ni más ni
menos. El chico, se apuntó de facto. Aunque el miedo a la muerte se había
acrecentado y de la chica no había vuelto a saber creía que por alguna
confabulación cósmica el encuentro definitivo se daría y para esto era
necesario moverse de cualquier modo. A la hora de preparar las maletas encontró
un candado completamente olvidado con código numérico para ser abierto con el
que podría cerrar la suya e introdujo tres dígitos a conciencia y con suma
delicadeza. El candado saltó de golpe y tuvo un brote de alegría inmensa que
trató de comunicar a sus padres pero estos lo recibieron con suspicacia. El
cosmos estaba dando sus frutos. ¿Pero acaso no fue increíble? Cuando subió al
avión al lado de una de sus tías lo que más desconfianza le provocaba era la
opresión y si sería capaz de resistirla, no obstante esto pasó en vano y
llegaron al aeropuerto de Roma sin ninguna complicación. Su madre ya había empezado
a recelar de él en demasía y no le quitó ojo de encima durante los cinco días
que allí pasaron. El área de Roma era halagadora, sobre todo en modo turista.
Llegaron al hostal y las cuatro mujeres habían reservado una habitación para
ellas en la que se divirtieron bastante mientras que para el chico había sido
dispuesta una en solitario en la que también, más que divertirse, se imbuyó
bastante. El primer detalle que observó en ella, tras tratar de chapurrear un
italiano de manera valiente por su osadía al desconocer realmente este idioma
con el dueño del hostal y que su madre menoscabó, fue hallar en los ventanales
de madera inscritas unas cruces con algún tipo de utensilio afilado. Le pareció
un signo de religiosidad ominoso. Y luego se echó sobre la gran cama
matrimonial. Había transportado con él su guitarra. Se sentía bien. Rayano a la
felicidad podría decirse. Se masturbó. Puso la televisión. La quitó. Era su
primera noche allí y pronto sería llamado a cenar. Se duchó. Probó el agua
caliente. Se duchó como un señor. Se vistió. Bajó a cenar con sus familiares.
Cenaría pizza o algo así. Subió de nuevo. Sacó su guitarra y antes de dormirse
en su teléfono móvil interpretó una grabación con una melodía tenue que lo
llevó en sus sucesivas reproducciones a encontrar el sueño final.
Su estancia en Roma puede
resumirse en tres o cuatro sucesos. Él caminaba juicioso, como si un destino
inminente le esperase por delante y al que tuviese que hacer frente. Las cuatro
mujeres iban en piña y él se desmarcaba de ellas haciendo su particular viaje
aun en comunión viandante con ellas. La visita a la Fontana di Trevi fue
excesivamente particular pues una vez enfrente de ella y entre todo el gentío
se detuvo a observar la cuantiosa cantidad de palomas que posaban estáticas
sobre este monumento. Intentó comprender el ciclo de las mismas viendo cómo
iban llegando una a una y despegando otras. Así que quiso interactuar. Empezó a
emitir silbidos agudos en baja frecuencia quedándose inmóvil mientras miraba a
una atentamente. Y entonces algo sucedió, ésta echó a volar, aspaventó a otra
que sucesivamente hizo lo propio con otra y de repente un maremágnum de palomas
se desplegó sobre el aire con gran agitación. El chico no daba mucho crédito
pero sospechaba que ante aquel accidente que fue acogido con asombro por la
multitud su intervención había tenido que ver. Salió de allí apresurado
buscando un lugar donde sentarse y hasta esconderse de su fechoría. No lo halló
entre todo el gentío y se sentó en una especie de patio a modo de cueva que
daba a una plaza triangular esperando que acudiesen sus tías y madre. Se sentía
apabullado aunque nadie se había fijado en él. Cuando éstas aparecieron se
levantó raudo, indicó una dirección al azar y fue a tomarla en cabeza para
sobre todo salir de allí. Fue entonces cuando al pasar por al lado de una
estatua humana de carne y hueso ésta quebrantó su ley de la inmovilidad y se
abalanzó desde su posición sobre nuestro personaje. Éste se zafó, las mujeres
no advirtieron nada y prosiguieron el recorrido por una vía pedregosa y
descendente. En el Vaticano fue aún peor. Ahí sí que le poseyó la opresión.
Podéis imaginaros la cantidad de turistas que se congregan por los pasillos de
ese palacio para hacer un recorrido encauzado que va mostrando todos los aspectos
simbólicos de su interior. Pues prácticamente en el primero de ellos, al mirar
una de las estatuas de los romanos su pierna empezó a petrificarse. El pavor le
sobrecogió. Aceleró la marcha pero su madre empezó a correr detrás de él y fue
así como inició la travesía de esquivos y zigs zags a gran velocidad para
conseguir salir de aquel maldito lugar. Pronto se adhirieron el resto de sus
tías. La imagen debió de parecer grotesca pero cuando se topó con un cordón
rojo que delimitaba el recorrido se detuvo y tras sopesarlo un instante lo alzó
y pasó por debajo como atajando. Un guarda lo alertó entonces ante el cual muy
resueltamente se disculpó y retractándose continuó por la senda marcada. Pasó
la Capilla Sixtina sin echar un solo ojo a Miguel Ángel y justo cuando ya se
encontraba prácticamente fuera una última sorpresa: vio una estatua de piedra
voluminosa que daba fin al trayecto, su pelo alborotado, advirtió su tez, la
miró; era Medusa… el colmo para él. Lo siguiente fue bajar la escalera dorada
de caracol y tomar al fin aire en el exterior.
Otro día anduvieron por la
plaza de España. Allí tras sentarse en una de las escalinatas lo apuntaron con
un láser verde desde algún lugar incierto. Él se levantaba con ánimo cada
mañana pero todos estos percances minaban su conciencia. Fortalecían la
paranoia de que quizá estuviese siendo vigilado por algún estatus superior a
él. Y si así era lo enfrentaría llevándolo hasta sus últimas consecuencias.
Sólo la última noche tuvo el momento de soledad que anhelaba. Consiguió huir de
su habitación en la que había pasado tantos ratos solo tumbado sobre la cama
mirando al techo y observando el movimiento poligonal de las moscas. Encontraba
significado en todo. Pensó que las moscas actuaban así en relación con su
presencia y que descendían y ascendían a través de un compás matemático. Tomó
su guitarra a hurtadillas para que su madre no notase la mínima falta de su
persona coartándolo así a salir. Bajó al portal atravesando la recepción ya
vacía de aquel hostal. Tenía su llave para volver y enfiló la avenida cuesta
abajo que conducía al Coliseo donde unos días antes habían estado de visita. En
la noche éste se veía iluminado y más nimio de lo que pudiera parecer. Paseó
por las inmediaciones del mismo hasta dar con un lugar donde sentarse al lado
de un arco de piedra cercano y sacando su guitarra de la funda, con un
bolígrafo y un papel, empezó a componer una canción en tan desacostumbrado
recóndito lugar de lo que era su mundo. Era sábado noche, pronto unos curiosos
festivos pasaron y uno de ellos reculó para acercarse y hablarle en un inglés
que no supo comprender. El chico sólo articuló unas palabras para tratar de
entablar cierta comunicación. -¿Conoces Nirvana?-. -Oh si, Nirvana…-. -¿Under
the bridge?-. -Yee… yee…-. -Pues…- y señalando el arco cercano al cual se
encontraba concluyó -…under de arco-. A aquel no le entusiasmó mucho la
comparación. Ni si quiera se sabe si llegó a comprender. El caso es que
habiendo dejado un poco alejados a sus compañeros se retiró despidiéndose
formalmente yendo tras ellos.
Al volver encontró un
lugar de comida turca abierto en la madrugada ya; con la aguja de Cleopatra
tomada como referencia para no perderse. Entró y disfrutó de la mejor cena con
la que despedirse de aquella ciudad. El caso es que el chico ya había
protagonizado sendas escapadas anteriormente pero diurnas y en una de ellas
franqueó las murallas que delimitaban el casco viejo reservado a los turistas
de la Roma industrial. Aquél era como una burbuja, alejados de la ciudad amurallada
se encontraban los edificios altos, las nubes grises de vapor industrial y no
pudo dejar de pensar sentado en un parque a media altura entre una zona y otra
que se trataba de una ciudad más. Y para él todas las ciudades eran iguales.
A la mañana siguiente ya
se sentía casi como un italiano. Le habían gustado sus gentes. Los camareros
puteados sirviendo mejunjes en terrazas abarrotadas en plazas suntuosas donde
en una de ellas un policía articulaba la dirección del tráfico como si de la
misma danza de 'El lago de los cisnes' se tratase. Era la plaza de Benito
Mussolini y aquello obviamente era un reclamo. Cuando el chico exclamó -¡Es un
artista!- ante uno de ellos éste le contestó -¡Io sonno l’artista!-.
Trasluciéndose en el tono de su respuesta fastidiosa el estoicismo con el que
estos empleados encaraban su labor. Y hablando de artistas uno escultórico con
el que se topó al salir de un McDonald’s al que entró para ir a mear. Lo halló
en la misma calle que este bufet, tras unas grandes puertas en verja que daban
a lo que podríamos llamar un mismo museo en su patio. Las esculturas parecían
perfectas, fieles imitaciones de todos los mitos renacentistas y en su mayoría
rostros colgados por las paredes. El hombre estaba haciendo un revisionado de
su propia obra y parecía imbuido en aquel escaparate, casi perdido, moviéndose
con algún tipo de desconcierto, el chico guardó asombro ante tan detallista
colección y queriendo mostrar un signo afable y viéndolo tan retraído gritó
desde la posición exterior en la que aguardaba -¡Mejor que Miguel Ángel!-.
Aquél entonces lo miró, con escepticismo y una ligera desconfianza, éste le
sonrió pero no obtuvo correspondencia alguna. Simplemente pensó que aquel
artista, uno de verdad, tal vez había sido superado por su propia obra.
Mientras desayunaba en una
cafetería cercana al hostal aquella mañana cogió un periódico italiano y empezó
a leerlo en voz alta como tratando de hacer alarde de su buena pronunciación
mientras, por otra parte, no entendía nada. Llamó la atención de algunos
viandantes pero esto incluso le estimuló. Eran sus últimas horas allí. El vuelo
de regreso sería armónico salvo porque al llegar se encontró que entre el
embarque y desembarque de maletas habían roto la funda de su guitarra por uno
de los asideros. A la postre un puñado de fotos agradables y la sensación de
haber pasado solo todo su viaje.
Al finalizar su periodo de
baja laboral tuvo que volver a la oficina donde le esperaría su jefe con una
propuesta de renovación de contrato. Cuando fue llamado a su despacho el chico
no pudo más que rechazarla. Tuvieron una pequeña confrontación de pareceres y
se concluyó que el chico tendría que recuperar en horas extras impagadas la
producción perdida durante los días de su ausencia. No le importó, se quedaba
hasta las 10 de la noche picando datos. Era la recta final de sus días en
aquella oficina. Y cuando llegó por fin el último día no hizo absolutamente
nada ni se despidió de nadie. Se dedicó a ordenar su mesa meticulosamente para
cuando dieron las 7 descolgar su abrigo de la percha, tomar en un gesto rápido
su bufanda que se enroscó como una serpiente a su brazo y salir de allí raudo.
Cuando llegó a casa
encendió un porro, se tumbó en su cama, estiró las piernas, se colocó un brazo
en la nuca y disfrutó de su momentánea dicha hasta que las circunstancias
empezaron de nuevo a sobrevenírsele.
- ¿¡Cómo supiste
que estaba en Londres!? ¿¡Quién te lo dijo!? ¿¡Cómo puedes saber esas cosas!?
Unos días más tarde aquel
fue el mensaje que recibió. Había desesperación en él y el chico no alcanzaba a
comprender pero algo en su fuero interno le decía que había algo más por encima
de ellos dos, una corriente a la que estaban sujetos y que quizá eso era el
amor.
- No me lo ha dicho nadie,
sólo la música.
Y en otro lapso de tiempo
recibió una nueva respuesta.
- La
verdad es que sí soy tonta.
- ¿Por
qué dices eso?
- Viajé a
Londres, me atiborré a pastillas y, jeje, hasta hice yoga. Y luego cuando volví
a tu ciudad me encuentro con aquel “no quiero verte más”.
- Yo me
he instruido en el gung fu.
El chico creía haber
restablecido la comunicación con ella.
- ¿Esa es
la foto que yo te dije?
Pero no hubo más
respuesta. Por haberse instruido en el gung fu se refería a que había logrado,
o eso creía él, canalizar todas sus energías. Atrás aquellos tiempos en que
éstas lo desbordaron y terminaron sumiéndolo en un lodazal estrictamente
hablando. Se dio cuenta de cosas como que con tan sólo un poco de desinhibición
era capaz de expresar su potencial físico y cómo debía regularlo para que no lo
llevase directamente de nuevo a aquel hospital. Brincaba como un jabato, su
flexibilidad se volvió asombrosa, su puntería precisa y certera, pero todas
estas cualidades tuvieron un contrapunto, no fue capaz de dominar sus modales.
Le habían hecho demasiado daño. Las gentes del exterior. Su luz brillaba con
tal incandescencia que arrojaba sombras allá por donde pasaba y los altercados
no tardarían en sucederse. Entró a un bar en el que nunca había estado, llamó
la atención enseguida, pidió una cerveza sentado en la barra, había un escudo
del Real Madrid ornamental en una de las paredes. El chico hizo mención a dicho
escudo, el dueño lo tomó con recelo. Unos currantes jóvenes en la mesa trasera
hablando en su tono socarrón. Se giró hacia ellos. Otro joven con el pelo
repleto de caspa aguardaba contiguamente a la posición del chico en la barra.
Les dijo algo, pero meterte en una conversación ajena por muy al lado de tu
presencia que se produzca es algo que está muy mal visto aquí. La desconfianza
se había hecho patente por cada uno de los rincones de aquel sitio. Entonces
dio otro sorbo a su cerveza, le salió un ligero eructo cuando aún con todo más
apacible se encontraba en semejante lugar. El dueño reaccionó en seguida, -¡Ya
está bien! Eso es de cerdos ¡Fuera de aquí!-. El chico respondió con una tímida
y honesta disculpa pero no funcionó. -¿Se te ha escapao? ¡Fuera de aquí he
dicho!-. Fue entonces cuando el chico se encorajinó de verdad. Despotricó
contra aquellos y todos se le echaron encima convidándolo a salir con
increpaciones. Una empleada del lugar que lo había estado observando desde que
llegó y hasta el chico casposo con incipiente nerviosismo también. Al salir dio
una patada contra uno de los bolardos de acero, prosiguió su trayecto pero unos
metros más alejado fue a echar mano a un pitillo y se dio cuenta que había
dejado su paquete de tabaco en la anterior estancia. Sin pensárselo dos veces
volvió dispuesto a recuperarlo. Pero cuando fue a entrar uno de los currantes
de la mesa anterior se interpuso en su paso. El chico dijo que sólo quería su
paquete de tabaco. Aun así el revuelo se había formado y no quisieron dárselo
mientras lo aspaventaban a que se esfumase de allí. Entonces el chico se plantó
delante del joven de metro noventa que intercedía su paso y en un provocador
bramido espetó -¡Pues yo por un paquete de Malboro mato!- (era un Malboro).
Aquel se turbó en exceso, tembló, quiso murmurar algo pero le temblaba la voz.
-¿Qué has dicho?-. -Nada, que me voy-. -Ah, vale…-. Y dio media vuelta dejando
a sus espaldas el tropel de gente que se había congregado allí. Una ancianita
con su carro que pasaba por la acera dispuesta a cruzar el paso de cebra
contiguo observó aquella algarada con desconcierto a lo que el chico le dijo de
pasada -El mundo está loco, señora-. Y la ancianita, conturbada, respondió -Y
que lo diga, y que lo diga…-.
La verdad de todo es que
su tiempo se estaba agotando, ella había cambiado su foto de perfil, ya no era
aquella en la que él se fijó un día… Le habló de que había empezado a trabajar
en una productora, al traste con todos sus sueños, aquellos sueños que habían
compartido una vez. El del velero, el del bar a orillas de la playa, el de la
granja en las montañas… En fin, en una productora. Con lo que él odiaba la
televisión. Pero un día la puso, y ahí estaba ella. El presentador dijo algo
como que, “yo conozco gente que ya ha dado la vuelta al mundo antes de estar en
este programa…”. Y finalizó su discurso final con un mensaje impersonal que al
chico lo pobló de maldiciones, “Ven y baila conmigo...”. Dos estrellas de
Hollywood serían las invitadas para la ocasión y… adivinen quién puso la voz de
traductora para tales eminencias. Ella. Sin duda. -La han captado-, se dijo.
-Para engatusarme a mí-, -la han utilizado vilmente como un cebo y seguro que
ella ni siquiera lo sabe-. -Maldita sean su falta de escrúpulos-. El
presentador también advirtió algo en plano más serio, “lo que sí es cierto es
que el ejército norteamericano y la NASA tienen barcos repartidos por el
Mediterráneo desde los que pueden monitorizar a las personas…”. Y aquello ya
fue el colmo. Daba miedo, la paranoia del chico era como esos juegos de feria
en los que con un mazo debes golpear un soporte para hacer subir un marcador
hasta golpear la campana y la campana en cuestión acababa de sobrepasar el
extrarradio. -Maldita sea, maldita sea…-. Continuaba diciéndose el chico. -Pues
no, no pienso tomar el camino más corto. Voy a seguir mi marcha y voy a
encontrarte-.
- ¿¿¿Has
salido en la televisión poniendo voz a Denzel Whasington???
Pero tampoco hubo
respuesta. La respuesta era obvia. Cuando se conocieron su voz había empezado
siendo radiofónica para cubrirse de matices a medida que fue pasando el tiempo.
La hubiese reconocido hasta entre un coro de sirenas en lo más profundo del
océano. La violencia volvió a él. En un arrebato partió de un golpe su silla de
ordenador con el canto de su mano (gung fu). Y debía de aprender a controlarlo.
-¿Cómo he podido hacer esto?- se dijo. Pero el chico ya estaba rodando cuesta
abajo y además perdiendo vista. Una mujer morena, joven, se le apareció en una
ventana del vecindario que daba a la parte trasera de su casa y comenzó a
hacerle insinuaciones. -¡Dios! ¡Tenía su mismo pelo! Un moreno intenso y liso-.
-¿Será ella? ¿Es ella? ¿Es posible? ¿Habrá sido capaz? Quién sabe… ¿¿Habrá sido
capaz de venir hasta aquí, alquilar esa habitación y aguardar a que yo
reaccione??-. Sólo eran suposiciones, totalmente paranoicas hay que afirmar. Y
fue tan fuerte la impresión, la atracción que sintió, que tuvo que ir directo a
su sofá y cascarse una monumental paja. La suposición, como tal, pronto se
desmintió y seguidamente alguien llamó a su puerta. Era esa chica, esa mujer
que había estado provocándolo desde la ventana. Abrió.
- Hola.
- Eh…
Hola.
La chica se había sentado
en el portal de enfrente para hablar con él.
- Eh… Que
tienes un conejo en el garaje.
- Ya lo
sé.
- Ah,
bueno…
Y cerró la puerta.
Había sido seco, quizá en
exceso. Lo del conejo se refería a una broma que los gitanos de su barriada le
habían gastado cuando una noche, persiguiendo a un conejo blanco entre las
cañadas se adentró en su territorio. Él lo sabía de sobra, no era la primera
osadía que labraba hacia estos gitanos y ellos se reían de él así. Resumiendo,
se estaba volviendo loco. Nada le importaba ya, fue a la psiquiatra, como
habitual era en él. Ésta le preguntaba si dormía bien y dormir sí lo hacía
bien. Seguía tomando su medicación pero se le aventuró su última idea
estrambótica antes de caerse definitivamente del caballo: Londres. Allí estaba
la respuesta. Sólo debía coger ese avión pero ir directamente a Londres era
demasiado obvio. Necesitaba adentrarse en el país de un modo más paulatino.
Total, iban a ser sus últimos hálitos. Marcó en un mapa tres destinos: Crowlay,
Croydon, London. Agarró la maleta con la guitarra que hacía poco se había
comprado nueva y hacia allá se fue sin más. Aquellos tres días que duró su
transitar por aquel recorrido dejó de facto sus pastillas. Sólo lo orientaría
el viento. Si debía encontrarla sería allí, como una provocación al mismo
destino. Tenía su finiquito recién cobrado. Gastó exactamente mil euros en esos
tres días. Y no dio resultado. El viento lo llevó al Big Ben. Habría sido
asombroso para un turista, ¿no? Pues no lo fue para él, que cansado,
decepcionado y triste ni si quiera se acercó a contemplarlo. Lo dejó al margen
y se metió a comer en el primer lugar que encontró. Una especie de parroquia
donde servían buffet libre. En su trayecto, antes de dar con este milagroso
encuentro, sentado en el suelo de una plaza en la avenida de The Ministers, una
angelical chica a las puertas de una catedral se le acercó a hablarle de Jesús.
La catedral se encontraba enfrente de otro palacio acristalado.
- ¿You
know where is Jesús?
- Jesús
is between this and this.
El contraste era demasiado
grande, no había Jesús, eso era lo que el chico pretendía decir, que todo había
sido corrompido entre la suntuosidad de ambos edificios cada uno con la
ostentación propia de su tiempo mientras los mendigos se dispersaban a las
puertas éstos. Y uno de ellos captó la opulencia del chico al expresarse pero
pronto el chico cayó en una desolación tal que hasta a aquel le hizo
compadecerse de él. Además el chico sólo portaba una canción escrita y guardada
en la maleta de su guitarra y era 'Simpatía por el diablo'.
Regresó a la estación de
London Victoria y cogió un tren directo al aeropuerto de Crowlay donde había
iniciado su trayecto a pie. Al regresar en el avión abrió una de las revistas,
los textos parecían hablarle a él. Eran ácidos y chisposos, no quiso darle más
vueltas. Sobre la media noche llegó al aeropuerto de su ciudad, tomó el metro
destino a su casa, vio a un conocido pero no se saludaron, éste lo obvio y el
chico lo miró de pasada con severidad. Llegó a su casa y durmió.
Un par de anécdotas quedan
ya por contar antes del desenlace trágico de esta historia. Una fue en el bar
que regentaba desde hacía muchos años un antiguo amigo de su padre. Allí el
dueño, un tipo hosco, grande y orondo, debió decirle algo. Y el chico profirió:
-Yo soy de jurar-. Eso dijo ante aquella especie de sermón, que además de sonar
muy quinqui se asentaba en la idea del juramento que le había realizado una vez
a ella años atrás desde la cama de aquel hospital. Sobre alcanzar una vida
mejor y sobre todo abandonar el litio que ambos compartían ya desde aquel
recital de amor. El dueño hizo un gesto de desprecio hacia el chico y el chico
terminó su consumición con aires de cowboy malhumorado pero cuando iba a cruzar
el umbral de la puerta un tipo lo cogió por el brazo. -¡Vámonos a dar una
vuelta!-. Entonces aquel se detuvo un momento, parecía reconocerlo, se encorvó
para mirarlo desde cerca, con casi obscenidad y le contestó -¿Tú antes no
tenías más caspa?-. El tipo era el mismo del bar del que hacía escasos días lo
habían echado y en él éste también había pasado a formar parte de los
detractores. Notando cómo se amilanaba por momentos y sintiendo un halo de
triunfo pronunció de modo autoritario sus últimas palabras -Yo ando solo-. Y se
marchó de allí.
Montado en su caballo
invisible, con la fuerza del jinete y la del rocín.
Era la noche, una fría
noche de un crepuscular invierno más. Él había salido en manga corta, sentía
calor en su fuero interno, el suficiente al menos para no sentir el frío
calando en sus huesos. Encaró la larga avenida de su localidad, al llegar a la
altura de un club de kárate observó al dueño junto con un par más. Era la
segunda vez que cruzaban sus miradas, la primera había sido unos días previos
cuando el chico accedió al club para echar un vistazo mientras éste se
encontraba abierto, en aquella ocasión se había presentado, había comentado con
el sensei que él estuvo allí de niño, el sensei le hizo una recriminación por
no haber continuado. Era la actitud clásica del profesor que riñe a un alumno.
20 años después. El chico había hablado sobre un primo suyo que había
permanecido más tiempo al que el sensei le partió la nariz siendo un retaco.
Decía recordarlo muy bien. El incidente no fue mencionado. Pero aquella segunda
vez en que se veían las caras, el chico estaba poblado de ira, debido en parte
al frío, al episodio anterior, a la decepción que sentía porque nada estaba
saliendo bien, y sin pretenderlo, protagonizó un alarde de provocación al
tiempo que pasaba por delante de este lugar, sacando pecho, irguiendo sus
hombros y clavando una mirada desafiante sobre dichos personajes. Estos lo
advirtieron con una mezcla de desprecio e indiferencia, salvo por el sensei,
que parecía haber visto un fantasma.
El chico dejó entonces
atrás este lugar, al extremo del paseo había un parque, éste estaba desierto,
allí, en la penumbra, se recreó con su propia existencia, maldijo, flexionó los
brazos, las piernas, entró en calor como pudo, y sobretodo sintió todo el peso
de su soledad al resplandor de una farola. No podía resignarse, tenía que hacer
algo. Pero ya no había voluntad en sus actos, simplemente se limitaba a
reaccionar ante todo aquello que a su paso le causaba revulsión. Su fuerza era
la única que prevalecía ante un estado anímico deplorable, y cierto orgullo
como único pretexto para seguir afrontando los días. Así volvió a su casa,
durmió, pasaron unos cuantos días, hasta que una tarde, sin saberse muy bien
debido a qué, agarró un bastón que había empezado a portar y se dirigió presto
hacia este club.
Sencillamente quería
partirse las narices. ¿Gloria? ¿Honor? Nada tenía que ver con eso, y sí la
creencia de estar preparado para luchar contra el mejor de sus luchadores.
Había violencia en su cuerpo. Aun así jamás hubiera podido desplegarla de un
modo inconsciente y él quería hacerlo legal, bien, ortodoxo. Lo que viene a
continuación es su final.
La persiana del club se
encontraba bajada. Preguntó por el sensei y cuándo abría y solamente su
presencia ya pobló a la gente que había alrededor de desconfianza. Le dijeron
que más tarde, así que con su bastón tomó asiento a los pies de la persiana.
Cuando el sensei bajó, algo apresurado ya que quizá alguien lo había avisado de
que había un tipo esperándolo, el chico alzó su bastón con una mano y dio un
brinco desde el suelo para incorporarse. Este gesto turbó al sensei en exceso y
cuando el chico se encaró a él y muy nítidamente le dijo: -quiero pelear contra
el mejor de tus alumnos-. Aquél estalló.
- ¿¡QUÉ!?
- Lo que he dicho.
- ¡¡¡SI YO CONTRA DIEZ
COMO TÚ PUEDO!!!
El chico tenía miedo, pero
trató de guardar la compostura. Él nunca se había peleado con nadie, pero ya no
había marcha atrás.
- Pues vamos dentro y lo
vemos.
- ¡A TI TE HAN PARTIDO LA
CABEZA!
Y era cierto, al chico le
habían partido la cabeza de algún modo, pero escucharlo tan de súbito en
aquella metáfora lo desconcertó aún más. Sintió un vaivén, el revuelo se formó
alrededor de la escena. Una camarera salió menospreciando al joven. Pero él
sólo alcanzó a decir una vez más aquello de “vamos dentro”.
Al ver que aquello no
tenía ningún sentido y que el desafío no iba a materializarse, tomó de nuevo su
bastón, dio medio giro, y dejando a toda aquella algarada de gente, se dispuso
a marcharse mientras sensei seguía exaltado y vociferando.
- ¡¡¡Y VIENES AQUÍ!!!
¡¡¡CON UN PALO!!! ¡¡¡A PEGARME!!!
El chico pensó que el
sensei se había vuelto loco. Al fin y al cabo se trataba de un club de artes
marciales, lo único que había tratado de hacer él era perpetrar un desafío. Se
equivocó, así era, esas cosas no se entablan con el fuego de la pasión por el
medio. Pero bastante mérito era para el chico haber conseguido llegar hasta
allí y estar dispuesto a librar semejante objetivo. Dio igual, cuando llegó a
su casa, había cuatro o cinco policías dentro esperándole. Había sucedido de
nuevo, esta vez no podía permitirlo. Antes de que lo redujesen y una enfermera
le pusiese una inyección, encontró su guante dorado, el que él tenía por un
amuleto, se lo puso y el resto fue amanecer en un hospital psiquiátrico.
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